Susana Fortes - Fronteras de arena

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Una novela ambientada en el Marruecos y el Sáhara durante el año 1935, meses antes del estallido de la Guerra Civil. Una novela cuya trama tiene todos los atractivos de una aventura de ambiente exótico, amor apasionado y un levantamiento militar en España a punto de estallar. Una novela muy cinematográfica por las imágenes que sugiere y la descripción de los paisajes, en la que se recrean los escenarios y los diálogos. Una novela realmente entretenida por la historia que cuenta, bastante emotiva, realista, melancólica y de fácil lectura.

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– ¿Qué ha sido eso? -pregunta Kerrigan incorporándose sobresaltado.

XXIII

17 de julio de 1936.

Desde su gabinete el comandante Uriarte consigue después de varios intentos comunicar con Madrid. Permanece con el auricular del teléfono en una mano y un cigarrillo en la otra, quemándole los dedos.

– Completamente seguro, mi general… Sí…, en la Comisión Geográfica de Límites… No hay duda. El mismo mensaje en clave ha llegado a las oficinas telegráficas de Melilla, Ceuta y Nador. No podemos perder ni un minuto… Me adelantaré a la patrulla de guardias de asalto- Comprendo… Así lo haré. No se preocupe, abortaremos el pronunciamiento… A la orden, mi general.

La Comisión es un pequeño edificio rectangular de una sola planta separado de la calle de la Alcazaba por un muro de tres metros de altura. En la galería de entrada, un centinela visiblemente nervioso, se cuadra delante de la puerta, sin saber bien qué actitud tomar. El comandante Uriarte no hace ningún ademán para apartarlo, le basta con una mirada para que el soldado se haga a un lado. Los quince oficiales están sentados alrededor de dos mesas unidas, presididos por el capitán Ramírez. La penumbra amarilla que entra por los postigos a medio cerrar aplasta la atmósfera de la sala impregnándola de una quietud pesada y expectante. Junto a la pared hay dos cajas abiertas que contienen pistolas y granadas de mano presumiblemente para repartir entre los civiles de Falange Española y otra caja bastante más grande que permanece cerrada. Durante quince segundos reina el silencio más absoluto. El comandante Uriarte tiene la impresión de estar caminando por la cornisa de un edificio, pero no siente exactamente inquietud sino una decepción íntima sin objeto ni destinatario preciso. Sabe que a la mínima vacilación se precipitará en el vacío.

– Capitán Ramírez -dice con voz alta y clara-. Ordene a estos hombres que abandonen inmediatamente la Comisión.

El capitán Ramírez lo mira al principio con cierto desconcierto. Después se levanta lentamente como si estuviera dándose tiempo para pensar lo que va a decir.

– Me parece, comandante, que no entiende la situación. Permítame informarle de que a esta hora el delegado del gobierno en Marruecos ya ha sido detenido. El aeródromo de Tahuira y la base de hidroaviones de Atalayón han sido tomados. El alzamiento es imparable y cuenta con el apoyo de todos los altos mandos en África. Su deber como militar es secundar nuestro movimiento en defensa del orden y la autoridad contra los enemigos de la patria -la voz detrás de la línea negra del bigote adquiere una ligera inflexión persuasiva-. Le ofrezco la oportunidad de unirse a nuestra causa. ¿Está usted con el ejército o contra el ejército?

– Capitán Ramírez, sus palabras son una provocación intolerable. Le recuerdo que usted, al igual que todos los militares en activo, ha firmado en un juramento oficial, servir fielmente a la República -el comandante Uriarte, desabrocha la correa de la cartuchera y levanta la pistola, el caño negro brillándole en la mano-. Les ordeno que depongan inmediatamente su actitud y abandonen la Comisión.

El capitán Ramírez vuelve el rostro hacia sus compañeros, buscando su connivencia. El teniente Ayala se levanta y da unos pasos hasta colocarse frente al comandante. Es joven y propenso a la soberbia. Hay en su rostro una fe instintiva, dura, temeraria, sin matices, incompatible con cualquier forma de pensamiento. Su mirada exhala un brillo fanático.

– Nadie va a obedecer sus órdenes, comandante -dice apretando los dientes. El esfuerzo del desafío hace que un leve espasmo nervioso le estremezca las mandíbulas.

– Póngase firme, teniente.

El comandante Uriarte le quita el seguro a la pistola y observa todas las miradas detenidas en él. Enérgico, sin apartar el dedo del gatillo, vuelve a repetir la orden, manteniendo el mismo tono de voz. Pero el teniente continúa de pie ante él con las piernas separadas y los brazos cruzados retadoramente sobre el pecho.

En ese momento, se oye en el pasillo un sonido acompasado de botas. El comandante Uriarte respira aliviado, esperando ver aparecer a la patrulla de guardias de asalto que había mandado venir desde la Comandancia Militar. Sin embargo, cuando mira hacia la puerta no se encuentra con los uniformes azules del cuerpo más leal de la República, sino con un grupo de doce legionarios al frente de un sargento que probablemente el centinela había avisado siguiendo las instrucciones previas de los conjurados. Todos los miembros del comando van armados con granadas de mano al cinto y los fusiles montados. Durante unos segundos el grupo permanece inmóvil en medio de la luz sucia, como si sólo esperaran recibir la orden de disparar, encañonando al comandante que los observa con los ojos inescrutables de siempre, ni un solo gesto de la cara revela su contrariedad. Permanece así, quieto, erguido, con la cabeza alta, el minutero del reloj sonando imperceptiblemente en su muñeca.

El capitán Ramírez avanza unos pasos hacia él con aire marcial.

– Comandante Manuel Uriarte -dice solemnemente-, queda usted detenido. Permanecerá encarcelado e incomunicado hasta nueva orden.

El tiempo hinchado, la tentación tan poderosa como el calor de abandonarse a la fatalidad, la sombra grisada que vence los barrotes del ventanuco desde donde puede ver las luces eléctricas brillando en los pabellones de enfrente como en los edificios de una ciudad despertada violentamente a medianoche por una alarma antiaérea. Las doce horas que lleva encerrado en el pequeño sótano de la Comisión le parecen al comandante Uriarte más largas que los cuarenta y seis años anteriores de su vida. Escucha gritos lejanos en el patio, estrépito de armas, los soldados agrupándose desordenadamente en compañías, los motores de los camiones poniéndose en marcha en los cobertizos, un teléfono que suena insistentemente en algún lugar sin que nadie lo descuelgue. Otra vez el timbrazo hiriente, repetido cada pocos segundos con estridencia monótona.

En la plaza de Suk el-Fuqui, oculto por una columna y por la chilaba que le cubre de la cabeza hasta los pies, Alonso Garcés comienza a leer el bando pegado contra el muro de estuco. Cientos de pasquines semejantes cubren todas las paredes de Tetuán.

Don Francisco Franco Bahamonde, General de División y Jefe de las Fuerzas Armadas de África. Hago saber:

Una vez más el ejército se ha visto obligado a recoger el anhelo de la gran mayoría de españoles que veían con amargura infinita…

Garcés sigue los renglones con sombría fijeza, sin pensar aún en sí mismo, juntando las palabras cautelosamente, evaluando su siniestro significado.

Art. 1. Queda declarado el ESTADO DE GUERRA en todo el territorio de Marruecos, y, como primera consecuencia, militarizadas todas las fuerzas armadas, sea cualquiera la Autoridad de quien dependían anteriormente con los deberes y atribuciones que competan a las del Ejército y sujetas igualmente al código de Justicia Militar.

Art. 2. No precisará intimación ni aviso…

La mirada de Garcés va saltando rápidamente de un renglón a otro sin obviar ninguno de los quince artículos que conforman el bando.

Por eso termino con un solo clamor que deseo sea sentido por todos los corazones y repetido por todas las voluntades ¡ARRIBA ESPAÑA!

Al final de la calle, la chapa metálica de un convoy militar brilla con los últimos reflejos naranjas del atardecer, los vendedores de especias, visiblemente alterados, recogen a toda prisa las mercancías de sus esteras y las alzan en las carretas.

Pocas horas después, en el barrio de el-Blad, dos alféreces de caballería y cuarenta y cinco guardias de asalto se enfrentan a un batallón de legionarios y a un regimiento de Regulares. Alonso Garcés, con la cara tiznada, apostado entre sacos y cajas apilados a modo de barricada, escucha el estertor inicial de la guerra sin tener aún conciencia de ella, sintiendo el olor de la pólvora, respirando como un animal en su madriguera, sin decidirse a elegir un blanco, desenfocado el punto de mira, aturdido por las constantes detonaciones, el paisaje de una ciudad sitiada. Nuevamente los disparos, secos. Su eco retumbándole en los oídos. Ve caer a su lado a uno de los guardias de asalto, muy joven, doblado sobre sí mismo con las rodillas reblandecidas como gelatina que murmura algo apenas inteligible mientras dos compañeros intentan levantarlo en alto, sólo palabras sueltas, fascistas de mierda, la madre que os parió… Garcés se agacha junto a la caja de municiones para cargar el arma, la monta con destreza, se lleva el fusil a la cara, el rostro contraído en una mueca de rabia y apunta esta vez con precisión hacia el destacamento de la Legión que bloquea la plaza. La armería de la calle principal había sido asaltada poco antes por jóvenes de la Casa del Pueblo, que ahora recorren todo el barrio del polígono al grito de «¡Viva el gobierno legal!». Desde los tejados y las azoteas de la medina varios muchachos disparan contra los fascistas. Se oyen estampidos en serie, separados por brevísimas pausas, explosiones de morteros y obuses. Un vasto rumor cubre la ciudad. No se puede ver a través del humo. Es difícil saber qué pasa, sólo incendios, teas caídas del cielo, resplandores rojizos, un encarnizamiento de sirenas en el que apenas se pueden distinguir las alarmas policiales de los aullidos de las ambulancias y las campanillas de los bomberos. Unos camilleros atraviesan velozmente los jardines de la mezquita transportando un herido hasta el Hospital Militar. Grupos de soldados tienen acordonada la zona.

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