Camila Foresi - Margarita
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En un lugar remoto, conoce a quienes se convertirán en su familia y a Juan, el amor de su vida, quién la rescatará de todas las maneras posibles.
El amor de ambos es puesto a prueba entre engaños, mentiras y tragedias, pero el tiempo les demuestra que ellos están destinados el uno para el otro.
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Incómoda en la cama, agobiada por el calor, se levantó para ir a la cocina y buscar algo de agua fresca. Estaba sedienta, la temperatura era la misma tanto afuera como adentro. Caminó a la cocina, encontró a Coca durmiendo jadeante en medio del camino. Antes de llegar a la cocina, escuchó un sonido que llamó su atención. Marité había dejado abiertas las ventanas del comedor pero las celosías cerradas, en un intento en vano por obtener aire fresco durante la madrugada; debido al silencio reinante, cualquier sonido externo podía oírse claramente. Eran respiraciones profundas y jadeos en el silencio de la mañana. Parecía que alguien hacía alguna especie de esfuerzo y tenía la respiración agitada. Extrañada, Julieta se acercó a la puerta vidriada del frente de la casona y buscó el origen de aquellos sonidos, los que descubrió al instante.
Por el porte robusto y su altura (como de 15 o 20 centímetros más que ella) se trataba de Juan, el sobrino de Marité. Vestido con pantalones cortos y zapatillas, estaba en la plazoleta frente al comedor, completamente solo, observado atentamente por un perro mestizo. Él hacía ejercicio. Lo vio recostarse en el piso para hacer abdominales y flexiones de brazos. Lo observó colgarse de un arco de fútbol que había allí y levantar el peso de su cuerpo con los brazos. Los músculos del pecho y brazos se tensaban con cada movimiento, su torso desnudo parecía haber sido tallado con un cincel y sus piernas mostraban su magnitud con cada sentadilla que realizaba. Era lo más hermoso que Julieta había visto en toda su vida. Asombrada, lo vio anudarse una soga a la cintura con el otro extremo sujeto a algo muy pesado, luego él comenzó a correr, levantando una nube de polvo arrastrando aquél objeto que no logró ver con claridad. Era un entrenamiento muy intenso, algo que en Buenos Aires hubiesen pagado fortunas para hacer en el mejor de los gimnasios y Juan lo hacía gratis antes de que saliera el sol.
Lo miró absorta, encantada de lo que sus ojos tenían frente a ella. Respiró profundo sintiendo la falta de aire, pero consiente de la creciente humedad en su sexo. Unas gotas de sudor corrieron entre sus senos, pero ella sabía que no eran por el calor del ambiente, sino el calor que ese hombre le había provocado. Sintió seca la garganta y el sudor en la frente. Al ver a Juan dejar la plazoleta seguido del perro, ella volvió a sus planes de buscar agua en la cocina. Tomó la botella de la heladera y se sirvió un vaso. El líquido fresco corrió por su garganta calmando su sed y el calor de su cuerpo. Volvió a servirse y caminó a su habitación, sabiendo que el deseo que hervía dentro de ella no podría calmarlo tan solo con agua.
Juan había terminado de entrenar como casi todas las mañanas. Había despertado temprano, antes de que el sol saliera y había cruzado la calle para ejercitarse en la plaza frente a su casa. Ringo, su perro mestizo lo acompañó.
Había corrido alrededor del terreno varias vueltas, había hecho abdominales y flexiones de brazos. Varias series de sentadillas y arrastrado la pesa de 50 kilos. Había trabajado cada músculo como de costumbre y se sintió satisfecho. Luego se había bañado y bajo el agua caliente había estirado los músculos trabajados. Se vistió con su ropa de trabajo (jeans, camisa y borceguís de trabajo) cargó sus herramientas en la caja de la camioneta, le abrió la puerta a su perro y éste subió detrás. Condujo por los caminos vecinales hacia los campos donde debía arreglar las máquinas agrícolas descompuestas. Sabía que sería un día largo y agotador, no solo por el calor agobiante de esa jornada, sino también, por la imagen de aquella mujer que a través de la ventana lo había estado observando esa mañana, haciendo el entrenamiento aún más difícil y doloroso, debido a la dureza de su miembro tan solo al verla.
Cada uno había transitado ese día de manera cansina. El calor no había mermado en absoluto y tampoco el pensamiento de uno por el otro, que, aún sin saberlo, era de deseo mutuo.
Julieta había ayudado a Marité en el servicio del mediodía, habían trabajado en el huerto y cosechado tomates, lechuga, morrones y acelga. Les habían quitado las hierbas de entre las plantas y regado todo bien temprano, bajo la mirada de Coca. Ese mediodía el almuerzo había sido muy liviano, con una ensalada bien fresca de lechuga, tomate, zanahoria y huevo. Para Julieta había sido todo un manjar y le había dicho a la cocinera “esta lechuga es tan tierna que es como comer solo los corazones”. No había nada más fresco que eso.
A la hora de la siesta, la dueña de casa se había recostado y Julieta había dejado de lado su lectura para imitarla y descansar un rato. En cambio Juan, había pasado varias horas recorriendo lugares en busca de un repuesto difícil de conseguir para una cosechadora que estaba harto de arreglar. Se rompía todo el tiempo y Alejandro, su dueño, no quería venderla y comprar una nueva. Luego de conseguirlo, le dedicó varias horas más a cambiar el nuevo por el viejo.
¿Cuándo vas a vender esta maldita porquería? – le había dicho.
¡Oye! El dinero no crece en los árboles, bien sabes que no me darán mucho por esta mierda y yo no tengo tanto para comprar otra – respondió Alejandro, el dueño de la máquina y del campo.
¡Deja de llorar!
Supe que hay una chica muy bonita parando en la casa de tu tía – dijo sin miramientos y Juan sintió la ira apoderarse de él.
Cuidado Alejandro… no querrás que te rompa todos los huesos del cuerpo – dijo amenazante con la mitad del cuerpo metido dentro del motor de la cosechadora.
¡No puedes quererlas a todas para ti amigo!... todas quieren que Juan se las coja. “Quiero que Juan me invite a salir” – dijo Alejandro poniendo voz aguda a modo de burla – Además, si esta chica está de paso quizás quiera conocer la caballerosidad margaritense – dijo tocándose la entrepierna – Ya sabes… algo que no se olvide de su paso por aquí. Podría ir esta noche a cenar y… - desprevenido, Alejandro sintió un golpe seguido de un dolor agudo en la nuca y su cuello siendo aplastado por una mole. Al abrir los ojos, vio los azules de Juan a centímetros de los suyos. Lo tenía inmovilizado con su antebrazo aplastándole el cuello dificultándole la respiración. El tipo era demasiado fuerte.
Aléjate de Julieta – volvió a amenazarlo con su voz grave y pausada – Si la tocas haré que vayas a visitar al creador maldito degenerado ¿Lo entiendes? – Alejandro no podía respirar ni tampoco librarse de Juan. Apenas asintió él lo soltó. Cayó al piso y tosió como acto reflejo. Juan recogió sus cosas y silbó llamando a Ringo que estuvo a su lado en segundos. Tiró las herramientas dentro de la caja de la F100 y se fue de allí. Cuando pudo volver a hablar, Alejandro le gritó.
¡No puedes tenerlas a todas maldito imbécil! - siguió tosiendo mientras vio la camioneta alejarse.
Condujo como enajenado por los caminos vecinales de tierra, levantando una nube espesa de polvo a su paso con la F100. La ira y el sentido de la posesión lo habían tomado por completo. No quería ver a esa mujer con otro hombre que no fuese él. Ella era suya.
Se había mantenido distante, tratando de que ella no lo afectara, pero le había sido imposible. Su plan había sido esperar a que ella se fuera del pueblo, pero no había sido así. Había pasado como una semana y aún seguía allí. ¿Por qué no se había ido? ¿Acaso no estaba solo de paso?, sea lo que fuese, ya no tenía sentido; porque Juan se sintió atraído por aquella mujer (demasiado para su gusto) y no había vuelta atrás. Esa noche iría a cenar a lo de Marité y vigilaría que nadie se pasara de listo con ella.
La había visto el día que llegó a Margarita. Era bellísima. Había sentido su perfume tan solo al entrar al comedor aquél domingo, la había visto detrás de la puerta vidriada que iba del comedor a la galería antes de irse, incluso supo que lo había estado observando esa misma mañana mientras entrenaba en la plazoleta. Lo estaba volviendo loco, y ni siquiera habían cruzado palabra. Era descabellado, casi estúpido; pero supo que cuando le pusiera una mano encima perdería el control por completo. En su interior, Julieta, ya era suya y de nadie más.
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