¡Rosí me voy! – gritó para que la oyera - ¡Vuelvo en la tarde!
¡Si señorita! – la escuchó decirle desde algún lugar del departamento.
Tomó el celular, el bolso y las llaves del auto. Llamó al ascensor (que oficiaba de puerta) y fue directo al subsuelo a buscar el auto. El sonido de sus pisadas hicieron eco mientras caminaba. Hizo sonar la apertura del Audi S3 con el control manual y se subió al coche gris plata. Salió a la calle y condujo hasta la casa de su madre en Barrio Parque. Con la radio encendida, escuchaba las encuestas electorales y los últimos acontecimientos en el mundo de la política; de los que tomaba nota mental para luego organizar la agenda con entrevistas, cenas, almuerzos y reuniones que su suegro debía conceder si quería ganar las elecciones en 9 meses.
Al llegar a la casa de su madre, abrió el portón de hierro con el control remoto y entró con el auto, que dejó estacionado a unos pasos del garaje, bajo uno de los árboles. Al bajar, el calor agobiante la golpeó, lo que la hizo darse prisa para entrar por la puerta principal si no quería “derretirse”.
¿Mamá? – llamó y cerró la puerta detrás de ella - ¡Llegué!
¡Hola querida! – dijo Perla, su madre, al verla caminado hacia ella - ¿Cómo estás?, cuéntame todo…
No hay mucho para contar – mintió – Solo salimos a cenar y después fuimos a bailar todas al pub de siempre.
¿Solo eso?
Solo eso. Carla dijo que haría otra despedida más adelante para que tú puedas ir.
Pero si te casas en dos semanas… ¿Qué caso tiene? Me hubiese encantado poder ir anoche, pero este dolor en mi pie no me deja en paz.
¿Qué te dijo el doctor?
Solo que siga tomando los antiinflamatorios y el analgésico cada 12 horas. Sigue hinchado, no puedo calzarme si quiera con esta bota de porquería.
Es un esguince mamá, debes cuidarte para que sane más rápido. La bota evita que muevas el pie, debe estar inmóvil.
¡Bah! – dijo haciendo ademán con la mano – Vamos a comer. Hice que preparasen algo liviano por este calor, además sabes que tu madre te cuida para que no engordes. Estamos a pocos días…
Caminaron hasta el lujoso comedor con espacio para 10 sillas. Aunque los comensales eran solo tres, Julieta pensaba que era demasiado fastuoso para tan solo una ensalada. El padrastro estaba sentado en la cabecera de la enorme mesa de roble y la recibió con una sonrisa sincera, ella se acercó y lo saludó cálidamente.
¿Cómo estás Juli querida?
Bien. ¿Cómo estás tú?
No me quejo – dijo sonriente.
Una empleada les sirvió la ensalada verde con tomates y piñones y el salmón ahumado rebanado en finas rodajas. Bebieron vino blanco y agua helada en las más finísimas copas de cristal.
Dime hijita… ¿Cómo está mi futuro yerno? - el tono de voz de Perla demostraba el orgullo que sentía por Mauro.
Supongo que bien. Aún no lo he visto hoy. Está trabajando en la casa de su padre.
Pero es fin de semana… deberían estar pasando tiempo juntos.
¡Ay por favor Luis! El chico se convertirá en un economista de renombre junto a su padre como Jefe de Gobierno. Deben trabajar para demostrar lo brillantes que son.
Trabajan demasiado. Yo le liberé la agenda a mi suegro para tener libre el fin de semana, y sin embargo tienen reuniones igual. Casi no nos vemos.
No te quejes querida, es lo mejor para ustedes. Luego de la boda lo tendrás un mes para ti solita – era evidente que Perla adoraba a su yerno.
¿A dónde irán de luna de miel? – preguntó Luis tratando de bajar a su esposa de la nube de orgullo.
Iremos a Bahamas
¿Hiciste la prueba del vestido?
Hoy a las 7 de la tarde tengo la última. Iré por Carla antes para que me acompañe. Pero antes iré a ver a Elisa.
¿Elisa? No entiendo por qué sigues yendo a ver a esa vieja… tu abuela murió ya hace mucho.
¡Porque la quiero mamá! – dijo enojada - ¿Por qué te molesta tanto que la vea?
Debe querer dinero…
¡Ella no es así!
¿Cómo lo sabes? – la cuestionó Perla.
Déjala querida – intervino Luis – Si Julieta desea ir a verla debe tener sus razones.
¡Pero no comprendo por qué sigue aferrada a alguien que ni siquiera es de la familia!
¡No arruines el almuerzo mamá! Déjame hacer mi vida…
¡Qué va! Has lo que se te venga en gana, eres igual de obstinada como tu padre – resopló con fastidio y bebió vino.
Déjalo así querida.
Subiré a mi cuarto a buscar algo que dejé olvidado y me voy mamá – Perla hizo señas con la mano para que Julieta se fuera y ésta se levantó de la mesa.
Caminó hasta la escalera estilo francés de la mansión y subió los peldaños hasta el primer piso. En el pasillo que iba a las habitaciones, sobre una mesa, enmarcada en un marco de plata se encontraba una foto de ella y de quien se convertiría en su esposo. Tomó el portarretrato entre sus manos y observó la imagen. Los ojos negros, el cabello oscuro y prolijamente cortado, falto de sonrisa y vestido con un traje color gris se encontraba Mauro. Julieta notó que esa foto ya no le gustaba tanto como antes. Pensó en que hacía mucho no lo veía sonreír, cada día estaba más alejado de ella. Lo atribuyó al estrés por todas sus obligaciones y la inminente boda de ambos. Dejó el marco donde lo había encontrado y fue hasta su cuarto.
Buscó en un viejo joyero que escondía en el vestidor de su vieja habitación la alianza de matrimonio que había pertenecido a su padre. Era lo único de valor material que le había dejado a ella y lo atesoraba. Buscó en el mismo joyero una cadenita para poder colgárselo del cuello, pero lo guardó en su cartera para que su madre no lo viese y la obligara a quitárselo. “¿Cómo pude olvidarlo aquí?” pensó y salió de la habitación para irse a ver a su tía del corazón. Saludó a su madre y a su esposo y volvió a enfrentarse al calor abrazador del exterior. Subió al auto, abrió el portón de hierro negro y salió de la mansión.
Condujo hacia el hogar donde se encontraba viviendo su tía Elisa. Minutos más tarde, estacionó el Audi cerca de la entrada, caminó hasta la puerta volviendo a sentir lo pegajoso del calor húmedo y agobiante del mes de Enero. Hizo sonar el timbre y mientras esperó a que le abriesen la puerta, se recogió el pelo en una cola de caballo, dejando el cuello al descubierto y así aliviar un poco la sensación de agobio. Un enfermero abrió la puerta y la reconoció al instante.
¡Señorita Julieta! ¿Cómo está? – saludó – pase, pase. La señora Elisa no hizo más que hablar de usted.
¿Cómo está la tía?
Ella está bien. Algo adolorida. Pero de buen ánimo.
Elisa no era su tía de sangre, Julieta la había conocido en ese mismo hogar en el tiempo que visitaba a su abuela materna internada allí. Como su abuela había sufrido demencia senil y no la había reconocido, no quería hablar con ella; entonces Julieta había entablado conversación con las demás señoras, una de ellas había sido Elisa. Tanto se habían encariñado la una con la otra que se sentían familia y ella había seguido visitándola incluso luego de ya fallecida su abuela.
Con ella podía hablar de cualquier cosa. Leían juntas, veían televisión o jugaban a las cartas. Pasaban largas horas en su cuarto, debido a que la mujer no podía moverse debido al cáncer en sus huesos. Le había mandado a poner aire acondicionado, una televisión grande e incluso le había instalado Netflix para que su tía adorada estuviese lo más cómoda posible. La amaba más que a su propia madre.
¡Hola tía! – dijo al verla.
¡Juli preciosa! – la mujer demostraba su devoción por su sobrina - ¿Cómo estás? Mandé a que compraran masitas en la panadería para esperarte.
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