Manuel Alvar Ezquerra - Lo que callan las palabras

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¿Quién no se ha preguntado alguna vez por qué los azulejos reciben ese nombre si suelen ser de los más variados colores, o por qué la chaqueta también se llama americana, o cómo surgen las palabras yuyu o chuchería? Recuerda el autor la cara de asombro de una alumna cuando contó en clase algo tan obvio como que el boquerón se llama así por el tamaño de su boca en comparación con el de su cabeza, y eso que sus padres tenían una pescadería.
En este libro se pretende dar contestación a preguntas que nos surgen cotidianamente sobre las palabras, lo que significan, su origen e historia. No es un diccionario etimológico por más que se pretenda escudriñar algo de la verdad que encierran y que habitualmente no se manifiesta;
etimología significa, precisamente, lo verdadero de las palabras. Aquí se busca a través del origen de cada una de ellas, la explicación de su forma actual y significado, de las relaciones que mantienen con otras voces.
El mundo de las palabras resulta fascinante. Conocerlas sirve para enriquecernos, para saber algo más sobre el léxico y sobre nosotros mismos. Esta obra viene a des velarnos las huellas que el paso de los años ha ido dejando en la lengua y por qué y cómo se han originado las palabras que utilizamos en nuestro hablar cotidiano.

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acera Para rastrear el origen de la palabra acera en el diccionario de la Real Academia Española hace falta un tanto de paciencia, pues desde esa voz remite a hacera, de esta a facera, y de esta otra a facero, donde nos dice que procede del latín *FACIARĬUS, derivado de FACĬES ‘cara’. ¿Cuál es el camino que lleva de un lado a otro? El antiguo facera significó ‘fachada’ (la cara de las casas), después ‘cada una de las filas de casas que hay a los dos lados de una calle o a los cuatro de una plaza’ y finalmente ‘la orilla de la calle junto a estas filas de casas’.

aciago, -ga El adjetivo aciago tiene el sentido de ‘infausto, infeliz, desgraciado, de mal agüero’, si seguimos la definición del diccionario académico. Procede del latín aegyptiacus ‘egipcio’, en la construcción aegyptiacus dies que en la Edad Media se utilizaba para referirse a ciertos días del año que se consideraban infaustos o peligrosos, en recuerdo de los astrólogos egipcios. Sebastián de Covarrubias (1611) dijo: «aciago, día infeliz, desgraciado, prodigioso y de mal agüero, el cual tomaron de los malos sucesos que en tales días les han sucedido así a las repúblicas como a los particulares. Los romanos tenían por día aciago el día que fueron vencidos en la batalla de Cannas y otros que hace mención Aulo Gelio [...]. Por manera que estos días llamaron atros, negros, infelices, luctuosos. Y de allí (según algunos), corrompiendo el vocablo en la lengua castellana, derivada de la romana, dijeron días astriagos y, en mayor corrupción, aciagos. Otros quieren que esté corrompido este nombre días aciagos de días egiciagos, porque los egipcios tuvieron por desdichados días aquellos en que recibieron las plagas del Señor, que ellos llamaban Dios de los hebreos, y en particular aquel en que Faraón, con todo su ejército, fue absorto y anegado en el mar Bermejo, y esto afirman algunos rabinos. Los árabes dicen traer su origen de la palabra azar, que vale (como tenemos dicho) mala suerte y desgracia, y de días azariagos se hubiesen dicho aciagos [...]».

adefesio La palabra adefesio se emplea en nuestra lengua con una cierta frecuencia, especialmente en la frase estar o ir hecho un adefesio. El diccionario académico pone para la voz tres acepciones diferentes, las tres de carácter coloquial: ‘despropósito, disparate, extravagancia’, ‘traje, prenda de vestir o adorno ridículo y extravagante’ y ‘persona o cosa ridícula, extravagante o muy fea’. La propia institución explica el origen del término, que procede del latín AD EPHESĬOS, a los efesios, título de una de las epístolas de San Pablo, donde narra las penalidades (entre ellas el cautiverio, y el riesgo que corrió su vida a manos de exaltados azuzados por los comerciantes) que pasó el santo en Éfeso, ciudad de Asia Menor, en la actual Turquía, durante su predicación (años 54-56), sin haber conseguido muchas conversiones a la fe, entre otras cosas por el influjo que ejercía el conocido templo de Diana que había de Éfeso. La expresión AD EPHESĬOS pasó a ser una locución adverbial con el valor de ‘en balde’, ‘fuera de propósito, disparatadamente’. Por alusión, se aplicó a quienes pasaban por situaciones similares o mostraban señales de haberlas padecido. Cuenta Sebastián de Covarrubias (1611): «adefesios, mucho tiempo me dio cuidado el averiguar qué fundamento pudo tener un proverbio común cuando uno dice alguna cosa que no cuadra ni viene a propósito, y no hallo otro fuera del que diré. Hubo entre los efesios un varón consumado en virtud, letras y valor de ánimo, llamado Hermodoro [...]. Pues como se persuadieron a que Hermodoro quería tiranizar la república, no embargante que él pretendiese desengañarlos y darles a entender la verdad, jamás le dieron oídos. Y todo cuanto él y algún otro bien intencionado les dezía, o no lo querían oír o les parecía disparate y fuera de propósito. De donde nació el proverbio hablar ad efesios, cuando en opinión de los que oyen alguna razón o excusa no la admiten y les parece que no viene a propósito porque no les cuadra [...]». La historia narrada parece no corresponder a la verdad del origen de la expresión, como tampoco la tiene la de aquel sacerdote que debiendo leer una de las epístolas a los corintios de San Pablo tomó equivocadamente la dirigida a los efesios, con las correspondientes críticas, quedando la expresión ad efesios para señalar disparates como el cometido por dicho sacerdote.

afeitar La primera acepción de la voz afeitar en el diccionario académico es ‘raer con navaja, cuchilla o máquina la barba o el bigote, y, por ext., el pelo de cualquier parte del cuerpo’. Procede del latín AFFECTARE ‘poner demasiado cuidado, estudio y arte’, ‘arreglar’, frecuentativo de AFFICĔRE ‘causar’, derivado de FACĔRE ‘hacer’. Originariamente significó ‘adornar, hermosear, arreglar’, de donde partió el derivado afeite ‘cosmético’. A este propósito cabe señalar que los romanos se rasuraban la barba, mientras que los bárbaros se la dejaban crecer, siendo señal de distinción durante la Edad Media. A causa de ello, constituía una de las mayores afrentas que alguien podía recibir que le mesaran las barbas, por lo que resultaba conveniente recogérselas ante el enemigo o el contrario para evitar la afrenta. Sebastián de Covarrubias (1611) escribió: «afeite, el aderezo que se pone a alguna cosa para que parezca bien y particularmente el que las mujeres se ponen en la cara, manos y pechos para parecer blancas y rojas, aunque sean negras y descoloridas, desmintiendo a la naturaleza y queriendo salir con lo imposible se pretenden mudar el pellejo [...]. Afeitar se toma muchas veces por quitarse los hombres el cabello. Y propiamente se afeitan aquellos que con gran curiosidad e importunidad van señalando al barbero este y el otro pelo, que a su parecer no está igual con los demás. En especial si pretende remozarse y desechar canas. Aféitanse las mulas cuando les hacen las crines. Aféitanse los jardines cuando los igualan las espalderas y las guarniciones de los cuadros en los jardines. Púdose decir afeite y afeitar, del verbo affectar, por el mucho cuidado que se pone en querer parecer bien, o de la palabra portuguesa feito, porque no es natural sino hecho y contrahecho, o de ficto por ser color fingido, y puede ser del verbo factitare, frecuentativo del verbo facio, por la mucha frecuencia y cuidado que las mujeres tienen de afeitarse [...]».

afeite Véase afeitar.

ágata Es el nombre de una piedra preciosa, cuarzo lapídeo, duro, translúcido y con franjas o capas de uno u otro color, cuyo nombre se debe al río ACHATES, y este del griego Akhates, en el suroeste de Sicilia. Sebastián de Covarrubias (1611) explicó: «ágata, latine imo; graece Akhates, Achates. Es una piedra preciosa distinta de unas venecicas de varias colores, que con ellas forma diversidad de figuras. Dicen haberse hallado las primeras en un río de Sicilia dicho Achate, de donde tomó el nombre. Después se hallaron en la India y en la Frigia [...]».

agencia Una agencia es una ‘empresa destinada a gestionar asuntos ajenos o a prestar determinados servicios’, la ‘sucursal o delegación subordinada de una empresa’, y otras acepciones que tienen que ver con esas que pone el diccionario académico, en el que se hace constar su origen, el latín AGENTĬA, voz derivada de AGENS, -ENTIS ‘el que hace’, participio de presente del verbo AGERE ‘hacer’. Esto es, la agencia o el agente son los que hacen las cosas para otros. La voz comienza a figurar en los diccionarios en el siglo XVIII, aunque su uso, como es lógico, es anterior, poniendo Corominas y Pascual la fecha de 1609. Agente, sin embargo, es anterior, dando estos autores la fecha de hacia 1560, aunque en la lexicografía no aparece hasta que recoge la voz Bartolomé Bravo en 1601.

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