Camila Foresi - Margarita

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Julieta descubre que todo en su vida es una mentira y decide ir en busca de su destino haciendo un viaje que le demostrará que el amor aún existe.
En un lugar remoto, conoce a quienes se convertirán en su familia y a Juan, el amor de su vida, quién la rescatará de todas las maneras posibles.
El amor de ambos es puesto a prueba entre engaños, mentiras y tragedias, pero el tiempo les demuestra que ellos están destinados el uno para el otro.

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Mientras condujo, Julieta buscó la botella con agua para calmar la sed repentina que ese hombre le había provocado. Nunca se le habían insinuado así. Pensó en lo que él le habría podido hacer y bebió todo el agua en pocos minutos. La falta de sexo por parte de su prometido la hacían pensar cosas. Tiró la botella vacía sobre asiento del acompañante. Volvió a llamar a su amiga una vez más, y como antes, le dejó un mensaje en el correo de voz. Desistió de la idea de ir con ella y continuó el viaje sola.

Se miró al espejo vestida de blanco y sonrió. El vestido tenía infinitas capas de organza de seda en la falda, era entallado en la cintura y escote corazón. Straples, sin bretel alguno, dejaba al descubierto sus hombros. Se haría un peinado recogido tal y como el modisto le había recomendado, para realzar aún más su belleza. Le tomaron varias fotos para poder enviárselas a Elisa. Aunque el vestido no estaba terminado y solo quedaban algunos detalles, podía verse su majestuosidad al tenerlo puesto. Recordó las palabras de su madre “Tenés que impactar con tu entrada en la Catedral”.

Se ve realmente hermosa señorita – le había dicho la asistente del modisto esa tarde – Su prometido caerá a sus pies.

Gracias – respondió con voz serena

Y los zapatos que eligió son perfectos. Tal cual el color del vestido.

Y los compré por separado – rió Julieta.

¡Todo un hallazgo! – aplaudió la asistente y ella la siguió.

Una vez que la prueba había terminado, ayudaron a Julieta a quitárselo y volvió a vestirse. Le envió algunas fotos a Elisa, quién al verla soltó algunas lágrimas y le envió un audio diciéndole lo hermosa que se veía y que Mauro era demasiado afortunado.

Le entregó a otra muchacha la tarjeta de crédito negra para pagar todos los vestidos y se retiró del atelier. Encendió la radio del auto y escuchando “Circles” de Post Malone regresó a casa.

Ya en el piso de Puerto Madero, al ver que Mauro no había regresado aún, optó por darse un baño de inmersión. El calor de la jornada había sido demasiado intenso y necesitaba refrescarse. Recostada en la tina, sintió el perfume de los aceites que le había puesto al agua. La fragancia del jazmín y la lavanda la relajaban y le dejaban un dejo de tono dulce en su piel. Le encantaba.

Miró a su alrededor todo el lujo que la rodeaba; el mármol del piso, una tina blanca ovalada, ducha para dos. Vivía en uno de los pisos más exclusivos de Puerto Madero, en un piso 22, con toda la ciudad a sus pies. Sin embargo pensó “Cambiaría todo esto por un te amo”. Cerró los ojos y suspiró. Era inevitable sentirse así a días de su boda. El hombre con quien contraería matrimonio apenas la tocaba o estaba con ella. Se sentía más alejada de él con el transcurso de los días. En ese momento, la puerta del baño se abrió y por fin su novio entró. Esperanzada, ella lo saludó.

¡Hola! por fin llegas – le sonrió esperando un beso de su parte.

Hola – la saludó secamente e intuyó otro mal día.

¿Quieres acompañarme? – sugirió de manera seductora.

Ahora no – y se puso de espaldas para ponerse de frente al inodoro.

¡Qué haces! – le reprochó - ¿No ves que estoy aquí?

Sí, lo veo. Y tardas una eternidad en salir – y comenzó a orinar.

Asqueada, Julieta se sumergió en la bañera, contuvo la respiración bajo el agua hasta que oyó el sonido ahogado de la cadena y de la puerta al cerrarse unos segundos después. Volvió a salir a la superficie para poder respirar, pero la invadió un sentimiento amargo que desembarcó en un llanto silencioso. Ella supo que algo no estaba bien y decidió que ya era suficiente.

Luego del baño no muy placentero, se vistió con un camisón muy liviano y corto, se puso una bata a juego y permaneció descalza. Salió del cuarto y fue a buscar a su prometido. Al no encontrarlo y suponiendo que había vuelto a salir, buscó a Rosí para preguntarle.

Rosí ¿Mauro salió?

No señorita. Está en el gimnasio.

Gracias.

Caminó por los pisos de madera lustrada sintiendo esa suavidad en sus pies hasta el gimnasio; que no era otra cosa que una habitación acondicionada con tal fin en el lado más alejado de la casa. Tenían mancuernas de varios pesos, elípticos, bicicletas fijas y cintas caminadoras donde Mauro estaba trotando. Lo encontró con los auriculares puestos y mirando el piso. Su respiración se acompasaba con el ritmo ligero del ejercicio, su frente brillaba por el sudor. Llevaba pantalones cortos y zapatillas, su remera colgaba del costado de la máquina, se la había quitado. Solo levantó la vista al ver a Julieta a unos pasos delante de él, luego la devolvió al piso.

¿Qué te ocurre? – preguntó ella.

Nada – dijo distante.

Mírame, te estoy hablando – levantó un poco la voz para llamar su atención – ¿Por qué estás así?

¿Así como?

No lo sé… frío y distante. Apenas me diriges la palabra. No me llamaste hoy. No me saludaste al llegar…

Estaba ocupado.

Ocupado ¿Haciendo qué?

¡En reuniones con mi padre Julieta! – él levantó la voz apagando la máquina en el proceso - ¡Tú deberías saberlo!

¡Yo no agendé ninguna reunión para hoy Mauro!

¡Pues no sé! – se quejó - ¡Allí estuve todo el puto día!

Apenas si me tocas – susurró apenada.

¿Qué quieres de mí? Estoy de aquí para allá todo el día. Tengo demasiadas cosas que hacer Julieta que …

Ese es el problema – lo interrumpió – Yo no soy una maldita cosa Mauro.

Ella salió de la habitación hecha una furia. Oyó la voz de Rosí detrás de ella llamándola, pero dio un portazo y se encerró en su cuarto. No iba a salir de allí, ni siquiera iba a cenar. Se sintió furiosa, encolerizada y… sola.

Pasó un par de horas mirando la televisión y leyendo una novela en la Tablet hasta que se quedó dormida. La despertaron los besos que Mauro le estaba dando en el cuello y sus manos tocándole los pechos, entonces él le dijo.

Lo siento nena. Tú no eres una cosa… ven – la ayudó a darse vuelta y la colocó debajo de él – Déjame quererte.

Le quitó el camisón y la ropa interior, él ya se había desnudado. Comenzó a penetrarla y a besarla. Ella gimió ante cada embestida, pero sin poder llegar a excitarse y así tener un orgasmo. No era la primera vez que le sucedía algo así. Entonces cerró los ojos y recordó el baile del striper. Se lo imaginó haciéndole todo aquello que deseaba y lo que podría haber tenido con él. Pensó en su cuerpo musculoso y su culo perfecto, la sonrisa socarrona y sus ojos verdes; entonces tuvo el orgasmo más fuerte y placentero que jamás había tenido. Pero se lo había imaginado todo. Había pensado en otro hombre mucho más atractivo y así había logrado llegar al éxtasis. Luego de que Mauro tuviera su momento, se recostó a su lado, suspiró para recobrar el aliento y se durmió de espaldas a ella, dejándola con una sensación de soledad otra vez.

Los días fueron pasando y la boda se acercaba rápidamente. Luego del episodio del gimnasio, Mauro había sido un poco más contemplativo ante las demandas de Julieta y le había hecho el amor varias veces; pero ella había tenido que recurrir a los mismos métodos para llegar a excitarse. Volvió a pensar en el hombre rubio y de ojos verdes cada vez que tenían sexo. Odiaba tener que hacer eso y seguía atribuyéndolo al estrés. Solo pensó que en poco menos de una semana ambos estarían en Bahamas descansando en las playas paradisíacas, disfrutando del sol, tragos y mucho sexo.

Era miércoles al mediodía, Julieta iba al gimnasio para ponerse en forma, pasar el rato y sobre todo relajarse. Siempre iba acompañada de Carla, su mejor amiga, pero ese día ella se había excusado. Le había dicho que el período le había bajado y que no se encontraba bien, por lo que Julieta había ido sola a la clase de cross fit. Había sido una clase estupenda que la había hecho sentir con mucha energía y de excelente humor. Volvió a su casa para darse una ducha rápida, vestirse y volver a salir.

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