Manuel Alvar Ezquerra - Lo que callan las palabras

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¿Quién no se ha preguntado alguna vez por qué los azulejos reciben ese nombre si suelen ser de los más variados colores, o por qué la chaqueta también se llama americana, o cómo surgen las palabras yuyu o chuchería? Recuerda el autor la cara de asombro de una alumna cuando contó en clase algo tan obvio como que el boquerón se llama así por el tamaño de su boca en comparación con el de su cabeza, y eso que sus padres tenían una pescadería.
En este libro se pretende dar contestación a preguntas que nos surgen cotidianamente sobre las palabras, lo que significan, su origen e historia. No es un diccionario etimológico por más que se pretenda escudriñar algo de la verdad que encierran y que habitualmente no se manifiesta;
etimología significa, precisamente, lo verdadero de las palabras. Aquí se busca a través del origen de cada una de ellas, la explicación de su forma actual y significado, de las relaciones que mantienen con otras voces.
El mundo de las palabras resulta fascinante. Conocerlas sirve para enriquecernos, para saber algo más sobre el léxico y sobre nosotros mismos. Esta obra viene a des velarnos las huellas que el paso de los años ha ido dejando en la lengua y por qué y cómo se han originado las palabras que utilizamos en nuestro hablar cotidiano.

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agenda La palabra agenda significa, en la primera acepción de la palabra del diccionario académico, ‘libro o cuaderno en que se apunta, para no olvidarlo, aquello que se ha de hacer’, de la que surgió la otra que se emplea, ‘relación de los temas que han de tratarse en una junta o de las actividades sucesivas que han de ejecutarse’. La palabra es de reciente introducción en la lengua, pues no aparece en el DRAE hasta la duodécima edición (1884). Seguramente fue tomada del francés, también agenda, aunque del género masculino, un agenda. Sea así, sea procedente directamente del latín, su origen es AGENDA, neutro del gerundio del verbo AGERE ‘hacer’, y que no significaría otra cosa sino ‘aquello que hay que hacer’. Por tanto, la agenda es la relación de las cosas que se han de hacer, así como el lugar en que se anota.

agente Véase agencia.

agostar Véase agosto.

agosto El nombre del octavo mes del año procede del nombre de CAIUS IULIUS CAESAR AUGUSTUS, esto es, César Augusto, o, simplemente, Augusto (63 a. C. – 14 d. C.). En el calendario romano recibía la denominación de SEXTILIS, por ser el sexto entre los que lo configuraban, hasta que aparecieron enero y febrero en la reforma hecha por Julio César (100 a. C. – 44 a. C.) en el calendario juliano. Augusto le cambió el nombre al mes en su propio honor, como pocos años antes había hecho César con el mes precedente para honrar a su familia, la Julia. Sebastián de Covarrubias (1611) demuestra ser conocedor de esos hechos cuando dice: «agosto, uno de los meses del año que, habiéndose llamado sextil en tiempo de Octavio César, tomó nombre de Augusto en memoria del dicho emperador, a quien dieron este renombre primeramente, y después de él a los demás emperadores hasta hoy día [...]. Regularmente, en el mes de agosto coge el labrador el trabajo de todo el año, e hinche sus trojes de trigo y cebada y de las demás semillas. Y de aquí, por alusión, decimos al que ha recogido mucha hacienda, mal o bien, que ha hecho su agosto. Proverbio: Agosto y vendimia no es cada día, y sí cada año, unos con ganancia y otros con daño. Y porque va el Sol va bajando del solsticio y refresca las noches, hay otro proverbio que pertenece a los muy delicados para que se arropen: Agosto, frío en rostro [...]». De agosto se deriva agostar, que en la primera acepción del diccionario académico es ‘dicho del excesivo calor: secar o abrasar las plantas’, pues agosto es un mes muy caluroso y seco.

aguinaldo El aguinaldo es, entre otras cosas, el ‘regalo que se da en Navidad o en la fiesta de la Epifanía’ o el ‘regalo que se da en alguna otra fiesta u ocasión’. Se trata de una voz en la que hay una metátesis, un cambio de sonidos, a partir del antiguo aguilando, cuyo origen no está claro, aunque la Academia, como Corominas y Pascual, apunta a que quizá proceda de la expresión latina HOC IN ANNO, que vale ‘en este año’, expresión que se utilizaba en las canciones populares de Año Nuevo. Sebastián de Covarrubias (1611) escribió: «aguinaldo, es lo que se presenta de cosas de comer o vestir por la fiesta de Pascua de Navidad. Este presente llamaron los latinos xenium, munus hospitibus dari solitum. Pues de esta palabra, mudando la x en g, se dijo genialdo y añadiéndole el artículo, agenialdo, y corrompido del todo, aguinaldo. Otros quieren se haya dicho del nombre genius hospitalitatis, voluptatis et naturae Deus, y de allí se tomó aquella frases indulgere genio, comer y beber y holgarse. Casi en el mismo tiempo que nosotros usamos los aguinaldos, tenían los gentiles sus días geniales, que eran por el mes de diciembre, cuando unos a otros se enviaban presentes y regalos de algunas cosas de comer y pertenecientes a la mesa […]. Pero en el Concilio Altisiodorense se manda que no se den los aguinaldos diabólicos en el día de Año Nuevo, que se usaban en la gentilidad a título de geniales [...]. Más a propósito parece ser otra etimología tomada del verbo griego guinomai, nascor, y de ginome, gininaldo, agimnaldo, y finalmente, aguinaldo, por darse el día del natal y en el principio del año [...]».

ahorrar No parece que haya muchos hablantes de nuestra lengua que no sepan lo que significa la palabra ahorrar, al menos en sus sentidos más comunes, claro está. Si miramos el diccionario académico veremos una acepción que califica de poco usada y que define como ‘dar libertad al esclavo o prisionero’, ante lo cual cabe que nos preguntemos ¿qué tiene que ver liberar a un esclavo con guardar dinero? Si miramos la etimología de la voz, sabremos que procede de horro, ‘dicho de una persona: que, habiendo sido esclava, alcanza la libertad’, del árabe hispánico ḥúrr, a su vez del clásico ḥurr ‘libre’, que explica esa acepción poco usada que pone la Academia. Del sentido de liberar a un esclavo surgió otro, ‘liberar de una carga cualquiera’, a partir del cual se generó uno más general de ‘liberar de una carga, obligación, etc.’, antes de llegar a un valor más absoluto de ‘dejar libre’, que, aplicado a la economía, se refiere a las cantidades que quedan libres, que se ahorran. Sebastián de Covarrubias (1611) dio cuenta de parte de esta evolución: «ahorrar, quitar de la comida y del gasto ordinario, libertándolo de que no sirva; pero haciendo a veces cautivo al que lo ahorra, si defrauda a su genio de lo necesario. No ahorrarse con nadie, ser solo para sí. Ahorrar, dar libertad al esclavo, vide horro». Y en horro pone: «horro, el que habiendo sido esclavo alcanzó libertad de su señor […]. Algunos quieren que horro sea forro y se haya dicho a foro por la libertad que adquiere de poder parecer en juicio, pero dicen ser arábigo […]. Ahorrar, sacar del gasto ordinario alguna cosa y guardarla. Ahorro, la ganancia y provecho de lo que habiéndose de gastar, se escusa. Ahorrado, el que lleva poca ropa por que va más suelto y libre».

ajedrez El juego del ajedrez es conocido desde antiguo, habiéndole consagrado una de sus obras Alfonso X El Sabio (1221-1284), el Libro del ajedrez, dados y tablas. Lo introdujeron los árabes, quienes lo conocieron en Persia. Nuestra Academia define, y explica, el ajedrez como ‘juego entre dos personas, cada una de las cuales dispone de 16 piezas movibles que se colocan sobre un tablero dividido en 64 escaques. Estas piezas son un rey, una reina, dos alfiles, dos caballos, dos roques o torres y ocho peones; las de un jugador se distinguen por su color de las del otro, y no marchan de igual modo las de diferente clase. Gana quien da jaque mate al adversario’. La palabra ajedrez procede del árabe hispánico aššaṭranǧ o aššiṭranǧ, del árabe clásico šiṭranǧ, que a su vez viene del pelvi čatrang, y este del sánscrito čaturaṅga ‘de cuatro miembros’, como alusión a las cuatro armas del ejército: infantería, caballería, elefantes y carros de combate, representados en el juego. Por otro lado, la primera versión del ajedrez, del norte de la India, se jugaba entre cuatro jugadores, no entre dos como es lo habitual. Sebastián de Covarrubias (1611) le dedicó un largo artículo: «ajedrez, es un juego muy usado en todas las naciones, y refiere Polidoro Virgilio, […] que el juego del ajedrez se inventó cerca de los años de mil y seiscientos y treinta y cinco de la creación del mundo, por un sapientísimo varón dicho Xerses, el cual, queriendo por este camino enfrenar con algún temor la crueldad de cierto príncipe tirano y advertirle con esta nueva invención, le enseñó por ella que la majestad, sin fuerzas y sin ayuda y favor de los hombres, vale poco y es mal segura, porque en este juego se hacía demostración que el rey podía ser fácilmente oprimido si no anduviese cuidadoso de sí y fuese de los suyos defendido, como se ve en el entablamiento de las piezas y en el movimiento y uso de ellas. Porque a las esquinas se ponen los roques, que son los castillos roqueros; junto a ellos estaban los arfiles, corrompido del alfiles, que vale tanto fil como elefante, porque peleaban con ellos, como es notorio, y nota que marfil vale tanto en arábigo como diente o cuerno de elefante. Tras ellos los caballos, figurando en estos la caballería. La reina, el consejo de guerra, la prudencia, y estos llevan en medio al rey. Delante, en la vanguardia, van los peones, que es la infantería, los escaques son las castramentaciones y el lugar que cada uno debe guardar. Dijéronse escaques, ab scandendo, porque se va por ellos subiendo a encontrar con el enemigo, y todos ellos en común, trebejos, de trebejar, que es cutir y herirse unos con otros, de donde se dijo día de trabajo y día de cutio […]». Para la explicación del alfil que da Covarrubias, véase el origen de la voz en su artículo. Véase también escaquearse.

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