Tu es, ma Lou chérie, le bonheur que j’attends.
C’est pour notre bonheur que je me prépare à la mort
C’est pour notre bonheur que dans la vie j’espère encore.
C’est pour notre bonheur que luttent les armées
Que l’on pointe au miroir sur l’infanterie décimée
Que passent les obus comme des étoiles filantes
Que vont les prisonniers en troupes dolentes ( L 117)
Todo el esfuerzo bélico, según este poema, el propio como el colectivo, tiene por finalidad la felicidad compartida de Lou y Gui. «Cependant, c’est toi que je défends –et jusqu’au présent rien d’autre» ( L 384): aunque no tomemos al pie de la letra esa idea, pues Gui es muy capaz de exagerar para conseguir el amor de Lou, resulta evidente, en todo caso, que en las cartas son escasas las proclamas tradicionales patrioteras, las cuales catalizan mucho menos el sacrificio bélico que la esperanza en el amor de Lou. Esa extrema dependencia con Lou explica los momentos de desasosiego que vive Apollinaire cuando no recibe sus cartas y que, incluso, en momentos de irritación y aversión a Lou, considere preferible ser un soldado orgulloso y disciplinado a «ronger un regret, un regret d’amour, surtout lorsqu’il s’applique à une inconstante comme tu l’es» ( L 280), liberándose así definitivamente de la angustia por un amor incierto.
Pero Apollinaire es un poeta que no puede dejar de ver lo que le rodea. El espectáculo bélico lo fascina y lo entusiasma, pero no lo ciega, sobre todo cuando pasa de artillero a las trincheras y la infantería, donde la muerte y el horror están muy presentes. Ciertamente, no vemos en las cartas nítidas afirmaciones antibelicistas, mucho menos una crítica a la responsabilidad que le incumbiera a Francia en la carnicería. Pero se deja entrever un creciente malestar y una desmoralización, entre detalles del horror, que muy bien podrían conducir a esas reflexiones. Y no hemos de olvidar el papel de la censura aplicada al correo de los soldados, de la que deja constancia Apollinaire en su carta del 8 de agosto de 1915 ( L 282).
A medida que se suceden las cartas, se percibe una progresiva atenuación de la fascinación y el entusiasmo bélico, coincidente con un progresivo aumento del horror de la guerra y los momentos de desmoralización, aunque nunca llega a apagarse del todo el compromiso bélico de Apollinaire mientras dura la correspondencia con Lou. Se trata de detalles, expuestos crudamente o realzados por la imaginación poética, sembrados en cartas o poemas, pero que no llegan a hilvanar, como decíamos, un discurso crítico sobre la guerra en sí. A modo de ejemplo, Apollinaire relata la espantosa impresión que le produce el joven con una herida en el pie que va a perder porque no hay modo de curarlo donde está ( L 207), describe los estragos que ha hecho la guerra en su sector con crudeza ( L 466), anota el hedor que les alcanza, según sopla el viento, de los numerosos enterrados que hay muy cerca de su trinchera ( L 494). En sus versos nos habla de las lueurs navrantes que hay en los ojos de los soldados de infantería, de los gritos de los heridos, antes de despedirse con un cielo evocador: «Adieu. Le ciel a des cheveux gris» ( L 259); percibe el gemido desgarrador de los obuses ( L 263); escucha «gémir la forêt sans oiseaux» bajo los cañonazos ( L 274); se pregunta si aún hay niñas que salten a la comba ( L 185); con mayor contundencia imaginativa, describe una horrorosa lluvia primaveral: «Il pleut, mon âme, il pleut mais il pleut des yeux morts» ( L 274). El cansancio de la guerra es inequívoco en «Pressentiment d’Amérique» ( L 502), donde imagina una viaje fabuloso por ese continente con Lou, para acabar regresando al triste lugar donde se encuentra y ansiar el fin de la guerra: «Ô cahutes d’ici nos pauvres reptilières / Quand dira-t-on la guerre de naguère?».
La desmoralización y el descontento de los soldados también se vislumbran en las cartas: todo no es color de rosa en la guerra , le recuerda a Lou ( L 381). Los mosquitos los devoran. Se aburren incluso. Le sorprende que los que no lo merecen sean oficiales y los que lo merecen, simples soldados ( L 392). Revela crisis de mal humor entre los soldados como consecuencia de la espera de un desenlace que no llega nunca ( L 404). Y, de ahí, recrimina a los franceses que se divierten mientras los soldados mueren: «Pendant que nous trimons ici et attrapons peut-être la crève, on bamboche à Paris!» ( L 326).
Las acusaciones tocan también a Lou, como era de esperar por la crisis amorosa que vive con Apollinaire. Como vimos, Lou era la finalidad última del esfuerzo bélico de Apollinaire, era incluso lo que le salvaba del embrutecimiento de la vida cuartelaria: «Si je ne t’avais pas, si tu n’étais ma constellation, mon étoile polaire, mon guide, je serais sans ressort et me laisserais aller à l’abrutissement inhérent à la vie de caserne» ( L 21). Las cartas de Lou llegan incluso a convertirse en el único consuelo de Apollinaire en sus momentos sombríos ( L 374).
En lo que parece un arrebato de mal humor, Apollinaire acusa implícitamente de ingratitud a Lou, por no valorar su sacrificio bélico y creer que la guerra es algo que le divierte ( L 384). La figura de una mujer indiferente al sacrificio bélico del que la ama aparece varias veces en los poemas de Apollinaire:
Adieu! voici le boute-selle ...
Il disparut dans un tournant
Et mourut là-bas tandis qu’elle
Cueillait des fleurs en se damnant (269: 508)
El poema «Les attentives» ( L 371-373), fechado el 15 de mayo de 1915, es especialmente significativo. En él, una voz no identificada de mujer anuncia que el que va a morir esa tarde en las trincheras, un petit soldat , es su hermano y su amante. Esa voz, en lugar de espantarse, decide, con todo lujo de detalles físicos, ponerse guapa para su muerte: «Car puisqu’il doit mourir je veux me faire belle / Dans l’inceste et la mort ces deux gestes si beaux». Otra voz le recuerda entonces que va a perder algo; contesta entonces la mujer con indiferencia y hasta sorna:
–C’est mon cœur, pas grand-chose
Ramassez-le donc.
Je l’ai donné je l’ai repris
Il fut là-bas dans les tranchées
Il est ici... j’en ris, j’en ris
Des belles amours que la mort a fauchées
Apollinaire es soldado y poeta enamorado; como tal, escribe en la guerra y el amor sobre la guerra y el amor. Fascinado e irritado con Lou, fascinado e irritado por la guerra. Con un uso controlado de la violencia para batir al enemigo, con un uso controlado de la violencia para batir a su amada, consentidora, en los escenarios eróticos que imagina. Para conseguir la victoria sobre los alemanes, para conseguir la victoria que consiste en escalar nuevas alturas en el amor y los deleites. Y si no todo es de color de rosa en la guerra, como le dice a Lou y hemos visto en sus cartas y poemas, comprueba también que no todo es de color de rosa en su relación amorosa con esta mujer, la cual parece convertirse, de enemiga simbólica en las escenas eróticas, en diana de sus acusaciones. Y eso que la correspondencia escasea y se interrumpe cuando se pasa de las incertidumbres al desamor. En este contexto, no es de extrañar que la guerra y el erotismo confluyan en la imaginación poética de Apollinaire.
GUERRA Y AMOR: INVENTARIO, COLLAGE Y ESPACIOS IMAGINARIOS PROPIOS
Apollinaire se presenta ante Lou como un fino observador: «Tu sais que ma méthode, Lou, est d’observer ce qui tombe sous mes sens pour en déduire ce qui est au-dehors de mes sensations immédiates» ( L 315). De ahí que, a menudo, los poemas contengan detalles precisos de lo que le rodea en el cuartel o en el frente, independientemente de que sean o no seguidos por exploraciones imaginativas, más allá de las sensaciones inmediatas a que hace referencia. Se produce así un tipo particular de presencia de lo bélico y lo amoroso, en el que los dos ámbitos coexisten pero no se entrelazan. Así, en numerosas ocasiones, la voz del autor sitúa las palabras que dirige a Lou o las ensoñaciones que esta le produce, en el contexto del cuartel, de las trincheras o del combate. A modo de ejemplo, en el acto mismo de escritura de una carta, Apollinaire indica hechos que en ese momento ocurren: un obús que se lamenta de vez en cuando, un caballero que pasa al galope por el camino ( L 263); se despide besando ardientemente a Lou en su imaginación y añade: «La fusillade continue. Les métrailleuses crépitent» ( L 268). A veces, describe el horroroso lugar desde el que escribe a Lou:
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