Camila Foresi - Margarita
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En un lugar remoto, conoce a quienes se convertirán en su familia y a Juan, el amor de su vida, quién la rescatará de todas las maneras posibles.
El amor de ambos es puesto a prueba entre engaños, mentiras y tragedias, pero el tiempo les demuestra que ellos están destinados el uno para el otro.
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Para el servicio de la cena, afortunadamente el calor había mermado un poco y corría aire fresco del sur. Marité y Julieta habían abierto todas las ventanas y las puertas de los cuartos para ventilar y refrescar los ambientes. Excepto la puerta que iba del comedor a las habitaciones, porque la dueña de casa mantenía la privacidad de aquella ala de la casa.
Habían preparado milanesas con ensalada para la cena y Julieta estaba ayudando como lo hacía desde que había llegado. El comedor estaba lleno, incluso había mujeres, que, según María Rosa, eran las cocineras o empleadas domésticas de los campos que a veces iban a cenar.
Mientras preparaban las bandejas con la comida en la cocina, escucharon a las mujeres decir “¡Juan!” y Marité fue feliz al tener que poner otro juego de plato, vaso y cubiertos para su sobrino. Mientras tanto Julieta experimentó cierta incomodidad, mezclada con deseo y ganas de salir corriendo.
¡Vino Juan! – le confirmó su tía -Llevale el pan y la manteca – le extendió las cosas y Julieta invadida por el miedo y la expectativa, caminó al comedor.
No había hecho dos pasos que los ojos de él estuvieron sobre ella. No había dejado de verla al acercarse. Julieta vio su rostro por fin y se derritió por dentro. Sus ojos azules (un poco más oscuros que los de ella), el cabello corto negro estaba húmedo, seguramente porque se había dado un baño antes de ir a comer. Su rostro de rasgos definidos y masculinos, la barbillas hermosamente dividida en dos y la barba de algunos días le cubrían las mejillas dándole aún más carácter… no había dejado de mirarla y ella a él tampoco. No se dijeron nada, solo se miraron.
¡Ojos de cielo! – la llamó Don Cosme desde una de las mesas. Julieta debió ir a verlo.
¿Qué le traigo Don Cosme? – dijo sonriendo. Sin dejar de sentir la mirada de Juan sobre ella.
Un poco más de pan – le extendió la panera vacía.
Ya le traigo – la tomó y volvió a la cocina. Sentía un temblor correrle por todo el cuerpo. Al entrar distraída, se dio de bruces con Marité quien llevaba una jarra con agua al comedor, lo que hizo que Julieta se mojara de arriba abajo.
¡Ay perdón! – se excusó la mujer – Fue sin querer.
Está bien. Yo estaba distraída y no te vi. Voy a cambiarme.
Tranquila, yo sigo por acá – y María Rosa siguió con los quehaceres.
Juan, que había estado atento a todo, vio a Julieta irse hacia el otro lado de la casa y fue tras ella. Despacio dejó su silla, caminó hasta la puerta y desapareció. Las mujeres que allí estaban se ofuscaron porque el semental había ido tras la chica nueva.
Se ocultó en la habitación a oscuras y vacía que estaba al lado de la de Julieta, y la esperó. Pudo oírla cambiarse y oler su perfume desde allí. Era como una bestia al acecho. Cuando Julieta pasó por delante de la puerta de la habitación, Juan la tomó por detrás y le tapó la boca con una mano para que no gritase y llamase la atención. La sostuvo contra la pared y la instó a que hiciera silencio. “Shhh” sisó y ella lo observó atónita. Se miraron a los ojos, azul contra azul. Julieta respiraba agitada, su pecho subía y bajaba; Juan le quitó la mano de la boca muy despacio y se miraron casi sin pestañear. El corazón les latía con fuerza. Puso el pulgar en el mentón de ella y el resto de la mano en la nuca, tocó sus labios con el dedo y le habló casi susurrando, acariciándola con la nariz en su paso por el cuello, mejillas y boca.
Sé que me observas. Te he visto. Aunque creíste que no lo hacía – habló en su oído y Julieta se sintió desfallecer - ¿Qué quieres de mí Julieta? ¿Acaso no sabes lo que despiertas en mí? ¿Lo que me provocas? – ella no pudo decir palabra alguna, ese hombre la tenía completamente cautivada – Debes saber que a partir de este instante y desde el momento en que te vi, tú, me perteneces… ¿Lo sabes? – ella asintió – Dilo… ¿Eres mía? – su voz grave y susurrante en su oído despertó en ella sensaciones que jamás había sentido.
Lo soy – susurró sin pensar.
Entonces Juan llevó su otra mano al rostro de Julieta y sosteniéndole las mejillas y la nuca arremetió contra su boca. Tomó por asalto sus labios, la besó y ella lo dejó hacer. Aprisionó su cuerpo contra el de Julieta y ella pudo sentir la dureza de Juan sobre su pelvis. Ambos comían la boca del otro, dejando salir ese deseo que los había embriagado desde el primer instante, aún sin haberse visto.
Julieta enredó los brazos en el cuello de Juan, se puso de puntitas porque era muy alto, él la sostuvo de la cintura y la aprisionó contra la pared. La hizo suya con la boca y ella se entregó a ese hombre que le inspiraba miedo, temor y deseo. Cuando la soltó por fin, ambos respiraban agitados y sentían sus corazones acelerados. Se miraron una vez más, Juan besó la punta de su nariz y le sonrió por primera vez, mostrándose satisfecho. Él se fue caminando tranquilamente hacia el comedor, dejándola sola allí, confundida. Sintió la puerta del comedor abrirse y cerrarse unos segundos después, como si el beso no hubiese ocurrido, como si nada hubiese pasado. Se arregló la ropa, el pelo, respiró profundo y volvió al comedor. Lo vio a Juan comer con la vista en el plato y sonriendo. Su tía le preguntó.
¿Dónde estabas?
En el baño – respondió sereno.
Julieta se sentó en su lugar en la mesa de la cocina, vio su plato servido pero dudó si comer o no, ya que no quería que el sabor de Juan se fuera de su boca. Aún olía el almizcle de su cuello y sentía un hormigueo en sus labios “¿Eres mía?” le había preguntado, “Lo soy” le había respondido. La cabeza le daba vueltas.
¿Estás bien? – le preguntó Marité quitándola de sus pensamientos.
Sí – le contestó – Te esperaba para comer.
Gracias reina. Pero si tienes hambre puedes comer sin mí.
Puedo esperarte – sonrió y pensó “Total, ya comí los labios de Juan”.
Capítulo IV
Los días habían pasado y todo seguía igual. Juan iba a cenar cada noche y miraba a Julieta con ojos depredadores, ella lo observaba cada mañana al ejercitarse, antes de que el sol saliera. Pero no había habido otro beso o habían cruzado palabra alguna. Ambos esperaban el avance del otro.
Julieta se sintió confundida ¿Para qué la había besado de esa forma si ahora mantenía distancia? ¿Para qué la había reclamado como “suya” si ya no lo hacía? Había soñado con ese beso cada noche, incluso había tenido un orgasmo estando dormida. Juan la desconcertaba, pero a su vez lo quería devuelta en su boca, sentir sus manos en su cuerpo y su aliento cerca de su piel. Pero él tan solo la había mirado.
Se dijo que esa noche le hablaría y le preguntaría que le ocurría con ella, porque ya no soportaba ese silencio. “Si él no se decide, seguiré mi viaje hacia el norte” pensó.
Pero esa misma noche Juan no habría de llegar. Su camioneta se había descompuesto en medio de la nada y hacía un par de horas que había intentado arreglarla. Estaba a 20 km del pueblo, en un camino vecinal y quería ir a ver a Julieta para decirle que ya no podía mantener distancia, que necesitaba estar con ella y ¡Dios! Quería decirle tantas cosas; tenerla entre sus brazos y amarla hasta perder el sentido. Pero su F100 esa noche se había convertido en su peor enemiga. Maldijo su mala suerte haciendo lo imposible por arreglar lo descompuesto lo antes posible y volver a Margarita.
Jano había visto a Juan en el campo de su amigo, en realidad, solo había visto su camioneta estacionada allí (de seguro estaría en alguna parte arreglando una máquina del dueño del lugar) y decidió que era tiempo de conocer a la chica nueva que paraba en casa de Marité. Estaba harto de conformarse con las migajas que le dejaba el semental del pueblo, ahora quería el plato fuerte. Cuando estuvo seguro de que nadie lo estaba viendo, se acercó a la F100 y le averió un par de cosas, de esa forma, iba a dejarlo a varios kilómetros dándole tiempo para ir a cenar y ver a la chica tranquilo, sabiendo que él no llegaría. Por lo menos por un buen rato. Alejandro había llegado al comedor y se había sentado en una silla vacía para cenar, Marité se acercó y lo saludó cordial.
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