Víctor Navarro Brotons - Disciplinas, saberes y prácticas

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Entre los siglos XV y XVIII Europa fue escenario de una serie de novedades, cambios o transformaciones en los saberes acerca de la naturaleza, en los procedimientos y métodos empleados para describirla y explicar sus procesos, y en la manera de organizar las actividades o prácticas relacionadas con estos saberes. El presente libro ofrece un conjunto de trabajos basados en los resultados de investigaciones del autor realizadas a lo largo de varias décadas y en una amplísima bibliografía, dedicado todo ello a la actividad desarrollada en el ámbito de las disciplinas matemáticas o físico-matemáticas y sus aplicaciones, así como en filosofía natural, en la sociedad española de los siglos xvi-xviii. Todo ello, desde una perspectiva comparada y dejando de lado estériles apriorismos o construcciones ideológicas acerca de la «ciencia española».

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Durante gran parte del siglo XVI la actividad científico-técnica y filosófica en los reinos peninsulares tuvo una gran vitalidad, en estrecho contacto con las corrientes europeas, y con algunas peculiaridades propias derivadas de la tradición medieval y de nuevos factores aparecidos en el escenario en relación con la nueva configuración política y las ambiciones imperiales. Hechos como la expulsión de los judíos o su conversión forzosa tuvieron sin duda un efecto negativo para el cultivo de la medicina y de ciertas actividades técnico-científicas, pero este efecto es difícil de precisar dado el gran número de judíos conversos que siguieron desempeñando sus profesiones, especialmente la de medicina. Como acertadamente lo ha expresado Goodman (1991:131): «la Sociedad española del siglo XVII no podía prescindir de sus médicos conversos». En todo caso, el problema de los conversos contribuyó mucho a la atmósfera de sospecha e intolerancia, siempre muy negativo para la actividad científica.

En las Universidades de Salamanca, Alcalá y Valencia, en las enseñanzas en la facultad de artes (lógica y filosofía) convivieron en las primeras décadas del siglo las corrientes nominalistas y realistas (la enseñanza según las tres vías o «perspectivas») con las orientaciones humanistas. Hacia mitad del siglo las corrientes nominalistas fueron desapareciendo, bajo la presión del humanismo y de la vuelta al llamado «verdadero Aristóteles». Pero si bien es cierto que algunos humanistas como Pedro Juan Núñez insistían en la necesidad de una rigurosa hermenéutica del Corpus Aristotélico, complementado con otros materiales de otras corrientes doctrinales y con materias científicas, la tendencia fue, frecuentemente, más a volver hacia el siglo XIII –Tomás de Aquino, en especial, pero no únicamente– que al «verdadero Aristóteles». Doctrinas como las de la intensio y remissio de las formas y todas las cuestiones de la tradición de los llamados calculatores se exponían ahora, en las obras de las últimas décadas del siglo, de manera breve y confusa o simplemente se ignoraban o rechazaban porque mezclaban las matemáticas y la física. No obstante, los filósofos jesuitas continuaran dedicando atención a estos temas, bajo la influencia de Domingo de Soto, en las obras del cual aún se discutían ampliamente los temas del movimiento, tanto desde el punto de vista de las causas como de los efectos.

En las primeras décadas del siglo los profesores españoles de lógica, filosofía y teología que estudiaron y enseñaron en París y en España, también se interesaron por cuestiones de matemáticas, astronomía y geografía, siguiendo la tradición de los calculatores mertonianos: así Pedro Ciruelo, profesor de teología en Alcalá, es autor de una obra enciclopédica que incluía varios tratados de astronomía, astrología y matemáticas y comentarios a los Analytica posteriora de Aristóteles en los que consideraba las matemáticas como ejemplo perfecto de demostración aristotélica. Junto a Ciruelo, cabe citar, como especialmente relevantes, a Pedro Margalho, Juan Martínez Silíceo, Pedro de Espinosa y Gaspar Lax entre los profesores de lógica y filosofía que también publicaron textos de las disciplinas matemáticas. En las últimas décadas del siglo, se advierte entre los profesores españoles un esfuerzo por demarcar con claridad las matemáticas de la filosofía natural, aunque no siempre de manera consistente. Ello puede verse, por ejemplo, en la obra médico-filosófica de Francisco Valles, quién, a pesar de sus protestas contra la mezcla de las matemáticas y la filosofía natural, no deja de recurrir a las matemáticas para resolver determinados problemas (como, por ejemplo, el de los grados de las cualidades, sobre el que introduce una larga discusión). En su discusión de la gravedad, Valles se basa en Arquímedes para explicar el carácter relativo del peso. 10

Las Universidades de Valencia, Alcalá y Salamanca también contaron con cátedras de matemáticas, en las que se enseñaba un amplio repertorio de materias, incluida la cosmografía (geografía matemática y descriptiva y cartografía) y algunos de sus profesores intervinieron activamente en los debates cosmográficos y cosmológicos y circularon entre los espacios académicos, cortesanos y los relacionados con las navegaciones. La introducción de la obra de Copérnico en los Estatutos de 1561 de la Universidad de Salamanca no fue efecto de ninguna especial perversidad del desarrollo intelectual, como decía Boas (Boas, 1970). Fue obra de los hermanos Aguilera, que residieron en Roma en los años 40, siendo Juan de Aguilera médico de los papas Pablo III y Julio III. Los Aguilera frecuentaban las reuniones en el Palazzo Colonna, a las que asistían otros españoles como Andrés Laguna, y en el ambiente italiano los Aguilera debieron conocer el De revolutionibus . Por otra parte, la cátedra de matemáticas y astronomía de la Universidad de Salamanca llevaba ya más de un siglo funcionando con profesores competentes. El propio Juan de Aguilera la desempeñó como sustituto en 1538. A partir de 1578 la cátedra la desempeñó Jerónimo Muñoz, uno de los científicos más destacados de la España del siglo XVI: matemático, astrónomo, geógrafo, cartógrafo, helenista y hebraísta, Muñoz fue requerido para ocupar la cátedra ofreciéndole un salario equiparable a las cátedras mejor retribuidas. Tanto en Valencia, que fue su primer destino como catedrático de matemáticas (lo había sido de hebreo en Ancona), como en Salamanca, Muñoz impartió una enseñanza de gran calidad de aritmética, geometría, trigonometría, óptica o perspectiva, introducción a la astronomía, geografía y cartografía (incluidos los rudimentos de la geodesia), modelos planetarios y uso de tablas e instrumentos. También se ocupó de cuestiones de ingeniería e hizo experiencias de balística descritas por su discípulo, el tratadista de ingeniería militar Diego de Álava. Muñoz se consideraba perfectamente legitimado para discutir cuestiones cosmológicas como astrónomo –aunque, en sus Comentarios a Plinio , leídos en Valencia, al exponer con claridad sus ideas cosmológicas también usó hábilmente su condición de teólogo, profesor de hebreo-Sagradas Escrituras–. Muñoz intervino activamente en los debates cosmológicos de la época, especialmente en relación con la supernova de 1572. Sus ideas cosmológicas eran afines a la tradición estoica y antiaristotélicas en aspectos fundamentales y fueron criticadas por algunos filósofos y teólogos aristotélicos; Muñoz, tras su texto sobre la supernova y un folleto sobre el cometa de 1577 ya no publicó más obras (se conserva, en cambio, un buen volumen de manuscritos), pero continuó defendiendo sus ideas en Salamanca, donde formó un buen número de discípulos: dos de ellos le sucedieron en la cátedra de Salamanca, y siguieron defendiendo ideas similares, aunque más cautelosamente; otros se orientaron hacia la cosmografía y se convirtieron en cosmógrafos del Consejo de Indias y miembros de la Academia de Matemáticas de Madrid. Estos últimos, los cosmógrafos y matemáticos de la corte, apenas insinuaron las cuestiones cosmológicas y adoptaron una postura pragmática hacia la astronomía, al servicio de la geografía matemática, la cartografía y el arte y ciencia de navegar, como lo hizo el gran matemático, tutor de príncipes y cosmógrafo mayor de Portugal Pedro Nunes. 11

La cartografía, la geografía, la astronomía náutica y el arte de navegar fue impulsada por el gobierno, sin duda en relación con el reconocimiento, control y dominio de las nuevas tierras descubiertas y la expansión territorial ultramarina. También en relación con los territorios europeos de la monarquía. A tal efecto se crearon nuevas instituciones. Todo esto es bien conocido en sus líneas generales: en Sevilla se creó la Casa de la Contratación con diversos cargos asociados como el de Piloto Mayor (1508), encargado de examinar a los pilotos y dirigir la elaboración del mapa patrón; el oficio de «cosmógrafo y maestro de hacer cartas y astrolabios y otros ingenios para la navegación» (1523); nuevos puestos con un cometido similar (1537); «cosmógrafos de honor», como Pedro Medina; y finalmente, ya en la época de Felipe II, en 1552 se creó la cátedra de cosmografía y arte de navegar. En la corte, Carlos V fundó el Consejo de Indias (1524), en el que se creó en 1571 el puesto de cronista-cosmógrafo mayor de Indias, que se separaría en dos. Finalmente, en 1582 comenzó a funcionar la llamada Academia de Matemáticas de Madrid, impulsada por Juan de Herrera, donde se enseñaba un repertorio de disciplinas matemáticas análogo al de la Universidad de Salamanca, si bien con mayor énfasis en lo relacionado con la cosmografía y la náutica. También inicialmente se enseñaba en la Academia materias relacionadas con la ingeniería militar, si bien finalmente se estableció una cátedra independiente de esta materia, dependiente del Consejo de Guerra. 12

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