Jaime Bayly - El Huracán Lleva Tu Nombre

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El Huracán Lleva Tu Nombre: краткое содержание, описание и аннотация

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Gabriel ama a Sofía pero también le gustan los hombres. Gabriel tiene mucho éxito en televisión, pero lo que ansía de verdad es huir del Perú y dedicarse sólo a a escribir, lejos de la ambigüedad y de la hipocresía que lo envuelven y lo limitan. El huracán lleva tu nombre es una singular historia de amor, dolorosa y gozosa a la vez, con una heroína, Sofía, que fascina por su capacidad de amar, y con un original antihéroe, el narrador, Gabriel, que expone al lector su conflicto a través de una sinceridad a veces hilarante y a veces conmovedora. Una novela que no va a dejar a nadie indiferente.

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En la televisión aparecen las imágenes de esos refugios, como canchas de básquet y auditorios municipales, que empiezan a colmarse de familias que instalan allí sus colchones, sus provisiones de alimentos, sus bolsas de dormir, una imagen dantesca de la que Sofía y yo nos reímos como niños mimados de alta sociedad. Prefiero morir en este departamento, despedazado por el huracán, que pasar una noche en una jodida cancha de básquet, tirado en el piso con toda esa masa de gordos pedorreros y señoras histéricas y bebés chillones, digo. Sofía está de acuerdo: Me parece divertido vivir un huracán, no nos pasará nada, los policías son unos exagerados, lo peor que puede pasar es que se rompan algunos vidrios y se caigan algunas hojas de las palmeras, no creo que más, y eso de metemos a un shelter con un montón de gente horrible y apestosa, no way , dice, y yo la amo porque ella desconfía de la policía siempre, en cualquier caso, igual que yo.

Cae la noche tropical y se instala una quietud desusada que parece presagiar el desastre mayor. Sofía y yo seguimos viendo la televisión, que es una repetición monocorde de alarmas y advertencias, y ya empezamos a odiar a los meteorólogos que chillan histéricos que nos aguardan pocas horas para ser tragados por el huracán, como odiamos igualmente al maldito coche de la policía que sigue pasando por este barrio afantasmado, gritando que evacuemos perentoriamente, que nos vayamos, que nadie debe quedar allí, al pie del mar. No salimos a comprar comida ni bebidas por temor a que la policía nos arreste y conduzca a un refugio maloliente. Nos quedamos tranquilos, en la cama, viendo la televisión con el aire acondicionado a tope, sintiéndonos más valientes y aventureros que los gringos exagerados y los hispanos acomplejados que han salido huyendo del temido huracán. Es sólo un huracán, no es para tanto. Nosotros, que hemos vivido terremotos devastadores en Perú, no vamos a sobresaltarnos tanto por un huracán. Lloverá a cántaros, pasará un viento fuerte, se mojarán las gaviotas, volarán quizá las lagartijas, pero nada más, sólo eso, no es para tanto.

Ahora se ha hecho de noche. Cenamos en casa, viendo la televisión. Sofía llama por teléfono a su madre y le dice que está todo bien, que no se preocupe. Yo no llamo a mis padres porque sospecho que ellos dejaron de preocuparse por mí hace mucho tiempo. Llegan por fin unos vientos fuertes hacia las diez de la noche y vemos fascinados cómo se doblan las palmeras, se balancea el semáforo de la esquina, vuelan hojas y desperdicios, suenan golpes secos de objetos que el viento desplaza con violencia, se enfurece la naturaleza con esta ciudad privilegiada de ricos y fugitivos, latinos y gringos, señoras de compras y señoritos afeminados en busca de libertad. No pasa nada con el huracán, es sólo un viento fuerte, digo, desde la ventana, contemplando cómo se hamaca la ciudad entera, los árboles, los cables de luz, las señales de tránsito y todo lo que el viento puede doblegar y hacer bailar en ese festín despiadado que viene del fondo del mar a recordarnos que también en Miami te puedes ir a la mierda cualquier día, que también en esta ciudad eres mortal y estás a expensas de los caprichos de la naturaleza.

Pero Sofía y yo no estamos sufriendo, más bien gozamos con el huracán, siendo testigos de tan raro y poderoso fenómeno. Seguimos gozando hasta que el viento empieza a silbar de un modo pérfido, inquietante, anunciándonos que lo peor está por venir y entonces vemos caer postes de luz, cables de alta tensión, árboles enteros que son descuajados, pasan volando al lado del edificio y caen sobre el techo de un auto de lujo, estacionado en la cochera, cuya alarma se activa y se confunde con el silbido cruel de los vientos. Entonces todo se oscurece, se interrumpe la corriente eléctrica, un apagón más como los muchos que ella y yo hemos vivido en Lima, cuando el terrorismo volaba las torres de alta tensión y la ciudad quedaba ennegrecida y asustada, pero el primero que nos ha tocado vivir acá, en Miami, una ciudad en la que uno suponía que estas cosas no pasarían. No estamos asustados todavía, sólo incómodos, porque ahora carecemos de luz, teléfono y, por supuesto, aire acondicionado. Tampoco contamos con velas, apenas una pequeña linterna que Sofía, previsora, trajo desde Lima.

La potencia destructiva de aquellos vientos de medianoche que vienen del mar y humillan a esta ciudad arrogante va en aumento, se multiplica con los minutos, así como crece el número de objetos que vuelan y caen en las inmediaciones del departamento, cualquier cosa que el viento pueda arrancar de raíz, descuajar y hacer volar caprichosamente, a su antojo. Esto se está poniendo feo, le digo a Sofía, mirándonos con el primer miedo de la noche, cuando el silbido vengativo del huracán parece ensañarse con nosotros, empequeñeciendo nuestra bravura y dando la razón a los policías y meteorólogos que pidieron que evacuásemos. Ojalá no se rompan las lunas, porque allí sí que la vamos a pasar mal, dice ella, más valiente que yo, como de costumbre. No mucho después, pasada la medianoche, empiezan a sonar, uno tras otro, los vidrios que se rompen, despedazados por el impacto furibundo del viento, y entonces comprendemos que es sólo cosa de minutos que nuestras ventanas salten también por los aires y el huracán se meta como un intruso loco al departamento, tome posesión de él y de nosotros, revuelva todo, lo inunde de desperdicios y malezas y se lleve nuestras cosas con una furia asesina que desconocíamos.

Ahora tenemos que gritar para hacernos oír, porque el viento brama, ruge, silba, grita más fuerte que nadie, como si Dios estuviese gritando rabioso que Miami es la nueva Sodoma y Gomorra y que la borrará de un solo soplido rencoroso. ¡Agarra tus cosas más valiosas y aléjate de la ventana, que ahorita se rompe!, me grita Sofía, y yo corro al cuarto, busco nerviosamente en la penumbra mi pasaporte, mi billetera y las llaves del auto, que ojalá no termine chancado por una palmera, y ella también rebusca entre sus cosas para asegurarse de que el huracán no le arrebate sus documentos, su dinero, sus pocas joyas y las fotos familiares. Cuando estamos terminando de reunir nuestras más preciadas posesiones, el huracán nos anuncia que ha llegado rompiendo las ventanas de la sala y metiéndose como un gigante dando patadas, sacudiéndonos, haciendo volar todo a nuestro alrededor y casi también a nosotros mismos. ¡Vamos al baño!, grito, y Sofía se agarra de mi mano y avanzamos contra la fuerza chucara del viento que nos escupe con todo su desprecio.

Logramos encerrarnos en el baño, que está a oscuras y no tiene ventanas, y nos sentamos en el piso de la ducha, aterrados, y comprobamos que estamos bien, que no nos hemos cortado con los vidrios que salieron volando y que tenemos el dinero y los pasaportes, menos mal que alcanzamos a guardarlos, fue cosa de minutos, ahora sería imposible volver a la sala. Tengo miedo de salir volando, de terminar siendo arrastrado por el huracán y caer sobre las ramas de un árbol o encima de los techos de los autos vecinos. No le digo esto a Sofía, trato de ser un hombre y calmarla. Aunque estamos abrazados, sentados sobre el piso de la ducha, debemos gritar para comunicarnos, porque el ruido del viento y los objetos volando, agitándose, cayendo y rompiéndose es ensordecedor, y ella me grita con un humor invencible ¡ojalá que si el viento nos lleva, nos deje en Washington y no nos regrese a Lima!, y yo sonrío pero no puedo reírme porque estoy muerto de miedo, y sólo grito ¡deberíamos haber evacuado, tengo miedo de que se caiga el puto edificio!, y ella ¡no, no se va a caer, tranquilo!, y yo ¡estas paredes son endebles, el viento las puede tumbar, estamos jodidos!, y ella ¡tranquilo, que no podemos ir a ningún lado, si salimos al pasillo y tratamos de bajar por la escalera, sería mucho peor!

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