¿Cariño?... ¡Cariño despierta! – entonces la alzó en sus brazos y la llevó al auto.
Con cuidado, la sentó en el asiento del acompañante y lo reclinó. Condujo hasta el Hospital de Reconquista a 95 km en menos de una hora. Al tomarle el pulso en el trayecto lo notó muy débil e hizo acelerar al 206 al máximo.
Cariño aguanta. Llegaremos pronto – le decía todo el tiempo – No me dejes amor…
El viaje hasta Reconquista le había parecido interminable, pero solo habían pasado 40 minutos. En el camino, había llamado a un amigo médico que trabajaba allí.
¿Román? – lo había llamado con el manos libres.
¡Ey Juan! ¿Cómo estás?
Dime ¿Estás en el hospital esta noche?
No amigo ¿Qué te ocurre? Te siento agitado…
No soy yo. Es mi chica.
¿Tu chica? – se sorprendió.
¡Si hombre! ¿Puedes ir por favor? Estoy a medio camino.
¡Si claro! Voy para allá ¿Qué le ocurrió?
No estoy seguro, creo que la drogaron.
Carajo. Bien, te veo allá en la guardia.
Gracias amigo.
Román y Juan habían sido amigos desde que eran niños. Habían compartido muchos veranos en Margarita, ambos esperaban con ansias esa época del año para verse e incluso habían estudiado juntos en la facultad en la ciudad de Rosario. Eran muy cercanos, casi como hermanos.
Los años en la gran cuidad habían sido los mejores para Román, había estudiado medicina y había compartido con su amigo su estadía en la época de estudiantes; aunque para Juan había sido un calvario, ya que él había sido obligado a estudiar abogacía y lo odiaba. Solo había pensado en recibirse lo más rápido posible y radicarse en Margarita por el resto de su vida. Lo único que había hecho esos años llevaderos era haber compartido con su amigo Román aquellos días.
Al recibir el llamado esa madrugada, Román se vistió en un tris y se dirigió al sanatorio, donde se desempeñaba como jefe de guardia. Al llegar a su lugar de trabajo, dio las especificaciones necesarias para recibir a “la chica” de su mejor amigo. Media hora más tarde y con todo dispuesto, Juan había llegado desesperado con Julieta en brazos.
¡Doctor! – lo llamó la enfermera - ¡Ya llegó! – Román corrió y vio a Juan con pánico en su rostro, parado al lado de una camilla con una chica muy delgada y pálida recostada en ella.
Hola amigo – le dijo sin mirarlo, ya que fue directo a Julieta - ¿Dices que la drogaron?
Eso creo, sí.
¿Cómo se llama?
Ju… Julieta – tartamudeó de los nervios.
No hay pulso… - susurró - ¡No hay pulso! – gritó después.
¡No! - Juan llevó las manos a su cabeza y los nervios lo tomaron.
Miró como Román se subió con gran destreza a la camilla sobre Julieta y comenzaba a practicarle RCP, a la vez iba gritando indicaciones a su equipo mientras los llevaban a ambos hacia adentro del hospital. Una enfermera detuvo a Juan en la entrada por donde se habían ido.
Aguarde en la sala de espera señor, ella está en buenas manos – y la señora cerró la puerta doble por donde se habían llevado a Julieta.
Derrotado, Juan se sentó en una de las sillas de la sala de espera y llamó a Marité.
¿Mamá? – le dijo y ella supo al instante que algo no estaba bien, porque solo la había llamado así cuando Juan se había asustado y habían pasado años desde eso.
¿Juan qué pasó? – dijo alarmada.
Estoy en Reconquista, en el hospital.
Dios Santo… ¿Qué le pasó a Julieta?
El infeliz la drogó. Quiso violarla...
¡Ay Dios mío! ¿Cómo está?
Llegó sin pulso – dijo con voz quebrada – Román la está atendiendo.
¡No puede ser!... tranquilo, tranquilo Juan. Román es un médico excelente, él va a saber qué hacer. Todo va a estar bien. Ya lo verás…
Sí. Espero que sí.
¿Necesitas que vaya?
No, yo me quedo. Te llamaré cuando sepa algo.
Sí por favor. Te quiero Juan.
Igual yo… - Juan colgó la llamada y reprimió el llanto que sintió en su garganta. Secó una lágrima que amenazaba con salir con el dorso de la mano y esperó a que Román le dijera cómo estaba “su chica”.
Tenemos pulso – dijo una enfermera que miraba el monitor conectado al corazón de Julieta.
Exhausto, Román revisó el corazón con el estetoscopio y confirmó que estaba estable. Sus compañeros lo ayudaron a bajar de la camilla para poder hacer mejor su trabajo. Junto a una ginecóloga, le quitaron la ropa con cuidado y revisaron si tenía signos de haber sido abusada, lo cual, afortunadamente, había sido negativo.
Le extrajeron sangre y la enviaron a analizar, le suministraron solución salina por vía intravenosa para limpiar su sangre de cualquier psicofármaco, le administraron oxígeno con una mascarilla y la mantuvieron en observación. Estaba estable. Una vez seguro del estado de Julieta, Román buscó a Juan a quién había notado extrañamente preocupado.
Bien Julieta – le dijo Román – será mejor que vaya a ver a tu Romeo.
La enfermera que controlaba el suero intravenoso rió ante la expresión del doctor. Román salió del cuarto y caminó hasta la sala de espera. Se fue quitando los guantes y el barbijo desechándolos en un bote de basura. Traspasó la puerta aún con el ambo azul marino y lo vio a Juan, más calmado, pero con evidente preocupación.
¿Juan? – saltó de la silla al oír su nombre y ver a su amigo allí parado junto a él.
¿Co… cómo está? – tartamudeó otra vez.
Ella está bien – al oír eso, se desplomó otra vez sobre uno de los asientos y suspiró aliviado. Román se sentó a su lado - Está estable, le administramos suero para limpiar toda la sangre de su sistema y oxígeno. Ahora debemos esperar a que despierte.
¿Con qué la drogó?
No lo sé aún. En unas horas tendré el resultado de los análisis. Juan ¿Qué pasó? – le dijo serio - ¿Quién es esa chica y por qué estás así por ella? – los ojos azules de Juan miraron a los negros de Román, suspiró y luego habló.
Julieta llegó a casa de Marité hace unos 20 días. No sé mucho de ella, solo que viene de Buenos Aires y que estaba de paso. Quise mantenerme lejos, lo intenté. Pero ya no puedo más.
¿La drogaste?
¡No! ¡Claro que no! ¿Cómo se te ocurre esa mierda?
Lo siento. Pero ¿Quién fue?
Fue Jano.
Pedazo de mierda. Luego nos encargaremos de ese. ¿Qué hay entre ella y tú? – Román habló muy seriamente, aquella conversación sería sin tabúes.
Aún nada. Solo un beso.
¿Solo un beso?
Sí.
¿Y por qué estás así? Tú no te pones así por cualquiera.
Amigo… tan solo al verla lo supe. Yo… yo creo que me enamoré de ella.
¿Crees o estás seguro?
Estoy seguro.
¿Ella lo sabe? – sonó un “bip” en el celular de Román.
No.
Pues ve a decirle amigo, porque acaba de despertar. Vamos.
Julieta despertó en la habitación de un hospital. Le dolía la cabeza de manera monstruosa y no sabía lo que le había ocurrido.
Una enfermera había tratado de calmarla, pero ella estaba demasiado nerviosa. No sabía dónde estaba, ni quiénes eran esas personas que le pedían que se calmase. Supo que era un hospital, pero ¿Por qué estaba ahí? Una de las enfermeras le dijo a la otra.
Avisa al doctor Montenegro que ya despertó – mientras la compañera hizo lo que le habían pedido, ella siguió tratando de calmar a Julieta – Señorita debe tranquilizarse, todo está bien.
¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué tengo esto en mi mano? – dijo mirando el catéter con el suero.
Afuera, Román caminaba a paso ligero acompañado de Juan. Ambos vieron a la enfermera afuera del cuarto que les dijo.
La paciente despertó, pero está muy sobresaltada.
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