Hacia el año 500 antes de la era cristiana, los persas, aquel pueblo que había respetado a los judíos, dominaban todo el mundo conocido de Oriente a Occidente: de Afganistán a los territorios que en la actualidad ocupan Irán, Irak, Arabia, Turquía, los Balcanes, Egipto y Libia. Basta echar una mirada a un mapa de la zona para comprender la enorme extensión de su imperio. ¿Cómo se había producido tal expansión? Durante largo tiempo, ante la hegemonía de asirios y babilonios, los persas habían quedado en segundo plano hasta que un valeroso soberano, Ciro, se lanzó hacia el oeste en una conquista imparable. Primero se hicieron con la ciudad de Babilonia y su reino. Liberaron a los judíos del yugo babilónico permitiéndoles regresar a Jerusalén y restablecer su culto. Ciro falleció, pero su hijo Cambises conquistó Egipto y destronó al faraón, finiquitando un imperio que había permanecido intacto durante 3 000 años.
Uno de los sucesores de Cambises, el rey Darío, conocido como «el rey de los reyes», expandió todavía más el imperio, conquistando Asia Menor hacia el norte y llegando a las fronteras de la India hacia el este. Al mismo tiempo, llevó a cabo una extraordinaria labor administrativa impulsando la construcción de caminos que permitieran la llegada de sus órdenes a todos los confines de su extensísimo imperio. Así, llegó un momento en que Darío se planteó dominar también las ciudades asentadas en la actual Grecia. Pero los habitantes de las colonias griegas estaban acostumbrados a gobernar sus negocios de modo independiente y habitaban en ciudades orgullosas de su plena autonomía y que funcionaban de hecho como estados independientes. Por tanto, aquellos tenaces comerciantes no estaban fácilmente dispuestos a dejarse dominar por un soberano que dictaba leyes a su antojo, hablaba una lengua muy distinta a la suya y movía todos sus hilos desde un país muy lejano.
El enfrentamiento a muerte entre persas y griegos, conocido como las Guerras Médicas, ha generado los relatos históricos y épicos más bellos, y ha quedado plasmado en nuestra memoria colectiva como el típico enfrentamiento entre barbarie y civilización. Darío armó una gran flota con la intención de liquidar Atenas y conquistar toda Grecia. Después de un primer intento fallido, la nueva flota persa atracó junto a un lugar llamado Maratón, situado a poco más de 42 kilómetros de Atenas. Milcíades, un general valeroso e inteligente que estaba al frente de las tropas atenienses, pilló a los persas por sorpresa y les venció. Al darse cuenta de que los persas no habían huido, sino que en realidad habían puesto rumbo a Atenas, envió a un mensajero para corriera lo más deprisa posible y alertar a los atenienses de la inminente llegada de la flota persa. El mensajero cumplió su misión, puesto que sus piernas llegaron más rápido por tierra que las naves persas por el mar, pero su corazón no resistió y cayó muerto nada más dar la noticia. La alerta del primer maratoniano, junto a la llegada de las tropas de Milcíades, hicieron desistir a los persas de sus intenciones de conquistar Atenas. Corría el año 490 a. C. y se había resuelto la primera amenaza.
Pero el sucesor de Darío, Jerjes, era también lo suficientemente ambicioso como para no olvidarse de los griegos. Organizó un inmenso ejército, que se dirigió por tierra y por mar a Grecia. En el norte de Grecia se encontraron con la oposición inesperada de un grupo de valerosos soldados espartanos que intentó detenerlos en un desfiladero conocido como las Termópilas. Los persas les amenazaron con lanzarles tantas flechas que el sol se oscurecería, pero los espartanos contestaron que de este modo podrían luchar a la sombra. Los persas vencieron finalmente puesto que contaron con la inestimable ayuda de un traidor que les mostró una senda por las montañas que les permitió rodear a los espartanos. Pero las Termópilas ha quedado como el símbolo de la resistencia a muerte para salvar al propio pueblo de la dominación extranjera, además de conseguir detener por primera vez al ejército de Jerjes, cosa que contribuyó a la mejor defensa de Atenas, dirigida ahora por el general Temístocles.
Después de la experiencia de Maratón, Atenas había construido una nueva flota. Ante las noticias del avance del ejército persa, Temístocles hizo evacuar toda la población de Atenas, que se refugió en la vecina isla de Salamina. Cuando el ejército persa llegó a Atenas, la encontró vacía y la pudo destruir sin ninguna oposición. Entretanto, los aliados de Atenas comenzaron a tener miedo ante el inminente ataque persa por tierra y por mar. Pero Temíscoles maniobró con sagacidad para que no les diera tiempo a desertar. Envió un emisario a Jerjes, que ya estaba acampado en las cercanías de Salamina, para que le anunciara que los griegos iban a escapársele una vez más de sus manos, pues iban a huir a la mañana siguiente. Jerjes cayó en la trampa y se dispuso a actuar cuanto antes. Cuando llegó la flota persa a Salamina, se enfrentó a los griegos. Estos contaban con barcos de mayor movilidad que los enormes navíos persas de cuatro filas de remeros. El ejército de tierra persa fue derrotado también por los griegos poco después, en Platea.
Corría el año 480 a. C. y los griegos habían vencido por segunda y definitiva vez a los persas. Desde ese momento se abrió un período glorioso para Atenas, que duró aproximadamente un siglo y es considerado como uno de los momentos más extraordinarios de la humanidad, en el que sucedieron, se pensaron, se escribieron, se representaron y se experimentaron cosas que siguen teniendo plena vigencia. Los nombres de Maratón, Termópilas y Salamina han quedado bien insertos en nuestra memoria colectiva, porque siempre nos quedará la duda de qué hubiera sucedido en la historia del mundo si los persas hubieran aniquilado a los atenienses. Según la versión popular, la valerosa actuación de un puñado de soldados griegos salvó a la civilización griega de desaparecer, sumida en el caos de la brutalidad persa.
Más allá del evidente carácter histórico de estas batallas, la interpretación popular de las Guerras Médicas como un enfrentamiento entre civilización y barbarie, entre «buenos» y «malos», nos conduce a reconsiderar el funcionamiento de los relatos históricos, su creación, transmisión y divulgación. A lo largo de la historia, la manipulación de estos grandes relatos tipo «barbarie contra civilización» o «buenos contra malos» ha dado lugar a vergonzosas legitimaciones de abusivas conquistas de las grandes potencias sobre países más pobres. En el caso de las Guerras Médicas, este relato está justificado por la realidad objetiva de que sin Salamina y Maratón no hubiera existido la que es considerada una de las cimas de la civilización. Pero esto implica ya una primera asunción, basada en el «qué hubiera pasado si», que no parece un buen punto de partida. Además, esos relatos suelen estar basados en la exageración de los datos, ya que nunca podremos comprobar si las fuerzas griegas eran diez veces menores que las persas, como relataron las propias crónicas griegas, o se trata de una invención posterior para exaltar todavía más el carácter heroico de la victoria sobre los persas.
Sin embargo, aun contando con su tendencia a la simplificación, nadie puede negar la extraordinaria capacidad de los griegos para generar unos relatos que se transmitieron de generación en generación con gran eficacia. Por lo general se trata de narraciones legendarias que parten de un evento acaecido en el pasado (parte histórica) y le dotan de una fuerte carga legendaria, basada en su notable significación simbólica y su fuerte implicación identitaria (parte mítica). Todavía hoy, millones de espectadores siguen disfrutando de esas narraciones creadas en la Antigüedad. Las batallas de Troya, Salamina, Maratón y Termópilas han sido hábilmente reactualizadas por la industria cinematográfica de Hollywood, ahondando así en su inmortalización. La eficacia de estos relatos, igual que los medievales del rey Arturo, Robin Hood o el Cid Campeador, se basa en la invención de unos héroes que capitalizan toda la acción y generan adhesión entre los oyentes o lectores. En la Grecia clásica esto fue practicado por Homero, cuyos héroes troyanos Héctor, Ajax y Aquiles han alimentado la imaginación de tantos lectores de todos los tiempos. La epopeya de Ulises, por su parte, ha generado un sinfín de derivaciones literarias sobre la cuestión de la odisea del viaje que cada individuo tiene que realizar de un modo u otro en su vida para reencontrarse con sus orígenes y su identidad.
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