Manuel Alvar Ezquerra - Lo que callan las palabras

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¿Quién no se ha preguntado alguna vez por qué los azulejos reciben ese nombre si suelen ser de los más variados colores, o por qué la chaqueta también se llama americana, o cómo surgen las palabras yuyu o chuchería? Recuerda el autor la cara de asombro de una alumna cuando contó en clase algo tan obvio como que el boquerón se llama así por el tamaño de su boca en comparación con el de su cabeza, y eso que sus padres tenían una pescadería.
En este libro se pretende dar contestación a preguntas que nos surgen cotidianamente sobre las palabras, lo que significan, su origen e historia. No es un diccionario etimológico por más que se pretenda escudriñar algo de la verdad que encierran y que habitualmente no se manifiesta;
etimología significa, precisamente, lo verdadero de las palabras. Aquí se busca a través del origen de cada una de ellas, la explicación de su forma actual y significado, de las relaciones que mantienen con otras voces.
El mundo de las palabras resulta fascinante. Conocerlas sirve para enriquecernos, para saber algo más sobre el léxico y sobre nosotros mismos. Esta obra viene a des velarnos las huellas que el paso de los años ha ido dejando en la lengua y por qué y cómo se han originado las palabras que utilizamos en nuestro hablar cotidiano.

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alheña Véase henna.

almohada La almohada es un objeto de uso cotidiano, si bien la palabra que empleamos para nombrarlo es de introducción tardía en la lengua, en el siglo XIV, para sustituir, probablemente, a la patrimonial haceruelo, derivada de haz ‘cara’. Lo curioso es que almohada también está relacionada con la cara, pues la voz procede del árabe hispánico y magrebí almuẖádda ‘almohada’, que en árabe clásico es miẖaddah, a su vez derivado de ẖadd ‘mejilla’. Así, pues, la almohada es el objeto para que posemos sobre él la mejilla. Sebastián de Covarrubias (1611) discutió el origen de la voz para hacerla proceder del hebreo: «almohada, dice Diego de Urrea que en su terminación arábiga se dice mehaddetum, del nombre haddum, que significa ‘mejilla’. Y por ser nombre local, almohada tiene la letra m, o la partícula mo, que significa ‘lugar, cosa sobre que está otra’, y así, almohaddetum corrompido, decimos almohada. Sin embargo de esto, digo que puede ser nombre hebreo, del verbo mahad, que significa declinare, reclinare, y sobre el almohada declinamos la cabeza. En latín la llamamos cervical, a cervice, porque reposa sobre ella la cerviz y la cabeza; y por otro nombre pulvinar, a plumis quibus farciebatur [por las plumas con que se rellenaba] […]. Almohadas llaman ciertas piedras de sillería que en cuadros salen y resaltan de la obra. Y una carnosidad que se hace a las mulas en los lados de los sillares se dicen almohadillas, por estar levantadas; y almohadillas sobre que las mujeres cosen y labran».

almóndiga Véase albóndiga.

altar Un altar es ‘en el culto cristiano, especie de mesa consagrada donde el sacerdote celebra el sacrificio de la misa’, y, en general, el ‘montículo, piedra o construcción elevada donde se celebran ritos religiosos como sacrificios, ofrendas, etc.’ de acuerdo con la tercera y primera acepción del diccionario académico. Si copio las dos definiciones es para explicar el origen de la voz, que procede del latín ALTARE, donde significa lo mismo. Ese ALTARE es un derivado de ALTUS ‘alto’, porque los altares, en todas las religiones, se ponen en lugares altos, como nos hace ver la Academia en la segunda acepción de las copiadas. Sebastián de Covarrubias (1611), no olvidemos su condición religiosa, escribió: «altar, el lugar donde se ofrece a Dios el sacrificio, levantado sobre la tierra, cuasi alta ara. Latine altare, is; ara, rae. Cerca de los gentiles había tres maneras de altares: unos eran altos, en los cuales sacrificaban a los dioses celestiales; otros en la superficie de la tierra, a los terrestres; y los terceros eran hondos, a manera de hoyas, cavados debajo de la tierra, donde sacrificaban a los dioses infernales. El levantado en alto se llama propiamente altar, y los otros con él se llaman aras […]».

alto, -ta Para darnos cuenta de la polisemia del adjetivo alto basta con echar un vistazo al diccionario académico, y leer las 43 acepciones que aparecen (entre las del adjetivo y las del sustantivo), más las 11 expresiones, frases y locuciones que siguen, algunas de ellas con varios sentidos. El origen de la voz está claro, ya que procede del adjetivo latino ALTUS ‘alto’. Lo curioso es que este ALTUS es, a su vez, el participio de pasado del verbo ALĔRE, ALTUM, que significa ‘nutrir, alimentar, criar’. En el paso de los valores del participio a los del adjetivo estuvo presente esa idea de criar o alimentar, con lo que alto llegó a ser lo que se acrecentaba o se indicaba la posición, no solamente hacia arriba o en posición elevada, sino también hacia abajo o en posición inferior, de modo que es alto no solamente el ‘de gran estatura’ o ‘que está a gran altitud’, sino también lo que tiene una gran profundidad, como el curso de un río, o el agua del mar, claro que aquí es alto con respecto a la base, no con respecto a los que se encuentran en la superficie, como también puede llegar a referirse a lo alejado, como alta mar. En definitiva, no solamente es alto lo elevado, sino también lo que posee una magnitud grande, o una categoría o posición superior, como la alta tensión, la temporada alta, las altas temperaturas, o un alto comisionado y las clases altas.

Hay otro alto, el que significa ‘detención o parada en la marcha o cualquier otra actividad’, también empleado como interjección, y que no tiene nada que ver con lo anterior, pues procede del alemán Halt ‘parada, detención’, derivado del verbo halten ‘parar, detener’.

Sebastián de Covarrubias (1611) entremezcló las dos palabras, puntualizando con acierto algunas cuestiones: «alto, el lugar levantado, como monte, peñasco, torre y lo demás que tiene en sí altura. Transfiérese al ánimo, y significa cosa escondida, profunda, como alto misterio, alto pensamiento. Fuésele o pasósele por alto, al que no entendió una cosa que importaba, tomada la metáfora del juego de la pelota, cuando pasa por alto, que no la alcanza a volver el que la esperaba. Hacer alto es hacer parada en algún lugar; es término castrense, porque cuando el asta donde va el estandarte, guion o bandera se levanta y se fija en tierra, quedando alta para todo el ejército. Algunas veces tiene significación de imperativo, como alto de aí, andad de aí, porque los que están echados o sentados, para irse, se han primero de alzar y levantar de la tierra o del lugar donde están sentados. Alto significa algunas veces lugar, como lo alto de la casa o ‘lo que se levanta del suelo’. Proverbio: come poco y cena más, duerme en alto y vivirás. Alto se toma muchas veces por ‘profundo’, como en alta mar; otras veces se toma por el cielo, como El de lo alto, el Dios de las alturas. Altibajo, el golpe que se da con la espada derecho, que ni es tajo ni revés, sino derecho, de alto abajo. La casa decimos tener tantos altos por tantos suelos. Brocado de tres altos, porque tiene tres órdenes el fondón, la labor, y sobre ella el escarchado, como anillejos pequeños. Alto es la voz en la música que media entre el tiple y el tenor».

altozano El diccionario de la Academia da cuenta de dos acepciones para la palabra altozano. La primera es la que se emplea habitualmente: ‘cerro o monte de poca altura en terreno llano’. La segunda es propia de América: ‘atrio de una iglesia’. ¿Qué relación puede haber entre ellas dos? Si miramos su origen encontraremos una explicación. La forma antigua era anteuzano, un compuesto de ante- ‘delante’, uzo ‘puerta’, procedente del latín OSTIUM, que también significaba ‘puerta’, y un sufijo derivativo -ano. Es decir, venía a significar ‘que está delante de la puerta’, lo que aplicado a las iglesias es el ‘atrio’, con lo que la segunda de las acepciones parece clara, como claro parece que llegó a América desde el español peninsular. La otra acepción procede de esta, y queda manifiesta en la exposición de Corominas y Pascual: «Como solo tenían antuzano las iglesias, castillos y casas grandes, que por lo general se construían en lugares dominantes [...], pronto se identificó la palabra con el concepto de lugar alto (ya en Mariana) y se convirtió antuzano en altozano [...]». Cuando Sebastián de Covarrubias escribe su Tesoro (1611) este valor está plenamente consolidado, y no hay rastro del otro: «altozano, el montecillo que toma poca tierra y es alto. Los moriscos de Valencia llaman tozal la cumbre o parte alta de la montaña. Otros quieren que sea altozano el montecillo que no lleva gruesas carrascas, que llaman monte bajo, y se acostumbra rozarle muy de ordinario».

alumno, -na Quienes nos dedicamos a la enseñanza tenemos alumnos, sin los cuales no podríamos llevar a cabo nuestra profesión. Esta voz, en la primera acepción del repertorio académico es el ‘discípulo, respecto de su maestro, de la materia que está aprendiendo o de la escuela, colegio o universidad donde estudia’, que es como todos entendemos la palabra. Sin embargo, la segunda nos llama la atención, pues dice ser la ‘persona criada o educada desde su niñez por alguno, respecto de este’. ¿Cómo que criada o educada?, ¿de dónde sale este sentido? La explicación nos la da la propia historia de la palabra, que procede de la latina ALUMNUS ‘alumno’, pero también ‘niño, pupilo, persona criada por otra’, pues se trata de un derivado del verbo ALĔRE ‘nutrir, alimentar, criar’, ya que, figuradamente, la función del profesor es la de alimentar a los alumnos con sus saberes. Sebastián de Covarrubias no recogió la voz en el Tesoro (1611), aunque sí la apuntó en el Suplemento que dejó manuscrito: «alumno, alumnus, el que es criado y sustentado por otro, como el hijo, el criado, el paniaguado. Del verbo alo, is, por sustentar; no es muy usado en castellano».

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