Camila Foresi - Margarita
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En un lugar remoto, conoce a quienes se convertirán en su familia y a Juan, el amor de su vida, quién la rescatará de todas las maneras posibles.
El amor de ambos es puesto a prueba entre engaños, mentiras y tragedias, pero el tiempo les demuestra que ellos están destinados el uno para el otro.
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Media hora más tarde, encendió la radio para escuchar algo de música y divisó el cartel de que estaba en la localidad de San Lorenzo y sin dudar quiso conocer aquél lugar donde el Gral. San Martin había librado su única batalla en suelo argentino, allá por 1813. Se detuvo en el Campo de la Gloria, divisó el Convento de San Carlos y tomó su primer fotografía con el celular. Recorrió los 9 prismas de concreto con la mirada, acercándose para leer en cada uno los lugares de donde eran originarios los 9 granaderos caídos en la batalla. Dijo en voz alta el nombre de cada uno y 9 veces hizo la señal de la cruz mostrando su respeto. Contó los mástiles que rodeaban a los pilares hasta llegar a 16 en total, todos con la bandera nacional en lo alto.
Sintió escalofríos. Había leído y le habían contado a cerca de ese combate, del heroísmo de cada uno de sus protagonistas y Julieta estaba allí, admirando todo, fotografiando y guardando en su corazón cada instante. Se acercó a la llama votiva que homenajeaba a los héroes de San Lorenzo y la fotografió. Se acercó a un pequeño árbol de pino que tenía una inscripción y leyó que ese ejemplar era un hijuelo del mismo pino donde el General se había sentado a descansar y había dictado el parte de guerra para Buenos Aires luego de la batalla. Julieta tomó la botella de agua, la abrió y regó con ella el árbol, un gesto que demostraba su orgullo por la patria y sus héroes.
Minutos más tarde, volvió a subirse al auto y retomó su camino. Antes de salir de San Lorenzo, le envió una foto de ella en el Campo de la Gloria a Luis y le escribió: “Hola papá, estoy bien. Conociendo un poco mi país. Este número es nuevo. Por favor no se lo des a nadie. Ni siquiera a Perla. Besos, Juli”
Él respondió de inmediato: “Estás hermosa hija mía. Ve con cuidado y tranquila. Luis”
Luis llevaba siempre consigo el celular y cuando no, lo tenía con contraseña para desbloquearlo. Él ya no confiaba en su entorno, sobre todo en Perla. Luego del lamentable hecho con su adorada Julieta, algo en su relación con su esposa se había roto. La había encontrado husmeando entre sus cosas, tratando de ver su celular y eso le había molestado sobremanera.
Lo había interrogado por el paradero de su hija y él se había negado a decírselo, contestándole que no sabía a dónde se había marchado.
¡Tú sabes dónde está! ¡Haz que vuelva y se case con el pobre de Mauro! El chico parece alma en pena por ella.
Primero, no sé a dónde está tu hija y segundo, ese infeliz, por mí, puede irse al carajo con su alma en pena y la zorra esa.
¡Luis! ¡Por Dios Santo! – Perla se persignó.
No pronuncies a Dios en vano querida. Él sabe muy bien las cosas que Mauro le hizo a Juli y no creo que esté en desacuerdo conmigo…
Un error lo comete cualquiera. Esa chica no sabe lo que hace Luis.
Ella es muy inteligente Perla querida, me duele que tú la juzgues como una boba solo porque no cumplió con tu capricho.
Incluso el padre de Mauro y candidato a Jefe de Gobierno lo había llamado rogándole por el paradero de su nuera.
¡Por favor señor Cash! Mi hijo cometió un error. Dígame donde la encuentro, como doy con ella y yo mismo le hablaré.
Mire señor – dijo manteniendo su distancia – Yo no sé dónde está mi hija. Pero de saberlo y si ella me lo pidiese no se lo diría. Ella es una mujer hecha y derecha y no la haré sufrir.
Pero si hasta se ha llevado mi agenda. Se fue sin decir nada. La gente me llama por los compromisos que yo tenía con ellos y no sé quiénes son. Necesito urgente que Julieta me diga dónde la dejó. No estoy enojado con la muchacha, solo preocupado.
No entiendo por qué estaría usted enojado con ella, si fue su hijo el que desató todo este lío. Pero le aconsejo que vaya y se compre una Tablet nueva y que comience todo de nuevo – le dijo irónico y cortó la llamada. Segundos después se echó a reír a carcajadas solo en su despacho. Le contaría a Julieta el episodio cuando la viera.
Lo que su suegro no sabía era que Julieta había tomado la Tablet que usaba como agenda, donde la vida electoral del candidato estaba organizada hora por hora, día por día y la había hecho añicos con un martillo en la habitación del hotel. Martillo que había comprado en una ferretería con ese fin y que luego, al ver el aparato destrozado sobre la alfombra, le había dado un ataque de risa hasta que le dolió el estómago. Luego arrojó los restos a la basura y bebió vino blanco para celebrar.
Habían pasado unas horas desde su visita al Campo de la Gloria en San Lorenzo; Julieta iba con una sonrisa mientras manejaba por la ruta 11 hacia el norte. Ya había pasado por la ciudad de Santa Fé y había cargado combustible. Había comido un par de alfajores santafecinos y tomado mate con el auto cebante, ya que sola le era imposible hacerlo a la manera tradicional (con un termo y un mate). Al día le quedaban pocas horas y comenzó a pensar en dónde pasaría la noche, mientras escuchaba la radio. Su humor había cambiado repentinamente al oír que la canción que trasmitía la radio era “All of me” de John Legend, esa que juntos con Mauro hubiesen bailado como primer canción como marido y mujer. La había elegido en lugar de bailar el típico vals porque había creído que hablaba de ambos, que supuestamente se amaban. Miró la hora en el reloj del tablero del 206 y notó que era la hora exacta en que la boda se hubiese estado realizando. El golpe fue duro para ella. Miró por los espejos y se detuvo en la banquina con las balizas encendidas. Sintió algo en el pecho que no había sentido antes y al dejarlo salir, se había convertido en un llanto cruel y amargo. Sintió como se le había roto el corazón y al darse cuenta de ello gritó “¡Hijo de puta!!”, luego susurró “¿Qué hice para que me hicieras esto?”. Estaba haciendo su duelo, ese que no había podido hacer antes debido a esa coraza de hierro que llevaba sobre su ser para cubrirse de los demás y que Mauro había logrado romper, volviéndola vulnerable.
Cuando logró tranquilizarse, respiró profundo y soltó despacio el aire. Se limpió las lágrimas de la cara y bebió agua. Volvió a encender el auto, miró por los espejos, segura de que nadie venía detrás, volvió a la cinta asfáltica y siguió con su viaje.
Debía olvidar, dejar todo atrás. Comenzar de nuevo, una nueva vida lejos de Buenos Aires y de todas las personas que la habían lastimado. Dar vuelta la página era crucial para salir de todo eso.
Eran casi las 8 de la noche, le quedaban pocos minutos de claridad. En el mes de Febrero aún anochecía bastante tarde, y aunque el atardecer en el campo era algo realmente precioso de ver, Julieta no quiso arriesgarse a que la noche la encontrara en la ruta y con poco combustible. Tampoco podía regresar a Santa Fé, la había dejado muy atrás hacía como 3 horas. Según el mapa de Google en su celular, unos kilómetros más adelante había una estación de servicio, así que hasta allí se dirigió.
Tal y como el mapa se lo había indicado, tan solo a 10 kilómetros más adelante había un paraje y una estación de servicio. Julieta bajó del auto y le preguntó al playero que estaba cargándole combustible.
Buenas noches señorita – la había saludado muy atento.
Hola ¿Cómo está?
Muy bien, gracias ¿Lo llenamos? – le preguntó y ella asintió.
¿Sabe de algún lugar por aquí cerca donde pueda pasar la noche? ¿Allí en frente se puede? – dijo señalando una posada con el frente pintado de rosa y bastante feo, tan solo cruzando la ruta.
Bueno mire… ahí en frente podría – dijo – Pero ahí se quedan muchos camioneros y a veces suelen llevar compañía ¿Me entiende? – su pregunta daba a entender que ese no era un lugar para una mujer como ella – Pero si sigue un kilómetro más adelante va a llegar a Margarita, va a ver un cartel medio gastado arriba de la ruta. El acceso esta medio escondido, pero se va a dar cuenta por los eucaliptos. Doble a la derecha y sígalo hasta el final.
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