Por lo que concierne específicamente a los historiadores, mi parecer es que tenemos buena parte de culpa por haber perdido nuestra interlocución con políticos y empresarios y, en definitiva, con la sociedad. A veces no acabamos de conseguir el equilibrio entre una historia erudita, escrita con un lenguaje técnico con el objetivo de ser apreciada únicamente por nuestros colegas, y una historia novelada, desgajada de toda su función ejemplarizante por haber perdido su sentido referencial. Ojalá que este libro encuentre esa vía media, necesaria para que la sociedad se reconozca en sus raíces y profundice en su propia identidad, para poder encarar con más firmeza el futuro. En el caso de Europa, atormentada hoy por una fragilidad identitaria que le impide una verdadera unidad, nos jugamos mucho.
He dividido el libro en quince capítulos con el objetivo de dar a los lectores una pauta de lectura, así como la suficiente pausa para incentivar no solo el conocimiento del pasado sino también una reflexión sobre el presente. La primera parte está dedicada a los tres pilares de Occidente: las civilizaciones judía, griega y romana de la Antigüedad, simbolizadas respectivamente por las urbes de Jerusalén, Atenas y Roma. La segunda parte examina los hitos de la cultura occidental en la época tardoantigua y medieval: la expansión del cristianismo, la escisión entre cristiandad occidental, cristiandad oriental e islam y las luces y las sombras de la civilización medieval. La tercera parte analiza los fundamentos de la Modernidad y sus principales valores: sus orígenes —con el renacimiento artístico, el humanismo cultural, la reforma religiosa y el racionalismo filosófico—, la formación del Estado moderno, la expansión del capitalismo, el desarrollo de la ciencia y la tecnología modernas y la Ilustración, como culminación y cénit de la Modernidad. Por último, una cuarta parte lo constituyen los cuatro capítulos centrados en la época contemporánea: el avance imparable de las ideologías —básicamente liberalismo, marxismo y fascismo—, la primera crisis de la Modernidad en la llamada época de entreguerras, el idealismo de las luchas de liberación de la posguerra y la llegada del nuevo milenio, con el incremento de la globalización y el sentimiento de estar viviendo una Modernidad tardía.
Capítulo 1 Jerusalén y el monoteísmo
La conquista de Jerusalén – El templo de Jerusalén – El pueblo judío – La colonización de la tierra prometida – Israel y sus vecinos – Egipto, Mesopotamia, Persia – El monoteísmo – La generación de un relato: la Biblia – Intercambio de ideas entre las civilizaciones antiguas – La fijación de una tradición – La escritura alfabética – La fascinación por los orígenes – El lenguaje mítico y simbólico – La conciencia del privilegio de la elección divina – Los orígenes del antijudaísmo – Entre el providencialismo y el fatalismo – La monarquía de Israel – Los reyes David y Salomón – De monarquía electiva a hereditaria – Reyes y sacerdotes: la unción real – Reyes y profetas: el deseo de la sabiduría – La expectación mesiánica – La figura del redentor – Mesianismo político y mesianismo espiritual – Judíos y cristianos
Esta historia comienza con la conquista de Jerusalén por el rey David, en torno al año 1000 a. C., un evento que marca un hito fundamental en la existencia de Israel y de Occidente. David decidió hacer de Jerusalén la capital del pueblo judío no solo por su estratégica localización sino también porque su condición neutral la habilitaba para aglutinar las diversas tribus de Israel dispersas por aquellas tierras. También consideró la idea de construir un gran templo en Jerusalén, la nueva ciudad santa de los judíos, para poder preservar en un lugar digno el Arca de la Alianza, centralizar el culto al Dios de Israel y contar con un gran centro de espiritualidad y peregrinación de todo su pueblo. El templo de Jerusalén, construido finalmente por su hijo Salomón, causaba admiración por su majestuosidad y belleza. Fue testimonio de la historia de Jerusalén y de Israel durante 1 000 años, hasta que fue demolido en el año 70 de la era cristiana —siendo emperador Vespasiano— por las tropas del general y futuro emperador Tito. Jerusalén quedó devastada y el pueblo judío se dispersó por todo el Mediterráneo. Esos 1 000 años de historia del Israel antiguo son considerados uno de los pilares de la civilización occidental, por esto precisan una atención especial por nuestra parte.
Los judíos eran un pequeño pueblo de origen semita, que había sufrido la esclavitud bajo los egipcios hacia el año 1300 a. C. Los judíos consiguieron liberarse del yugo de los egipcios bajo el liderazgo de su patriarca Moisés, que hablaba con el Dios de Israel «cara a cara». Desde Egipto se dirigieron hacia el este, y fueron colonizando durante los dos siguientes siglos algunas zonas de la pequeña franja entre el mar Mediterráneo y el río Jordán. Este era un territorio que los judíos ocuparon con la convicción de que era la tierra prometida que Dios les había concedido providencialmente, cumpliendo con la promesa que había recibido uno de sus primeros ancestros, el patriarca Abraham. Pero la ocupación de esa tierra no fue sencilla, no solo por la resistencia de los pequeños pueblos que la habían colonizado con anterioridad (gabaonitas, amorreos, hititas, cananeos, jebuseos), sino por la presión de las grandes potencias que la rodeaban (sobre todo, egipcios, asirios, babilónicos, persas, griegos y romanos) y que les hostigaron durante los diez siglos que van desde la conquista de Jerusalén hasta la destrucción del templo en el año 70.
¿Quiénes eran esas potencias vecinas de Israel? Al oeste, en torno a la ribera del Nilo, los egipcios habían construido un gran imperio dirigido por los faraones —sus jefes divinizados— y con una vitalidad agrícola y comercial encomiable. Al este, en torno a la ribera de los ríos Tigris y Éufrates, las civilizaciones mesopotámicas, sumerias, acadias y babilónicas, fueron creando en el actual Irak unas prósperas comunidades urbanas, con unas organizaciones políticas bastante sofisticadas. Al norte, en la ribera mediterránea, los fenicios de las ciudades de Tiro y Sidón, en el actual Líbano, habían construido un emporio comercial, y se les atribuye incluso la creación del alfabeto que hoy utilizamos en su estructura básica. La escritura alfabética se impuso a otras formas de escritura de la Antigüedad (como las cuneiformes en Babilonia y las jeroglíficas en Egipto) y las basadas en imágenes analógicas, más propias de las civilizaciones hindúes y chinas. Israel colindaba también con diversas tribus nómadas árabes que, si bien eran incapaces de organizarse políticamente, contaban con valerosos guerreros. Más hacia el este, en lo que hoy es Irán, se estaba conformando un imperio formidable, que con el tiempo conseguiría una expansión jamás imaginada, desde Egipto a la actual India: los persas.
A pesar de su pequeña magnitud en comparación con esas grandes potencias, Israel se distinguió pronto por poseer una religión cuyo fundamento era por completo diferente a la de sus vecinos: la creencia en un solo Dios que había creado todas las cosas y las mantenía vivas con su providencia y amor. Todas las civilizaciones del entorno estaban basadas en la convicción de que existían unos seres superiores, llamados comunmente «dioses», pero su existencia estaba muy alejada de los hombres. Los hombres conocían a sus dioses a través de historias que se contaban de generación en generación, y que se presentaban en forma de relatos mitológicos y legendarios. Esos relatos eran contados por los poetas, y en muchas ocasiones eran representados en medio de complejos rituales, practicados por los sacerdotes y los jefes de la tribu, y en los que también participaba el pueblo. Pero a esos pueblos jamás se les había ocurrido pensar en que existiera un solo Dios y que además fuera un ser cercano a los hombres. Para colmo, los israelitas decían mantener una relación especialmente íntima con ese Dios, que hablaba a sus profetas y sacerdotes, y eso les granjeó muchas enemistades e incomprensiones desde el principio entre sus vecinos: el antijudaísmo es, pues, una práctica muy antigua.
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