Susana Fortes - Fronteras de arena
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El anciano se expresa acompañando sus palabras de gestos reposados y lentos, como si recitara la sura Fatha del libro del Profeta, consciente de la dignidad que debe regir el intercambio equitativo de información entre los viajeros del desierto. Mientras lo escucha, Garcés presta especial atención a los nombres de las tribus con las que los habitantes de la aldea mantienen alianzas o rivalidades. En el desierto, a menudo, la vida está regida por el tacto de las voces: leyendas, rumores. Repetir algo es tan importante para sobrevivir como el agua, un pequeño pozo da para cientos de kilómetros, una anécdota permanece durante años. La tertulia continúa mientras el cielo va pasando del amarillo ocre a un color miel que suaviza la austeridad de la arena antes de la caída definitiva del sol.
Durante los cuatro días que permanecen en el poblado, Garcés tiene tiempo de aprender por su cuenta cuál es el verdadero ambiente que se apodera de uno: el reflejo de color carbón entre los pliegues rosados de las dunas, las frágiles pértigas de las tiendas fluctuando con el viento, una tetera hirviendo sobre tres piedras en una fogata, la mano de una muchacha decorada con complicados tatuajes de henna, los baldes y las túnicas y las plumas de aves exóticas, objetos reunidos sobre una alfombra como una resaca traída a lo largo de vidas enteras por el río del comercio, un trozo de paño azul ceñido como turbante alrededor de la cabeza de un hombre que está en cuclillas engrasando pellejos de agua, las risas de los niños fascinados con los automóviles y los receptores de radio, un velo vaporoso que oscila en el aire, agitado por una bailarina como si fuera el oleaje de un océano.
Cada noche escuchan las canciones encaminadas a traer el agua, voces acompañadas de danzas y sones de zampoñas, utilizadas también para transmitir mensajes en caso de peligro. Así llegaron a oídos de Ismail las noticias que habían ido pasando de una tribu a otra, desde Sidi Ifni a Smara y la región de Zemmour, a través de los conductores de caravanas y de los nómadas.
La tensión entre los miembros de la expedición había ido en aumento, especialmente entre Garcés y el teniente Domingo Bellver. El motivo de todas aquellas disputas estaba en la radio, en los acontecimientos confusos que comunicaban las emisiones de onda larga. Garcés era partidario de regresar de inmediato a Tetuán, mientras el teniente Bellver consideraba que debían continuar y establecer pactos.
– ¿Pactos en nombre de quién?, ¿al servicio de qué gobierno? -pregunta Garcés en el momento más violento de la discusión.
En el centro de la tienda arde un pequeño farol de queroseno. Los dos hombres se miran retadoramente sabiendo que los rifles se encuentran a menos de medio metro, ocultos bajo las mantas.
– Vuelve tú si quieres, Garcés -dice finalmente el teniente Bellver después de una larga pausa en la que probablemente ha estado evaluando todas las posibilidades, incluida la peor-. Pero ten cuidado de no ponerte del lado equivocado.
Garcés sale al exterior de la tienda. El viento ha amainado y sólo se escucha el ruido seco que hace la arena al dejar de vibrar. En ese momento habría dado cualquier cosa por un trago de bourbon y uno de los cigarrillos ingleses de Kerrigan. Recuerda las conversaciones con él como algo ocurrido hace mucho tiempo y a pesar de ello, con una repentina sensación de inmediatez: la muerte del coronel Morales, el ajetreo del cuartel, las cajas de la Comisión de Límites, los manejos de Ramírez… Todos los fragmentos de la memoria orientados ahora en la misma dirección como los cables de una conducción eléctrica. Levanta la vista y ve la rociada blanca que deja en el cielo una estrella fugaz. Permanece así unos minutos, con la mirada vuelta hacia las dunas, aspirando el aire que flota sobre el desierto, una limpieza infinitamente ajena al mundo de los hombres. Después se dirige caminando con los hombros encogidos hacia la tienda de los guías para hablar con Ismail y preparar el viaje de regreso.
Con la primera luz del alba, el jeque de la aldea les muestra cómo atajar hacia el norte, guiándose por la ruta de los camelleros. Sus dedos trazan líneas convergentes sobre la arena dura del suelo. Garcés piensa en la hondísima hospitalidad de aquella gente, una penetrante disciplina social que se prodiga, incluso más, bajo condiciones de extrema dificultad. La mínima arquitectura que ellos necesitan son las piedras a modo de hogar sobre las que colocar un recipiente. Uno puede sentir así la tentación de borrar su nombre y el lugar del que procede, no pertenecer a ningún país, como cuando una parte del cuerpo se queda dormida. Pero luego la sangre vuelve poco a poco a su sitio. El último vínculo que los une con la aldea es el borboteo de la tetera ennegrecida por el fuego, el barro caliente de las tazas en el aire fresco, las tres medidas ceremoniales de té.
-Insch'allah neschuf wischak beçher [2] -dice el anciano con una leve inclinación de cabeza mientras Garcés, Arranz e Ismail suben a uno de los camiones y el cielo empieza a colorearse de un verde lima con mínimas volutas rojizas en el borde oriental del horizonte.
XXII
– Quieto -le oye pronunciar. Kerrigan aprieta los dientes y apoya la nuca contra el respaldo de cuero. A través de la nebulosa del vapor ve a la mujer inclinada sobre la palangana de agua hirviendo, concentrada, la luz de la lámpara chispeando en el instrumento curvo con el que sujeta los apósitos.
– Sólo un poco más. Quieto ahora -vuelve a decir, mientras introduce en la herida un algodón empapado en yodo.
Kerrigan siente el tacto suave de los dedos femeninos alrededor de la piel abierta, entrando en el tejido interior de la carne bajo el arco de sus costillas, quemando el surco de la puñalada, la capa fibrosa de color berenjena. Cuanto más le duele, más avanza en su epidermis la conciencia de la proximidad fuera ya del perímetro de la herida, calándole hasta los huesos como la visión borrosa de las manos de ella despojándolo de la camisa para pasarle una gasa blanca alrededor del tórax, su respiración leve, tan próxima que casi puede inhalar su aliento cuando el dolor no es ya, ni con mucho, la sensación más poderosa. En el vértice de la bata, Kerrigan intuye el suave balanceo de los senos blancos y redondeados. El movimiento que ella describe al rodear con la venda su cintura le hace pensar en una danza ritual, palpable como la órbita de un abrazo. Es después, mientras le está contando lo sucedido en la dársena, cuando siente inesperadamente la mano cálida de la mujer que de un modo preciso y deliberado le toca suavemente la mejilla y después le rodea el cuello. Kerrigan comprueba que ella está temblando como si una corriente fría acabara de entrar por la ventana. Permanece un instante desconcertado, sin saber cómo reaccionar ante aquel gesto, sin estrecharla todavía, más sorprendido por la intimidad que indeciso. Luego cierra los brazos acogiéndola dentro, tratando de apaciguar sus temores con palabras dulces y tranquilizadoras, sintiendo la tibieza del cuerpo que continúa temblando contra el suyo, refugiándose en él. Permanece así unos instantes, antes de atreverse a separarle el pelo de la cara y mirarla directamente para comprobar que no se trata de un sueño o de un malentendido. Despeinada, muy pálida a pesar del resplandor azulado de la lámpara, Elsa Quintana lo está mirando ahora tensamente con los labios entreabiertos del mismo modo inequívoco y al mismo tiempo lleno de extrañeza con el que la primera mujer debió de mirar hace millones de años al primer hombre. Y entonces sí, con ansiedad, casi con violencia, con todo el ímpetu que le permite su estado, busca su boca, la tibieza de la piel húmeda y caliente de los labios, levemente hinchados, que se abren sin resistencia como se había abierto antes su propia carne en torno a la herida para que ella la limpiara. Sangre. Saliva. De nuevo el latido desacompasado en las ingles. Kerrigan piensa en lo difusa que es la frontera que separa el miedo del deseo, como un peldaño que faltase en una escalera. La misma noche esquinada que lo había empujado al límite absurdo de la muerte junto a los lóbregos hangares del puerto, lo lleva ahora de vuelta por un camino quizá más peligroso al borde mismo de la vida, o al lugar donde la vida es eso, un jadeo impaciente y largo, el interior de un cuerpo vislumbrado entre las aberturas de la tela, los hombros semidescubiertos siluetándose sobre el fondo de una habitación en penumbra.
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