Manuel Alvar Ezquerra - Lo que callan las palabras

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¿Quién no se ha preguntado alguna vez por qué los azulejos reciben ese nombre si suelen ser de los más variados colores, o por qué la chaqueta también se llama americana, o cómo surgen las palabras yuyu o chuchería? Recuerda el autor la cara de asombro de una alumna cuando contó en clase algo tan obvio como que el boquerón se llama así por el tamaño de su boca en comparación con el de su cabeza, y eso que sus padres tenían una pescadería.
En este libro se pretende dar contestación a preguntas que nos surgen cotidianamente sobre las palabras, lo que significan, su origen e historia. No es un diccionario etimológico por más que se pretenda escudriñar algo de la verdad que encierran y que habitualmente no se manifiesta;
etimología significa, precisamente, lo verdadero de las palabras. Aquí se busca a través del origen de cada una de ellas, la explicación de su forma actual y significado, de las relaciones que mantienen con otras voces.
El mundo de las palabras resulta fascinante. Conocerlas sirve para enriquecernos, para saber algo más sobre el léxico y sobre nosotros mismos. Esta obra viene a des velarnos las huellas que el paso de los años ha ido dejando en la lengua y por qué y cómo se han originado las palabras que utilizamos en nuestro hablar cotidiano.

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abril El nombre del cuarto mes del año, tanto en el calendario juliano como en el gregoriano, procede del nombre latino APRILIS, cuyo origen no se conoce, aunque se ha relacionado con APERIRE ‘abrir’ porque es cuando comienzan a germinar, a abrirse, las semillas sembradas, explicación poco convincente. Sebastián de Covarrubias (1611) establece esa relación, explicándola en latín, además de poner algunos refranes repetidos todavía hoy: «abril, uno de los doce meses del año. Del latino aprilis, sic dictus cuasi aperilis, quod terram aperiat, nam verna temperie plantarum germina apperiuntur, vel dicitur aprilis, cuasi aphrilis, ab aphros, spuma, quod Venus cui hic mensis sacer est ex spuma maris fingitur nata [aprilis, así llamado casi aperilis, lo que abre la tierra, pues en el tiempo primaveral se abren las semillas de las plantas, o se dice aprilis, casi aphrilis, de aphros, la espuma, pues Venus, a la que se consagra este mes, nació de la espuma del mar] […]. Proverbio: por abril, aguas mil, porque en ese tiempo tienen necesidad del agua los panes y las plantas. Marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo hermoso. Las mañanicas de abril buenas son de dormir, porque crece entonces la sangre con que se humedece el cerebro y causa sueño».

absurdo, -da Si miramos el significado de la palabra absurdo en el diccionario académico veremos que la primera acepción que registra es la de ‘contrario y opuesto a la razón; que no tiene sentido’, de la cual parten las otras tres, ‘extravagante, irregular’, ‘chocante, contradictorio’ y, como sustantivo, ‘dicho o hecho irracional, arbitrario o disparatado’. Su origen está en el latín ABSURDUS ‘disonante, desagradable, absurdo, discordante, desatinado, inadecuado, disparatado’, por lo que nuestro adjetivo no solamente ha conservado la forma latina, sino también el contenido, lo cual no tiene nada de llamativo, a no ser que busquemos en el origen del término latino. Se trata de un compuesto mediante la preposición AB, que expresa, entre otras cosas, alejamiento y origen o punto de partida, y SURDUS ‘sordo’. Esto es, lo absurdo, lo carente de sentido, vendría a tener su origen en la sordera de quien no oye o no quiere oír, como algunas de las conversaciones que no hay manera de llevar a buen término con las personas con serias carencias auditivas, que contestan cosas que nada tienen que ver con aquello que se les ha dicho o preguntado. En definitiva, resulta una conversación absurda. También cabe interpretar esa formación latina como lo disonante, lo que no es silencioso, lo que va en contra de lo agradable para los sentidos. En el Suplemento que dejó manuscrito Sebastián de Covarrubias se refería al valor del sustantivo: «absurdo se dice todo lo que es feo e indigno de ser oído, latine absurdum».

abubilla La abubilla es una ave muy abundante nuestros campos, con el plumaje de color pardo-rojizo y un penacho eréctil en la cabeza, pero de mala fama por su feo canto y olor fétido. Su nombre procede del latín UPŬPA y el sufijo diminutivo -illa. El nombre latino es de carácter onomatopéyico debido a la monotonía de su voz. Uno de los primeros diccionarios en recoger la voz es el de Rodrigo Fernández de Santaella (1499), considerado el fundador de la Universidad de Sevilla, cuyo artículo es descriptivo, haciéndose eco de las creencias populares en torno al pájaro: «upupa, pe [...], es ave que según sus señales parece ser la que llaman abubilla [...], come hez o hienda humana, y muchas veces come y se mantiene de estiércol. Es ave muy sucia, tiene cresta de pluma, cuasi semejante a la cogujada, está en el estiércol o en los sepulcros. Dicen que si alguno se unta con su sangre, y duerme, siente en sueño que lo quieren ahogar los demonios. Usan de su corazón los hechiceros para sus maleficios. Dicen también que desde que es vieja, y ni puede ver ni volar, sus hijos le sacan las plumas, y pelada, la untan con zumo de ciertas yerbas, y la abrigan con sus alas hasta que le nace pluma, tanto que viene a volar y ver como ellos, según que dice nuestro Isidoro». Sebastián de Covarrubias (1611) no se resistió a proporcionar más datos sobre lo que rodea a la abubilla, y escribió: «abubilla, del nombre latino upupa. Ave conocida que tiene las plumas de sobre la cabeza levantadas a manera de celada. Graece epops. Este nombre abubilla está compuesto de ave y del diminutivo de upupa, conviene a saber, upupilla, ave upupilla y corrompido abubilla. Es ave sucia que se recrea en el estiércol; su voz desgraciada y triste [...]».

academia Si miramos en el diccionario académico la voz academia veremos no solamente las acepciones que puede tener, sino también parte de su historia. A nadie se le escapa que una academia es tanto el ‘establecimiento docente, público o privado, de carácter profesional, artístico, técnico, o simplemente práctico’ (acepción quinta) como la ‘sociedad científica, literaria o artística establecida con autoridad pública’ (primera acepción), y otras que surgen de esta. La palabra procede del latín ACADEMĬA, que parte del griego Akademía, la ‘casa con jardín, cerca de Atenas, junto al gimnasio del héroe Academo, donde enseñaron Platón y otros filósofos’ (acepción sexta de nuestro diccionario), de la que tomó el nombre la ‘escuela filosófica fundada por Platón, cuyas doctrinas se modificaron en el transcurso del tiempo, dando origen a las denominaciones de antigua, segunda y nueva academia. Otros distinguen cinco en la historia de esta escuela’ (acepción séptima). Academo se relaciona con el mito de Helena, pues, cuenta la leyenda, al ser raptada esta por Teseo cuando solo tenía diez años, sus hermanos, los Dioscuros, Cástor y Pólux, fueron a Atenas a buscarla, pero Teseo se había ido con ella. Enfurecidos, decidieron atacar la ciudad, cuando apareció Academo para decirles que se encontraban en Afidnas. En señal de gratitud, Cástor y Pólux le regalaron un terreno plantado de olivos sagrados en las afueras de Atenas. Platón (427-347 a. C.) debió adquirir hacia el año 384 a. C. el lugar, en el que había, además de los olivos, unos jardines y un gimnasio, la Academia, así nombrada por Academo, donde se reunían los intelectuales de la ciudad. Durante la Edad Media se llamaron academias las facultades mayores, donde se enseñaba teología, derecho y medicina. En el Renacimiento se fundaron en Florencia la Academia platónica y la Academia de la Crusca, recordando la primitiva griega, modelo de las sociedades culturales, científicas, literarias y artísticas que fueron surgiendo en Italia y después por toda Europa. Sebastián de Covarrubias (1611) nos cuenta: «academia, fue un lugar de recreación y una floresta que distaba de Atenas mil pasos, dicha así de Academo Heroa. Y por haber nacido en este lugar Platón, y enseñado en él con gran concurrencia de oyentes, sus discípulos se llamaron académicos. Y hoy día la escuela o casa donde se juntan algunos buenos ingenios a conferir toma este nombre y le da a los concurrentes. Pero cerca de los latinos significa la escuela universal que llamamos universidad». Como complemento de lo dicho aquí, véase el artículo ateneo.

acebo El acebo es un árbol que se ha difundido durante los últimos lustros por emplearse como adorno navideño, y por su cultivo en macetas y jardinería. La palabra que lo nombra procede del latín vulgar *ACIFOLIUM, o *ACIFŬLUM, compuesto del elemento AC- ‘agudo’ y FOLIUM ‘hoja’. Esto es, etimológicamente, significaría ‘de hojas agudas’, nombre que le vendría por las espinas que poseen las hojas en sus bordes. Sebastián de Covarrubias (1611) dio cuenta de la voz: «acebo, árbol conocido, aunque no es crecido sino pequeño. Dicho agrifolium, seu aquifolium, y por otro nombre paliuro. Está siempre verde; está cubierto con dos cortezas, la de fuera verde y la de dentro amarilla. Su madera es blanca, dura y tan pesada que echada en el agua se va a lo hondo. Sus hojas son algo semejantes a las del laurel y armadas con muy agudas púas. La corteza verde suya es muy vistosa y de ella se hace liga para tomar pájaros [...]. El nombre acebo es arábigo, pero de raíz hebrea y del nombre zebub, que significa ‘mosca’, porque con la liga del acebo debían matar las moscas, como en muchas partes lo hacen con la miel, por ventura, mezclando lo uno con lo otro, pues con la misma liga asen las hormigas, untando los troncos de los árboles con ella, quedándose allí pegadas. Y puede haberse dicho más cierto del verbo arábigo zebege, que significa ‘estar áspero, indómito, intratable’, porque, estando todas sus hojas rodeadas y orladas con espinas, no se deja tocar; o sea por el sabor de ellas o de su fruto, que es áspero y acedo».

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