Camila Foresi - Margarita

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Julieta descubre que todo en su vida es una mentira y decide ir en busca de su destino haciendo un viaje que le demostrará que el amor aún existe.
En un lugar remoto, conoce a quienes se convertirán en su familia y a Juan, el amor de su vida, quién la rescatará de todas las maneras posibles.
El amor de ambos es puesto a prueba entre engaños, mentiras y tragedias, pero el tiempo les demuestra que ellos están destinados el uno para el otro.

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Al crecer, se lo había exigido de manera intelectual y había realizado actividades extracurriculares para que Juan (ya adolescente) se mantuviese ocupado. Pero tantas presiones afectaban su conducta y eso lo había llevado de escuela en escuela, de deporte en deporte, idiomas y demás. Solo se había sentido libre, explorador y útil en los veranos en los que su padre lo había enviado a Margarita, en un intento desesperado por tranquilizar al chico. Allí con su abuelo y Marité, había aprendido a cocinar, a cazar y exploraba aquél vasto territorio. Se escabullía entre los maizales, pasaba horas a la vera del arroyo y conocía cada rincón como la palma de su mano.

También había aprendido mecánica de la mano de su abuelo y para su adolescencia, ya arreglaba cualquier motor con los ojos cerrados. Había aprendido a conducir con la Ford F100 del 65´ roja y había tenido su primera vez con Desiré, su “amor de verano” a los 16 años. En Margarita había sido feliz durante su infancia y su adolescencia, hasta que debió someterse a los rigores de su padre por última vez.

Marité le extendió a Julieta una panera con tostadas y ella la puso sobre la mesa, sentándose en el mismo lugar que la noche anterior. Aún podía escucharse la lluvia caer sin pausa. María Rosa sirvió dos tazas de mate cocido con leche y se sentó a la mesa con su huésped.

¿Te gusta el mate cocido? No te pregunté, perdón – se disculpó la mujer.

Huele de maravillas – suspiró Julieta a modo de cumplido.

Menos mal. Come lo que quieras, ahí hay azúcar – fue señalando cada cosa en la mesa – Queso, mermelada de higos, manteca… come con confianza.

Gracias – respondió mientras comía con los ojos – Todo se ve tan rico.

¡Todo caserito! – dijo orgullosa.

Julieta le puso azúcar a la infusión en su taza en lugar de edulcorante y el sabor había sido completamente diferente. Tomó una tostada y la untó con mermelada de higos, que era una delicia al paladar. Nunca había comido tan rico en toda su vida.

No creo que te convenga irte hoy reina. La lluvia no paró en toda la noche. Aunque le hizo bien al campo, la ruta es peligrosa, sobre todo la entrada.

Estaba pensando en quedarme unos días. Hacía mucho no encontraba tanta… paz.

¿En serio? – Marité no ocultó su alegría y entusiasmo. Los ojos le brillaron.

Es que me fui de Buenos Aires buscando exactamente esto y quiero aprovecharlo.

¿Buscando qué? Pensé que ibas de vacaciones a algún lugar.

Buscaba paz Marité – sorbió de su taza la reconfortante infusión.

Pero… ¿Qué te pasó? – dijo extrañada.

Iba a casarme. Incluso hoy debería estar casada viajando a Bahamas. Pero no lo hice. Dejé todo.

¡No lo puedo creer! ¿Ibas a casarte? – Julieta asintió - ¿Y qué pasó?

Me engañó. Con mi mejor amiga – la mujer la alentó a seguir el relato – Yo trabajaba para su padre, era su asistente personal. Al chico lo había conocido en la facultad y por él dejé mi carrera, dejé todo. Su padre me contrató y hace un año me pidió matrimonio porque ya se había recibido de economista y trabajaba también para él.

¿Pero qué hacía ese hombre para necesitar asistente, economista y todo eso?

Es el candidato a Jefe de Gobierno Porteño.

¡Con razón!

Y bueno… hacía un tiempo que Mauro, así se llama mi ex, no era igual conmigo. me trataba bastante mal.

¿Te pegó? – se inquietó Marité y Julieta negó con la cabeza.

No. Más bien eran malas contestaciones. Indiferencia. No me llamaba y se iba todo el día. volvía tarde y malhumorado. Incluso había dejado de tocarme.

¡Infeliz!

Julieta le contó a su nueva confidente los sucesos que la habían llevado a dejar todo en Buenos Aires y rieron a carcajadas cuando le contó cómo y dónde había arrojado el anillo de compromiso. Según la mujer “se lo merecía por estúpido”. Ambas desayunaron y al terminar de comer, le siguieron las rondas de mate y los sustos al oír los rayos caer en plena tormenta, la cual, se había ido incrementando con el correr de las horas.

El resto del domingo había transcurrido en la calma absoluta. La lluvia había cesado después del almuerzo y María Rosa se había retirado a su cuarto a dormir la siesta. Coca dormía plácidamente en su camita al lado de la cocina a leña y Julieta, en cambio, estaba en su cuarto leyendo junto a la ventana abierta hecha un ovillo en el sillón de mimbre.

Mientras leía, respiraba profundo para llenar sus pulmones de ese olor a tierra mojada y aire fresco. Pudo oír el trinar de benteveos, teros y calandrias que habían salido luego de la tormenta. El cielo permaneció gris, pero el aire era templado y agradable. Había comenzado a pensar en que quizás su estancia allí podría extenderse bastante tiempo más.

Habían pasado varios días desde la llegada de Julieta a Margarita y se sentía como en casa. Junto a Marité, quién se había vuelto su amiga, habían preparado el servicio del comedor y estaba aprendiendo a cocinar. Había oficiado de moza y atendido las mesas para ayudar a la dueña del lugar. Había conocido a “los viejos” que iban a comer cada día, aquellos hombres que habían quedado viudos y preferían almorzar y cenar en compañía de la gente conocida del pueblo.

Todos le habían dado una cálida bienvenida a la chica de Buenos Aires y habían halagado su belleza. “Ojos de cielo” la habían apodado y a Julieta le había parecido encantador. Algunos de los peones de los campos que venían durante la noche le decían “señorita”, otros solo se quedaban mudos ante su presencia debido a la timidez.

Había hablado con su padrastro y le había contado a cerca de Margarita y su gente tan amable. Ella se sentía cómoda y a gusto allí. En cambio Luis le había contado que su madre estaba cada día más encaprichada con que su hija volviese y se casase con el infeliz de Mauro. Al parecer, el joven, estaba arrepentido de lo sucedido y lo había hablado con Perla.

Mauro se había percatado de que había perdido a una mujer perfecta para él por haberse acostado con una cualquiera. A menudo, se sentaba en el sillón en forma de “L” de la sala y bebía whisky cada noche hasta caer desmayado. Incluso Rosí, la mucama, se había preocupado por el estado de su señor. Estaba demacrado, ojeroso y había catalogado a su higiene personal como algo innecesario. En vano, Rosí había querido llamar a su patrona varias veces, pero el número estaba fuera de servicio. Preocupada buscó ayuda con el padre de Mauro, pero ese hombre era un trozo de hielo. Lo único que le había dicho había sido que “se lo merecía por imbécil y que se las apañara solo”. Ante la negativa de ayuda, la mucama, optó por llamar a Perla y ella acudió de inmediato.

Al presentarse Perla en el piso de Puerto Madero, encontró a un joven desalineado, sucio y desmayado de borracho en el sillón de la sala. Lo ayudó a levantarse y a bañarse. Le cambió la ropa que ordenó tirar a la basura y lo obligó a comer, ya que estaba visiblemente demacrado. Según la muchacha del servicio él no había probado bocado en 3 o 4 días.

¿Quieres matarte Mauro querido? – le había dicho la mujer.

Soy un estúpido. Ella era una reina y lo arruiné todo.

¿Y cómo piensas hacerla volver si ni siquiera te has bañado?

Julieta no va a volver Perla, menos conmigo.

¡Tonterías! – sentenció – Ella volverá de donde quiera que esté y te pedirá perdón a ti por haberse ido así… ¡Ya lo verás!

Luego de una charla motivacional por parte de Perla, obligó al muchacho a recostarse y descansar, mientras que ella buscaría la forma de obligar a su hija a volver a Buenos Aires y cumplir con sus deberes a como diera lugar.

Esa madrugada en Margarita había sido más húmeda y calurosa de lo que Julieta hubiese esperado. El aire fresco era inexistente y el ventilador de pie solo movía el aire caliente dentro de la habitación de un lado a otro. Miró su reloj que marcaba las 5 de la mañana. Estaba aclarando y se vaticinaba un día por demás agobiante.

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