Sin su apreciación crítica temprana (Josefina hizo circular El asco con entusiasmo y de manera personal en una precaria primera edición), la lectura de estas novelas quizá habría sido subestimada, como un corpus antiprogresista. Se trata de ficciones que, por otra parte, confrontan parcialmente sus propios postulados sobre la postautonomía, dado que tienen una asimilación anómala en el naturalismo, al que por otra parte tributan. En ellas, las costumbres dejan de ser el fondo documental realista para saturar el primer plano, sometidas a distorsiones hiperbólicas en las que lo real aparece desfigurado por la subjetividad del desprecio. De hecho, las costumbres son la razón de ser de estas novelas, que invocan, con un gesto inaugural, la fuerza transformadora del odio. Malditismo supremo, hay en ese odio una valentía ligada al impulso de desenmascaramiento, que convierte al narrador en otra clase de héroe. En ambos, el odio/asco, como antes supo serlo la patria al calor de la utopía, resulta inseparable de la primera persona, esta vez del singular. En ellas, el repudio antipatriótico no conduce al asco por sí mismo, sino que redime de las pestes de la nacionalidad. Fernando Vallejo, Horacio Castellanos Moya, precursores de los haters .
Entre los méritos de estos ensayos de Ludmer, se distingue su precisión para anticiparse a las dinámicas de estas décadas, la definición de los factores que acarrearon la erosión del encantamiento colectivo con la literatura (el poder de presentar mundos alternativos e incluso de cambiar la realidad, su sugestión utópica) y la disolución de la ficción en el océano de relatos que multiplica y disemina la comunicación en red. Ludmer describe con exactitud la realidadficción , el régimen en el que todo acontecimiento y reclamo de masas tienen su traducción artística inmediata: si Argentina acuñó el motivo de los Siluetazos , según José Burucúa, lo hemos visto hoy más que nunca en las performances y flashmobs de luchas sectoriales y partidarias, en el guionado Delacroix de la doble bandera en el monumento del general Baquedano, en Santiago de Chile a fines de octubre de 2019. Josefina hace un relevamiento del contexto preparatorio, cuenta “el futuro de un pasado” mientras este aún se transita, en calidad de vestigio no del todo extinguido. Es el presente en estado de recuerdo anticipado (en el que, por ejemplo, el desocupado se hace presente en imágenes ofrecidas en modo negativo, como se decía del clisé de una foto: en el pasado obrero y sus protocolos, creencias y rituales, de Boca de lobo , de Sergio Chejfec, hoy leemos una disección del orden patriarcal).
Es que otro hecho está sucediendo y recorre estas piezas como una corriente subterránea: la certeza sobre el devenir de las ciudades está consumándose en esos precisos años, el mundo duplicado en la web (“desrealidad real que crea un mundo segundo llamado virtual, sin tiempo ni espesor ni resistencia, donde cada uno puede estar a la vez en todas partes y por lo tanto en ninguna”). Es allí, en la innovación tecnológica y en el mercado, que se aloja la única forma utópica con la autoconfianza y la agresividad necesarias para materializarse. Y es la caracterización que hoy se cumple, en ocasiones del modo más destructivo. En estos últimos años parece irrefutable que identificar utopía e innovación es un fósil de la velocidad de los avances, una de las ilusiones y optimismos de los precursores, clausurados al final del siglo XX. Ludmer escribe estos artículos durante el ciclo del gran salto en la convergencia tecnológica, que entre la masificación de Facebook, alrededor del año 2000, y el primer smartphone Android popular, en 2008, cambiará el mundo tal como lo habíamos conocido, extendiendo a millones la experiencia de producir y distribuir realidadficción . Toda forma de narrativa, tanto la literatura como la producción audiovisual, verá amplificada y redireccionada su distribución –con cuotas de autonomía ilusorias–, llevando la experiencia del tiempo hasta el vértigo. En la práctica, las revistas culturales y los medios gráficos, que tradicionalmente obraban como mediadores entre libros y audiencias, se convertirán en productores de contenido para los buscadores digitales. Ludmer no los menciona porque están ocurriendo en el mismo período de su revisión, pero parece darlos por sentado al anticipar sus efectos. Escribe y piensa la narrativa justamente en ese compás de giro decisivo, cuando las megaempresas tecnológicas pondrán a punto los dispositivos que harán migrar las palabras del papel a la fibra óptica, convirtiendo la tinta en luz, en esa estrecha pasarela de tiempo en que los buscadores todavía no se han monetizado por completo. Comparada con el régimen actual, esa década todavía pertenece al ciclo utópico de idilio entre Internet y sus usuarios.
El desafío de Josefina consistía en cartografiar los pasos de corte, radicales por su velocidad y extrañeza. En sus postulados, vibran el sinceramiento de cierto hartazgo personal y la búsqueda de una autenticidad renacida y juvenil, como cuando se pregunta si habrá novelas antinacionales en la literatura argentina que no hemos sabido leer, por simple desatención o comodidad. En esa breve biblioteca, podríamos incluir hoy algunos libros disidentes, entre ellos, Oración , de María Moreno, Las teorías salvajes , de Pola Oloixarac, y La dificultad , de Tomás Abraham.
“Hoy vivimos una transformación de la experiencia del tiempo”, escribe al comienzo del libro. En su diario del sabático, en una entrada de noviembre, la descripción de esa nueva textura temporal, cuando “los días se superponen, las mañanas y las noches se fusionan y los órdenes temporales de las ficciones se fracturan en miles de imágenes y palabras en movimiento que entran en conexiones múltiples con otras miles de imágenes en todo tipo de espectáculos y acontecimientos públicos del 2000 en Buenos Aires”. Con los años, no me cabe duda de que Josefina intuyó el paisaje viral; este se desencadenaría con la masificación del smartphone. Por empezar, por primera vez para la humanidad, la ubicuidad se ha materializado, de modo que la palabra aquí, el aquí del título, el que anclaba la palabra, se ha vuelto un dato móvil.
Es por eso también que el libro tuvo lecturas defensivas, bajo el signo de las literaturas nacionales amenazadas –el aquí como ancla de la voz y los relatos–. Reproches particulares despertó el empleo recurrente del prefijo post , para indicar ese tiempo inestable que sigue a la posmodernidad; como en todos los casos, el llamado postismo es empleado como fórmula subsidiaria de su original, para nombrar lo que aún no tiene nombre y está levando mientras se lo describe, tomado en su dimensión histórica pero ocurriendo en tiempo real.
El libro tuvo algunas críticas de tono muy ácido. Entre ellas, Miguel Dalmaroni, en Bazar Americano , objetó que sacara conclusiones generalizadoras a partir de una antología personal, poco representativa de la diversidad de las ficciones latinoamericanas; en otras palabras, por desestimar los respectivos panoramas nacionales, cuando estos son lo que la especulación busca liquidar. En 2010, el libro fue juzgado en algunos casos en el contexto de creciente polarización política. A la fecha de edición, faltaban todavía tres años para que la palabra grieta fuera pronunciada, y ella toma el concepto de “gran división” en buena medida de Andreas Huyssen y en relación con la memoria, incluso ligada al territorio. Pero se le reprochó no valorar positivamente la ola de cambios antiliberales en la región, exigiéndole, en otras palabras, un pronunciamiento político acerca del proceso chavista: lo regional se ha convertido en un asunto partidario. Josefina mantuvo su distancia de reserva, una posición neutra , en el sentido de convivencia que le da Barthes, que no queda anulado por la postautonomía. Nadie está obligado a opinar. Josefina Ludmer no necesitaba ser desenmascarada.
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