La monarquía hereditaria tampoco fue una contribución original de Israel para la posteridad, puesto que sus vecinos más poderosos la practicaban desde hacía muchos siglos, pero sí lo fue el modo como los reyes legitimaron su soberanía al frente de su pueblo. El monarca no era un ciudadano cualquiera. Desde el momento en que el sacerdote Samuel ungió a Saúl con el aceite sagrado, eligiéndole entre sus hermanos cuando parecía el menos dotado de todos ellos, le confirmó en su elección divina y le convirtió en una persona consagrada. La costumbre de la unción de los reyes gozará de una enorme relevancia simbólica entre las monarquías europeas medievales y modernas al convertirse en uno de los ritos esenciales del acceso al poder de los reyes. Muchos siglos después del rey David, los visigodos de España retomaron la práctica de la unción real. En el año 672, el rey Wamba fue ungido por el obispo de Toledo en una solemne ceremonia de entronización, tomando como modelo la narrada por el libro de Samuel para la unción de David. Esta costumbre fue consolidada por los reyes carolingios y conoció una extraordinaria expansión en toda la Europa medieval. Los ritos se caracterizan porque quienes los practican no solo buscan un incremento de la solidaridad con sus conciudadanos, sino producir una transformación : un cambio de tiempo, la recuperación de la salud o la mejora de las cosechas. En el caso del rey, con la unción se hacía también efectiva una transformación: se convertía en una persona sacra, recibiendo de la divinidad las cualidades necesarias para ejercer su autoridad. El rito de la unción real tenía además evidentes paralelismos con el rito de la unción sacerdotal, aunque quedaba claro que la consagración habilitaba para dos potestades diversas: la temporal y la espiritual respectivamente.
Pero si los reyes de Israel precisaban del concurso de los sacerdotes para legitimar su autoridad, también acudían al consejo de los profetas para acertar en su gobierno. En realidad, los profetas no solo aconsejaban a los reyes, sino que también les reprendían después de una desafortunada actuación. Natán amonestó seriamente al rey David porque había urdido la muerte del valeroso Urías para casarse con su bella mujer Betsabé. Ajías predijo la decadencia del reino de Israel tras la muerte del rey Salomón por haberse entregado a la idolatría y a las mujeres extranjeras. Algunos reyes reaccionaban compungidos y se corregían, pasando a ser considerados como modelos de todo un pueblo a pesar de sus debilidades, como el rey David. Pero otros, como Salomón, no se enmendaban, y entonces solían recibir el castigo divino, que les era anunciado también por boca de los profetas. Con el tiempo, la función de los profetas como consejeros de los reyes fue suplida en Occidente por personal especializado, pero siempre persistió este deseo de actuar con prudencia y justicia, y los reyes medievales aspirarán incluso a ser coronados con la corona de la santidad. Así, el modelo de los reyes antiguos y modernos oscilará entre la sabiduría (ideal asociado a los profetas) y la santidad (ideal asociado a los sacerdotes).
El segundo monarca de Israel, el rey David, fue considerado la prefiguración del Mesías, un personaje misterioso que fue progresivamente anunciado por los profetas desde unos nueve siglos antes de su nacimiento en Belén. De hecho, en tiempos de Jesús, muchos creyeron en Él no solo por la autoridad con que predicaba o realizaba milagros, sino porque les admiraba que muchas de las cosas que habían leído y oído desde pequeños en la Biblia, escritas muchos siglos atrás, le estaban sucediendo a Jesús en su vida, incluso en los detalles muy nimios o simbólicos. Otros se convirtieron al cristianismo más adelante, al cotejar cuidadosamente los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento y darse cuenta de que aquellas coincidencias no podían ser fruto de una mera casualidad. Hasta un hombre tan sanguinario, cruel y antirreligioso como el rey Herodes mostró respeto intelectual por las Escrituras, pues mandó llamar «a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo» para que le aclararan el lugar dónde habría de nacer el Mesías, porque temía que le pudiera hacer competencia (San Mateo, 2: 4). Este gesto muestra bien a las claras que, ya en aquel tiempo, se había extendido la creencia de que la Biblia no era solo un libro donde se contaban historias maravillosas y ejemplarizantes a través de un lenguaje simbólico muy bello, sino que también era fiable como fuente profética. Herodes escuchó atentamente a los sabios, quienes le informaron —según el profeta Miqueas— que el Mesías había de nacer en Belén, se fio de ellos y actuó en consecuencia, ejecutando la terrible sentencia de matar a todos los niños de menos de dos años residentes en la pequeña villa y toda su comarca. Jesús, que efectivamente había nacido en Belén, salvó la vida gracias a que sus padres habían huido precipitadamente a Egipto, antes de que se desatara la matanza ordenada por Herodes.
Aunque los profetas hablaban con frecuencia de un «redentor» cuyo ámbito era estrictamente espiritual, los judíos nunca acabaron de ponerse de acuerdo de si su ámbito de actuación sería también político. Jesús fue reconocido por muchos judíos de su tiempo como el auténtico Mesías no solo por los milagros que hacía, sino también porque identificaron en su acción y sus palabras las profecías desarrolladas por profetas como Elías e Isaías muchos siglos antes. Pero muchos otros se sintieron defraudados puesto que esperaban a un líder político y militar que les liberara del yugo de los romanos. Esto no sucedió, y Jesús fue condenado a la muerte más humillante, ignominiosa y cruel: el suplicio en la cruz, reservado para los criminales más peligrosos de las provincias romanas. Jesús no mostró ninguna resistencia violenta, y en el momento crucial de su juicio sumarísimo declaró ante el gobernador Poncio Pilato que efectivamente Él era rey, pero que su reino no era de este mundo.
Tras la muerte y resurrección de Jesús, hacia el año 30 de nuestra era, se produjo una dolorosa escisión en el pueblo judío, que da fin a este primer capítulo de la historia de Occidente. Los que reconocieron a Jesús como el Mesías, salvador y redentor del mundo, recibieron poco después, en Antioquía de Siria, el nombre de «cristianos» y expandieron una religión que tenía alcance universal, y por tanto no estaba restringida a una raza o a una nación determinada. Los que no le reconocieron, siguieron practicando el judaísmo como una religión circunscrita al pueblo de raza hebrea, y experimentaron las terribles consecuencias que ya había profetizado Jesús, empezando por la brutal destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 por las tropas del general Tito, con la subsiguiente diáspora judía por todo el orbe romano. A partir de entonces, judíos y cristianos han seguido caminos divergentes hasta el día de hoy en el ámbito religioso, aunque han compartido ciertamente muchos valores básicos de civilización.
Capítulo 2 Atenas y el clasicismo
Grecia y Persia – Los emperadores Ciro y Darío – Las Guerras Médicas – Maratón, Termópilas y Salamina – La razón contra la barbarie – Vencedores y vencidos – El poder de las narraciones legendarias – Homero – Los héroes mitificados – La Atenas de Pericles – El arte clásico – Fidias – La acrópolis griega – El valor de la filosofía y de la razón – Mito y logos – Realidad y ficción – El padre de la historia: Heródoto – El teatro: la racionalización de los ritos – La tragedia y la comedia: Sófocles, Eurípides y Aristófanes – La organización de la Polis – La Constitución de Solón – La democracia ateniense – El legado de la Grecia clásica
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