Camila Foresi - Margarita
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En un lugar remoto, conoce a quienes se convertirán en su familia y a Juan, el amor de su vida, quién la rescatará de todas las maneras posibles.
El amor de ambos es puesto a prueba entre engaños, mentiras y tragedias, pero el tiempo les demuestra que ellos están destinados el uno para el otro.
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¿El camino de eucaliptos?
Sí. Sígalo hasta donde termina – Julieta miraba hacia donde el chico le indicaba y hasta podía ver los árboles desde allí, de seguro eran enormes – Ahí va a ver una plazoleta grande y en frente una construcción blanca con azul ¿Me sigue?
Sí, perfecto.
Bien, ese es un hotelcito muy lindo. La señora es muy amable. Pregunte por María Rosa y dígale que Fede de la estación de servicio la mandó.
¡Muchas gracias!
No hay por qué señorita. Mejor se apura, porque allá ¿Ve? – señaló el horizonte a su derecha y ella miró también – Allá se viene una tormenta y no va a ver nada con la lluvia.
Es cierto. Mejor me doy prisa. Muchas gracias Fede.
Vaya con cuidado.
Julieta pagó el combustible y se despidió del joven, condujo el kilómetro como le había dicho y divisó el cartel que anunciaba su llegada a Margarita. Dobló a su derecha justo donde se encontraban los enormes eucaliptos. Los árboles se cerraban sobre ella formando una especie de túnel verde con camino de tierra, pensó que por la mañana ese lugar de seguro sería más hermoso. Condujo hasta el final del camino arbolado y allí se encontró con una casona bastante antigua. Pintada de blanco con molduras sobre las ventanas y la puerta en color azul.
Capítulo III
Julieta estacionó el 206 casi en la puerta del lugar. Estaba como a un metro por encima del suelo, era una edificación antigua pintada de blanco, con molduras sobre la puerta y las ventanas pintadas de azul. Debía subir unos 5 escalones para poder ingresar. Las ventanas eran altas con celosías y balcones estilo francés. El lugar era muy bonito, acogedor y circundado con flores de muchos colores. Todo estaba abierto, la puerta y las ventanas y el aire de la nochecita corría llevando consigo el perfume a fresco. Subió los peldaños e ingresó a lo que parecía ser un comedor bastante grande e iluminado. El piso de color rojo estaba muy cuidado, brillaba como uno nuevo; pero era antiguo. Había 6 mesas rectangulares con 6 sillas cada una, coronadas con hermosos manteles en cuadrillé rojo y blanco. Paredes altas, prolijamente pintadas de blanco. Una televisión grande colgada en una de las paredes y una puerta hacia otra habitación con la luz encendida y ruido a que alguien estaba allí. Julieta golpeó las manos y llamó.
¿Hola? – un perro cocquer salió ladrando desde la otra habitación y la voz de una mujer le siguió al ladrido.
¡Shhh! ¡Coca! – la mujer reprendió a la perrita que había ladrado mientras se secaba las manos con el delantal. En el ambiente se sentía un olor exquisito - ¡Hola! Perdón ladra por cualquier cosa, se está poniendo vieja.
¿Usted es María Rosa? – le preguntó
¡Sí! ¿Te mandó Fede? Él me avisó que venías. Me llamó por teléfono. Qué bueno que llegaste – Julieta sonrió.
Soy Julieta.
María Rosa, pero decime Marité – era una mujer muy simpática, sonriente, de estatura un poco más baja que ella, rubia con el pelo debajo de los hombros y flequillo. Ojos claros y un strass en la nariz. A Julieta le agradó de inmediato.
¿Tendrá un lugar para que pueda quedarme?
Tuteame por favor… me hace sentir vieja – rió – Sí, te preparé la piecita más linda. Por aquí.
Caminaron hacia una puerta antigua y alta, de esas que tienen banderolas arriba, con vidrios repartidos esmerilados. Al cruzarla, pasaron hacia una galería semi techada, con el alero bien alto que era sostenido por cuatro columnas muy antiguas de hierro torneado en excelente estado y pintadas de negro. El piso era rojo, pero con dibujos de rombos blancos en la parte central, formando un rectángulo en toda la galería, que al encender la luz, brilló como el que había visto en el comedor. Las puertas de la galería en forma de “U” eran todas iguales, de doble hoja, altas, con banderolas y vidrios repartidos esmerilados. El jardín en el centro era precioso; la gramilla prolijamente cortada lo cubría todo y se erguían hermosos arbustos con flores. En el centro había un aljibe rodeado por florcitas rosas y un enorme jazmín lo perfumaba todo. Ese lugar era realmente precioso y Julieta no dejaba de ver cada detalle. Marité se detuvo en la segunda puerta de las dos que había sobre ese costado, justo frente al jardín. Al otro lado de la “U” una pared baja con rejas negras lo separaba de la calle.
Te preparé la piecita que tiene baño. Las demás comparten el de allá – y señaló otra puerta – La tuya es en suite como dicen ahora – le dijo y rió.
Entraron al cuarto y Marité encendió la luz, a su huésped le encantó de inmediato. Piso de madera de pinotea en perfecto estado, un roperito con molduras y puertas dobles. La ventana era igual a las del frente, pero esta llegaba hasta el piso. También con balcón. Una cama grande de hierro que se veía muy cómoda y la mesita de noche de madera con mármol tenía un velador arriba. Cobijas blancas y almohadones en color azul, gris y negro daban ese toque de color. Un sillón de mimbre al lado de la ventana y un espejo de pie en uno de los rincones. Otra puerta, no tan alta, pero con vidrios repartidos esmerilados daba al baño que Marité le mostró orgullosa.
Este es tu bañito – dijo en diminutivo – Tiene ducha y bañera. Todo funciona perfecto.
Este lugar es hermoso… realmente hermoso – dijo mirando todo a su alrededor.
Gracias. La casona es todo para mí y la cuido como el hogar que es ¡Ay! – grito del susto al oír caer un rayo cerca de ahí. La tormenta había llegado – Parece que se vino no más. Después cerrá la persiana así el agua no entra.
Sí. No hay problema.
Si tenés algo en el auto podés buscarlo. ¿Tenés hambre? Yo iba a comer. Te convido
Si gracias – no dudó en aceptar la invitación. Uno porque tenía hambre y dos porque el aroma al entrar le había hecho agua la boca.
Bueno, yo voy a la cocina. Después vení conmigo.
Gracias Marité.
De nada reina – le dijo y salió del cuarto.
Julieta recorrió el lugar con la vista otra vez y le pareció divino. El baño era blanco y negro y la bañera era una de esas antiguas con patas, blanca e impecable. Los pisos brillantes y relucientes. A diferencia del piso en Puerto Madero, era acogedor y no un lugar frío y sombrío que había quedado muy atrás.
Caminó de regreso al comedor y salió a la calle hasta el auto para ir por sus cosas que estaban en el asiento y el baúl. Se fijó en dejar todo bien cerrado para que el agua no entrase. Miró a su alrededor y solo encontró paz. Una sola luz iluminaba la plazoleta que tenía en frente. De una camioneta roja perpendicular a ella vio bajar a una persona, pero no le prestó atención. Fue a la única persona que vio a su alrededor. Todo parecía tranquilo y callado, salvo por los truenos que se hacían presentes.
Volvió a caminar hacia el interior de la casona, Marité ya había cerrado las tres celosías de las ventanas que daban al frente. Julieta llevó sus cosas a la habitación e hizo lo mismo cerrando la persiana. Encendió la luz del velador y apagó la de arriba y fue hasta la cocina al encuentro con la dueña de casa, atendiendo el llamado de aquél aroma embriagador. Ante la calidez de la cocina, ambas se sentaron a la mesa enorme que había allí y que ocupaba casi todo el espacio.
Siéntate – le dijo y señaló la cabecera de la mesa, ella se sentó a su izquierda, de espaldas a la mesada.
A Julieta le llamó la atención la enorme cocina industrial que tenía la mujer, estaba casi en medio de una mesada azulejada que iba de un extremo al otro de la habitación, finalizando al lado de una puerta, que pensó, iría a la parte trasera de la casa. La mesa ocupada todo el lado opuesto, media como dos metros y medio, dejando tan solo un pasillo estrecho para pasar entre ella y la mesada. Al otro extremo de la habitación estaba una antigua cocina a leña y donde la perrita tenía su camita justo al lado. Un par de puertas empotradas daban acceso a la despensa, de donde Marité había sacado todo lo que había en la mesa.
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