Mauro solo pudo oír a su padre apretando los dientes hasta el punto del dolor, porque sabía que tenía razón. Se había comportado como un imbécil y sus acciones le habían costado su matrimonio.
Siempre había sabido que Carla era una mujer que solo buscaba dinero. Que lo había seducido tan solo por eso, y él había caído en su trampa como un idiota. Supuestamente iba a ser tan solo una vez, se acostaría con ella para sacarse las ganas y luego seguiría con su vida, pero ella lo había buscado y seducido y él había accedido cada vez. Al punto de arruinar el sexo con su prometida.
Lo que no se había imaginado era que su padre le dijera que él también se había acostado con ella, ese había sido un golpe bajo. “Ve y búscala. Arrodíllate frente a ella y ruégale que vuelva contigo. O todo se irá al carajo” recordó las palabras de su padre antes de salir de su despacho.
Comenzó la búsqueda de Julieta. La había llamado sin descanso, dejado mensajes y textos, hasta que ya no pudo comunicarse más. Ella había apagado su celular. La había buscado en sus lugares favoritos. Confiterías, parques, hasta el gimnasio y nada. Ella no estaba. Había ido a la casa de su madre en Barrio Parque y había conseguido el apoyo de Perla, pero no así el de Luis; quién ya le había dejado bien en claro su postura en una charla que habían tenido a solas. Le había dicho que se había comportado como lo que era, un pusilánime, y que no contara con él para saber el paradero de su hija. Porque ella era demasiada mujer para él.
Tú no merecías y no mereces que Julieta si quiera te haya mirado – le había dicho - Ella te ha dado, o mejor dicho, ¡Perdido! 7 años de su vida por ti ¿Y así le pagas? – Mauro había hecho ademán de querer decir algo, pero Luis lo calló - ¡No! ¡No tienes derecho a decirme nada! Eres poco hombre, un idiota, una mierda. Y no creas que yo te diré donde se encuentra o donde estará ¡Porque jamás obtendrás eso de mí! Mi esposa no comprende razones coherentes y no espero de ella ningún acto razonable. De seguro te apañará para encontrar a mi hija, pero debes saber que si llego a verte en mi casa otra vez no seré indulgente ¡Yo mismo te echaré a patadas en el culo! – habiéndolo escuchado con atención y en absoluto silencio, Mauro salió de la mansión de Barrio Parque con el rabo entre las piernas.
Julieta había tomado el acceso norte y había seguido por esa arteria hasta convertirse en la ruta 9. Había vinculado el bluetooth de su celular con el auto para escuchar su música favorita. The Weeknd le encantaba, sobre todo “Blinding Lights” que era ideal para comenzar su viaje en ruta. Así que la cantó y movió la cabeza al son de los sintetizadores. Bajó las ventanillas para sentir la brisa en la cara y subió al tope el volumen en el 206, mientras cantaba “¡Hey, hey, hey!”, su viaje de liberación había comenzado y esa se convertiría en su canción.
Casi a mediodía había llegado a Rosario. Era una ciudad desconocida para ella y pensó que era una buena oportunidad para hacer un mini tour. No era su idea pasar mucho tiempo allí, ya que era otra ciudad grande y lo que en realidad estaba buscando era paz y tranquilidad.
Se detuvo para cargar nafta y comer algo. Se sentó en una de las mesas del freeshop con un sándwich de hamburguesa completo (hacía años que no se deleitaba con uno debido a la estúpida dieta estricta impuesta por su madre), bebió una gaseosa de lima limón y disfrutó de la porción de papas fritas que completaban el combo. Hacía calor y con el Río Paraná tan cerca se sentía la humedad. La temperatura llegaba a los 40°, pero disfrutaba de su comida bajo el fresco del aire acondicionado.
Hacía un par de días que tenía apagado su teléfono, se había hartado de las insistentes llamadas y mensajes de Mauro, Perla, Carla y su suegro. Estaba cansada de las personas asfixiantes que la había rodeado toda su vida. El tiempo le había quitado la venda de los ojos y podía ver con claridad. Se había armado de valor y los había mandado a todos a la mierda de una sola vez. Se sintió bien, ligera sin todo ese peso y libre. Ahora podía pensar en su futuro.
El mismo miércoles cuando había descubierto toda la trama de mentiras, se había hospedado en un hotel. La primera noche casi no había dormido debido al estrés. Su cabeza no había dejado de darle vueltas al asunto haciéndole imposible conciliar el sueño. Sobre todo pensando en la actitud de Perla, quién le había ordenado volver a su casa y olvidarlo todo. El que ella supiese del engaño y que hubiese tomado parte la había hecho enfurecer. Pero al día siguiente se había internado en el spa del hotel, entregándose a las sesiones de masajes descontracturantes, baños de barro, hidromasajes y a todo lo que la hiciera sentir como si estuviera en las nubes. La segunda noche había dormido como un gatito hasta avanzada la mañana. No habían teléfonos sonando, ni noticias en la televisión, ni computadora; solo el golpe en la puerta de su habitación con el servicio al cuarto. Mientras comía a gusto, había buscado películas para ver en soledad. No era una chica romántica, así que había dejado de lado las historias de amor para ver una serie policial de la ciudad de Chicago. Había pasado todo el viernes en el cuarto, vestida con la bata del hotel, sentada en la cama, comiendo todo lo que se le venía en gana. Miró películas y series hasta quedarse dormida.
Miró su reloj que marcaba la una de la tarde. En unas horas más debería haber estado casándose pensó. Sin embargo no había sido así y se sentía muy bien. Había terminado de comer, así que se subió al auto y recorrió la ciudad. Dejó el auto en una cochera y caminó por la calle San Martin atestada de gente. Había personas comiendo en los restaurantes y bares, comprando, caminando o charlando. Si bien a Julieta le gustaba ese bullicio de la calle, le hacía acordar a esas tardes con sus amigas caminando por el centro de Buenos Aires y ella quería dejar atrás toda aquella vida.
Divisó un local de venta de celulares y decidió que era el momento justo para cambiar el número. Quería encender el suyo para poder tomar fotos a todo lo que viera y le llamara la atención. Sabía que si lo prendía en ese instante comenzaría a sonarle con los llamados y mensajes indeseados. Caminó hasta el negocio y le solicitó al vendedor un nuevo chip.
¿Está segura de que quiere dejarlo como cuando lo compró? Perderá mucha información, sus contactos, todo…
Esa es la idea – sonrió - ¿Puede hacerlo?
Seguro.
Solo déjeme anotar dos números telefónicos y el resto se va. Necesito que habilite un número nuevo.
Muy bien. Solo deme una hora más o menos y se lo tendré listo, con el chip funcionando y sin memoria.
En una hora estaré de vuelta – volvió a sonreírle - ¡Gracias!
Julieta dejó el negocio con la esperanza de que el hombre hiciese un gran trabajo y borrara todo recuerdo. Caminó unas cuadras más y se sentó en la mesita de un café que vio sin tanta concurrencia. Le solicitó al mozo un jugo de naranja y comenzó a leer un libro que había comprado hacía tan solo un momento en una librería en la misma calle. Estaba tan abstraída con la lectura que no se percató de los ojos verdes que la observaban desde otra mesa algo apartada de la suya. El tipo rubio dejó dinero pagando la cuenta, se puso de pie y se acercó a Julieta que estaba muy concentrada leyendo.
¿Qué no ibas a casarte? – dijo con un tono grave de voz sobresaltándola. Dejó el libro en el bolso al ver quién le había hablado.
¿Qué haces aquí? ¿Acaso me sigues? – le preguntó y el striper sonrió.
¿Puedo sentarme? – señaló la silla frente a ella.
Sí, claro – luego de verlo sentarse ella volvió a preguntar - ¿Me estás siguiendo?
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