Camila Foresi - Margarita

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Julieta descubre que todo en su vida es una mentira y decide ir en busca de su destino haciendo un viaje que le demostrará que el amor aún existe.
En un lugar remoto, conoce a quienes se convertirán en su familia y a Juan, el amor de su vida, quién la rescatará de todas las maneras posibles.
El amor de ambos es puesto a prueba entre engaños, mentiras y tragedias, pero el tiempo les demuestra que ellos están destinados el uno para el otro.

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Comé reina – le dijo extendiéndole un plato a Julieta – Eres tan delgadita – dijo haciéndola sonreirá – Son unos sorrentinos que sobraron del servicio del mediodía ¿No te molesta no?

¡No, por supuesto que no! – le contestó amable y ya al verlos comenzó a comer con los ojos.

Son caseritos. Todo hecho con mis propias manos. Ahí hay quesito rayado.

Están riquísimos – saboreó la invitada de Marité - ¿Dijiste servicio?

Sí, yo tengo un comedor. Aquí vienen a comer vecinos que se quedaron solos, algunos peones y gente de paso. Fede los manda cuando alguien pregunta por un lugar para comer.

O dormir… - dijo sonriente.

O dormir, sí – ella la imitó – Eso me ayuda a mantener todo esto en pie, así como lo ves. Por lo general se llena a la noche, porque al mediodía vienen los viejos. Los peones almuerzan en al campo.

¿Hace mucho que lo haces?

¿Todo esto? – hizo ademán con sus manos abarcando todo a su alrededor – Lo hizo mi abuelo como en el 1890 y pico o 1900. Llegó de España y aquí se quedó. Primero fue pulpería, venían los gauchos a tomar la ginebra y el aguardiente – rió – Después mi papá y su hermano hicieron el hotel. Lo de atrás era la casa de mi abuelo y ellos lo reformaron. Mi tío falleció y mi papá lo cuidó hasta que yo me hice cargo. Sola, porque a mi hermano nunca le interesó. Él es abogado en Rosario y allá se quedó.

¿Esto tiene más de 100 años Marité? – dijo sorprendida.

Sí, sí – contestó con evidente orgullo.

¡Wau!

Mi sobrino me ayuda mucho a mantenerlo. Quizás lo conozcas antes de irte. Hoy debe haberse quedado en el campo, con alguna amiga. Sino siempre cena conmigo los sábados.

María Rosa le contó casi toda la historia de su vida y del lugar. A ella le gustaba contarla y a Julieta escucharla, así que la dejó hacer. Hablaron hasta terminada la cena y el postre, que había sido una porción generosa de budín de pan con dulce de leche. Hasta que Marité miró la hora en el reloj de pared y suspiró.

Son más de las doce, con razón me dio sueño. Me voy a ir a dormir. Cierro acá adelante y me voy a acostar.

Te ayudo.

Ambas caminaron hasta el comedor y cerraron las ventanas. La mujer miró a través del vidrio de la puerta y exclamó.

¡Sí vino Juan!... debió llegar tarde. Por eso no debe haber venido a comer – ella sonrió – Es la camioneta roja de allá – se la señaló a Julieta y ella miró hacia donde le dijo. Recordó haber visto el vehículo cuando buscó las cosas en el auto, pero no dijo nada.

Julieta se recostó en la antigua cama oyendo la lluvia caer sin descanso. Un sonido continuo pero tranquilo, hipnótico y relajante. Sintió el olor de la tierra mojada, el aire fresco colarse por las rendijas de la persiana y oyendo a la lluvia pronto se vio envuelta en un sueño profundo.

El domingo, Julieta despertó a media mañana, sintiéndose completamente renovada. Aún se oía el sonido de la lluvia, había llovido toda la noche. Abrió la persiana y observó todo lo que la noche anterior no había podido. La ventana daba a la parte trasera de la casona de más de 100 años y delante de ella solo estaba el horizonte. Solo había campo y nada más.

Una huerta hermosa crecía a sus pies. Prolijamente cuidadas, crecían lechugas, acelgas, tomates, morrones, zapallos y sandías enormes; y todo estaba siendo regado por el agua de lluvia. Corrió la cortina de voile y la vio bailar con la brisa que entraba por la ventana. Se dirigió al baño y comenzó a llenar la bañera, esa tan blanca e impecable que había visto por primera vez la noche anterior. Buscó en su neceser un frasquito con aceite de jazmines y perfumó el agua, también, sobre una especie de bandeja de madera que cruzaba la bañera y se sostenía a los lados, dejó shampoo, jabón y acondicionador. Mientras preparaba el baño, sobre la cama había dejado una muda de ropa que aún no había estrenado y un pote de crema para el cuerpo, para hidratar la piel luego de haberse bañado.

Se sumergió en el agua caliente y sintió sus poros abrirse con el relajante calor de la inmersión, mientras oía la lluvia caer. Con calma y premura, lavó su cuerpo y su cabello. Cuando se sintió satisfecha y renovada, se secó con una de las toallas que Marité le había dejado colgada en un toallero. Era tan suave al tacto que más que secarse, la acariciaba a cada paso por su piel, luego la hidrató y se vistió con lo que había escogido minutos antes.

Salió al pasillo de la galería, caminó hasta la puerta de vidrios repartidos que daba al comedor y se detuvo al oír la voz de un hombre. La dueña de casa hablaba con alguien, pero por alguna razón, Julieta creyó conveniente no darse a conocer, había algo en esa voz.

¡Hubieses venido igual a cenar Juan! – le reprochó Marité – Si la chica es re simpática.

No lo dudo… la vi cuando llegué ayer – confesó su sobrino – Pero no quise interrumpir.

¡Qué salame que sos!

Gracias tía – dijo irónico.

Tomá – le dijo mientras le extendía un plato con tostadas de pan casero, queso y mermelada – Comé y tomá el mate.

Uno no más. Quizás la chica se despierta y…

¿Y qué? ¿Me vas a decir que le tienes miedo ahora?

Juan no le tuvo miedo. Él la había visto llegar la noche anterior y, aunque estaba algo lejos, pudo verla y sentir que despertaba algo en él. Algo diferente. Era absurdo, quizás ridículo. Él solo había visto a una chica sacar cosas de un auto y entrar a la casa de su tía ¿Por qué entonces deseaba apartarse? ¿Por qué necesitaba mantenerse lejos?

Se llama Julieta – su tía lo había quitado del trance, mientras le ofrecía otro mate – Quizás se vaya hoy o mañana. Vino a pasar la noche solamente ¿Y Natalia?

¿Qué hay con ella?

¿La seguis viendo?

Nah

¿Cuándo vas a sentar cabeza? – se quejó la mujer – Vas con una, con otra y con ninguna…

¿Y qué con eso? – dijo molesto.

Tenés 30 años Juan

Acabo de cumplir 29. Me voy ya.

¿Por qué?

Porque aunque sea domingo, no quiero escuchar sermones.

¿Venís a cenar? – lo llamó mientras cruzaba el comedor hacia la puerta de entrada.

¡No!

Este chico me va a sacar canas de todos los colores – se quejó Marité y suspiró mientras seguía con sus quehaceres.

¿Buen día? – dijo Julieta detrás de ella. Al ver la figura de tan imponente hombre marcharse, se había sentido segura y había salido de su escondite.

¡Hola! – la saludó – Juan acaba de irse.

Me estaba bañando – se excusó.

No, está bien. Él es así, va y viene. Se enoja y vuelve – suspiró apenada. Ella quería algo bueno para su sobrino.

Lo quería como al hijo que no había podido tener y le dolía verlo así, desorientado. Ella creía que Juan no sabía cómo formar una familia, porque él mismo no había tenido una. La había visto tener muchas novias o “acompañantes”, pero se aburría rápido y se quedaba solo hasta encontrar a otra y así se conducía por la vida.

Juan era conocido en el pueblo por sus muchas conquistas. Mucho se decía de él y de su estilo de vida, pero poco se sabía en realidad. Lo cierto era que la crianza que había tenido con su padre no había sido del todo buena. Si bien había intentado hacer lo mejor para el chico, cuando su esposa los había abandonado (por algún sueño incumplido) el hombre trató de criar solo a su hijo; un chico por demás enérgico y con muchas ganas de hacer cosas, crear, experimentar y explorar. Pero viviendo en un departamento en la ciudad de Rosario, no había muchos lugares para ser explorador. Había estado confinado a las 4 paredes de su casa, al cuidado de niñeras porque su padre era un abogado reconocido y trabajaba largas jornadas. Juan se aburría y les jugaba bromas a las mujeres encargadas de su cuidado, haciendo que se quejaran con su padre por su mal comportamiento; lo que devenía en castigos físicos severos, los que habían moldeado un carácter muy fuerte en él y a veces peligroso.

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