El discurso martiano con su insistencia en la igualdad entre las razas y en la necesidad de construir una república “con todos y para el bien de todos”, estableció los valores centrales de nacionalismo cubano y contribuyó a fundar la idea que ha resultado predominante en su ideología y en sus prácticas de integración: lo cubano está por encima de las diferencias raciales; esto es, la cubanidad alcanza su definición política en una ciudadanía moderna que no distingue entre razas, y su definición sociocultural en el mestizaje. Se trata de una construcción imaginaria de la nación no blanca ni negra sino mulata . 21
Esta nueva definición de la nación amplía las inclusiones a la ciudadanía ya que, simbólicamente, la nación incluye a los cubanos de uno u otro color. Pero no hay que olvidar que este pensamiento no se desarrolla en solitario, más bien es parte de una intensa batalla entre diversos grupos e intereses (separatistas, autonomistas y anexionistas, miembros de las élites tradicionales pro españolas, clases populares, etc.), cada uno de los cuales conforma su idea de nación para darle sentido y legitimar otro patrón de exclusiones. El discurso martiano, si bien ha quedado como el centro de la definición de la nación cubana, compitió en su momento con comprensiones más elitistas igual que con otras más radicales; todas ellas, cada una a su modo, buscaron (re)escribir el relato de la patria.
El ideal democrático de construir una república moderna, obligaba a insistir en la promulgación de una constitución y un gobierno civil para regir el país durante la guerra. Sin embargo, en el discurso martiano se siente más una vocación moralizante que una definición procedimental. Si bien abunda en la idea de una nación inclusiva e incluyente es muy escasa su referencia a las instituciones políticas y en general al Estado por construir (Rojas, 2000: 137). La ciudadanía se define más en la ética que en la norma y la cubanidad resulta de una elección moral por la independencia, la soberanía y la libertad. Con esto se delinea un campo de exclusión definido por una elección ético–política.
La propia fundación del Partido Revolucionario Cubano puede ser vista como un intento por oponer una burocracia racional al caudillismo que había prevalecido antes. No obstante, el tipo de liderazgo representado por Martí —el individuo que abandona todo lo terreno y lo mundano y se inmola por la patria— encuentra mayor afinidad con el profeta carismático que con el político profesional descrito por Weber como paradigma del funcionario moderno, mientras que el ciudadano de su discurso se asemeja más al hombre virtuoso de Rousseau que al ciudadano descrito y elogiado por Tocqueville en su análisis de la democracia americana.
La comunidad política que se pretendía fundar se basaba más en el demos que en el etnos . Simbólicamente se trata de una nación que, más allá del compartir una cultura y una historia común, encuentra en la ciudadanía y en el establecimiento de un Estado democrático un espacio de igualdad que posibilitaría desdibujar las diferencias raciales, de clase y políticas. Esta comprensión “cívica” de la ciudadanía, como veremos más adelante, posibilita la legitimación de un criterio muy amplio de inclusión que se traducirá en la aprobación del sufragio universal masculino en fecha tan temprana como 1901, y en pocas restricciones para la adquisición de la nacionalidad cubana. 22
La coexistencia de diferentes tradiciones de pensamiento —portadas por grupos de interés también diversos— y las condiciones peculiares en que ellas se encontraban al final de la guerra, pueden explicar que el tipo de ciudadanía dimanado de la invención martiana de la nación no haya prevalecido en la república. No obstante, la fuerza de su formulación permite comprender que permaneciera en el imaginario como el modelo e ideal por alcanzar. Este ideal incluye, junto al ciudadano, al revolucionario, ya que se trata de una ciudadanía obtenida vía la acción. Como ha sido señalado por Turner (1992), en los contextos revolucionarios de creación de ciudadanía se tienden a combinar demandas desde abajo con el énfasis en lo público. La unión de ambas dimensiones daría lugar a un tipo de ciudadanía militante muy comprometida con el Estado y la participación.
A la vez, tanto el diseño institucional del sistema político —lo mismo bajo la dominación colonial que durante el breve lapso del gobierno Autónomo— como la tradición del pensamiento que fundamentaba las prácticas de los primeros partidos y alimentaba también el universo de valores de la cultura política, tendían a un modelo de ciudadanía civil que enfatizaba el estatus legal de los derechos.
Así, al constituirse el Estado Nación con la independencia en 1902, el panorama es complejo y no puede comprenderse cabalmente sin prestar atención a estos antecedentes. Durante toda esta etapa fundacional se perfilan importantes elementos de la construcción discursiva de la nación y la ciudadanía y también se estructura la base del repertorio simbólico que informa la cultura política republicana y muchos de sus rasgos actuales. En adelante, la vida política del país reflejará de un modo u otro el peso de esta memoria.
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