Susana Fortes - Fronteras de arena

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Una novela ambientada en el Marruecos y el Sáhara durante el año 1935, meses antes del estallido de la Guerra Civil. Una novela cuya trama tiene todos los atractivos de una aventura de ambiente exótico, amor apasionado y un levantamiento militar en España a punto de estallar. Una novela muy cinematográfica por las imágenes que sugiere y la descripción de los paisajes, en la que se recrean los escenarios y los diálogos. Una novela realmente entretenida por la historia que cuenta, bastante emotiva, realista, melancólica y de fácil lectura.

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Con la llegada de la noche, los estallidos se hacen más espaciados. Los reflectores iluminan, en violentos ángulos giratorios, las intersecciones de las calles llenas de escombros. Camiones militares con las lonas descubiertas circulan entre las hogueras en las que presurosamente se incineran archivos, ficheros, documentos, correspondencia… Poco a poco se va sabiendo que los líderes de los partidos gubernamentales han sido detenidos, al igual que los dirigentes de la Casa del Pueblo y de los partidos obreros. Ya no queda ningún foco de resistencia en las azoteas de la medina. Hay huellas de hombres que al ser arrastrados por los sobacos han trazado con los talones dos paralelas sangrientas sobre la tierra. Rastro rojo.

Hacia el cementerio se oyen ráfagas constantes de fusilería contra las tapias. Cascotes de metralla, paredes abiertas y balcones desprendidos, casas destechadas con olor a cal vieja, una pesadez de pólvora y de metal en los árboles doblados contra el suelo. En el interior de un patio yace un caballo muerto con el vientre rajado y las entrañas negras, vivas de moscas. A partir de las diez de la noche sólo las patrullas militares circulan por la ciudad.

Pero Garcés ya va camino de Tánger, acompañado por Ismail, evitando los controles de la carretera principal, monte a través, siguiendo la ruta de los ganaderos, dejando atrás el barro oscurecido de las huertas y los árboles desnudos como garras. La guerra le galopa en las sienes más rápido que el pensamiento; bombeando, latiendo, subiéndole a la boca en cada kilómetro, entre la blancura de las piedras y los desniveles de los barrancos. Él, que creía poder sustraerse a las contingencias de la época, se ve de golpe sacado de su burbuja geológica de minerales y fósiles crinoides para ser arrojado brutalmente al gran torbellino del mundo, empujado por aquellos que, autoproclamándose salvadores de la patria, se han levantado contra el gobierno elegido libremente por los españoles, imponiendo la ley de las puertas reventadas a culatazos, de los registros y los fusilamientos al amanecer, de la quema de libros al grito de «¡Abajo la inteligencia!». Varias columnas de legionarios y regulares imbuidos por esa fe están a punto de salir de Ceuta con destino a Sevilla. Garcés lo sabe y los imagina forrados de hierro, con la cruz de los inquisidores resucitada, e impresa en las voces que truenan y aúllan su furia fanática. Piensa que al otro lado del estrecho está aún la noche alegre y engañosa, disfrazada de verano. Nunca hasta ahora había pensado que la tierra de un país pudiera ser sentida como algo tan propio, carne de su carne. En su mente va cobrando cada vez mayor contundencia la idea fija de llegar a territorio internacional y desde allí alcanzar por cualquier rumbo las costas de España. Tánger es al mismo tiempo la antesala del futuro y el cobijo del pasado. Es la escalera estrecha del apartamento de Kerrigan y el olor del kif, el sonido familiar de los dados en las mesas del Café de París. Son las frágiles pértigas de las embarcaciones de los pescadores en los muelles, los almacenes y las ensiladoras frente al mar. Tánger es la luna trepando por las rejas del Hotel Excelsior, un perfume sedoso en el escote de una mujer. Garcés va convocando estas imágenes mientras cabalga en silencio, detrás de Ismail. Avanzan despacio impulsados por la brisa nocturna, guiados por los agudos vértices de los montes de Yebala cuyas crestas despuntan enhiestas hacia el norte.

XXIV

En una de las dependencias del departamento de investigación del Instituto Pasteur, Philip Kerrigan, inclinado sobre la mesa rectangular del despacho, repasa con atención el diagrama y los gráficos con números y flechas que el encargado de la sección, monsieur Renault, le está mostrando, un estudio minucioso que sin duda les habría supuesto a los técnicos muchas horas de dedicación.

1. El cilindro principal.

2. La espoleta y los circuitos de condensación.

3 a. La carga de iniciación o primer multiplicador.

3 b. La carga principal del segundo multiplicador.

4. Los accesorios: aletas, agarraderas, anillas de sujeción…

– Han hecho un buen trabajo -dice el corresponsal del London Times sin levantar la vista del papel.

Hay dibujos de la bomba desde todos los ángulos, esquemas seccionados de cada una de las partes y fórmulas que no alcanza a desentrañar. Durante un momento permanece concentrado, hipnotizado, examinando una y otra vez los extraños signos inscritos en la hoja de cálculo, evocando la primera vez que había visto uno de aquellos artefactos con forma de pez en el bazar de Abdullah.

Todo el recinto del instituto exhala una curiosa aura remarcada por la gran lumbrera del techo que proyecta una luz cenital y por las vitrinas repletas de libros que rodean las paredes. Kerrigan calcula más de 10.000 volúmenes, algunos de ellos auténticas reliquias, como los manuscritos en árabe y las antigüedades de la época romana que contiene el anaquel central. A ambos lados, flanqueándolo, se alzan dos estanterías abiertas con las más recientes publicaciones europeas en materias como Física, Química, Medicina e Ingeniería. Al fondo de la biblioteca, sobre la puerta, hay un rótulo que reza: Mission scientifique du Maroc.

– Parece ser que la causa de la explosión que provocó el incendio en los almacenes de la Bland Line fue una bujía que uno de los descargadores del puerto dejó encendida junto al tabique -explica el encargado del departamento.

– Supongo que ahora que está clara la participación de H &W en la exportación ilegal de armas, las autoridades tangerinas no podrán seguir haciendo la vista gorda en el asunto.

Kerrigan permanece inclinado hacia la luz, ceñudo, tamborileando con los dedos en la superficie de madera.

– Yo no confiaría mucho en eso - monsieur Renault sostiene durante unos segundos la mirada del periodista, e inmediatamente arquea los labios con una sonrisa burlona, como si la suposición que éste ha formulado le pareciese demasiado ingenua, indigna de un corresponsal con su experiencia-. Aquí todo el mundo saca tajada -acaba diciendo.

– Ya… -reconoce el periodista.

– Bueno, al menos el accidente nos ha servido para conocer por dónde van los planes alemanes en materia de armamento -observa condescendiente el francés-. Como sabe, la segunda explosión se produjo unos minutos después de la primera, lo que nos confirmó la hipótesis del segundo multiplicador.

– ¿Qué conclusiones sacaría usted?

– Desde el punto de vista puramente técnico, parece claro que las bombas están pensadas para ser lanzadas desde baja altitud. En el caso de que con el primer impacto no se produzca la detonación, subyacerán enterradas en caminos, campos o vías terreas -continúa explicando el ingeniero-, y permanecerán inactivas hasta que el traqueteo de una locomotora, la rueda de un automóvil, el calor de una bujía o la simple pisada de un niño, active el mecanismo y las haga estallar. En cuanto a las implicaciones políticas, usted es periodista, sin duda sabe de eso bastante más que yo.

Lo único que Kerrigan piensa es que los folios que tiene entre las manos contienen la clave para la desactivación de las SB-50 Kg. Algo tan sencillo, según los informes de los artificieros, como abrir un agujero en la envoltura principal y emulsionar el explosivo inyectándolo con un esterilizador de vapor hasta dejarlo inutilizado. Una fórmula que convertía en pólvora mojada al menos una parte de los suministros que el Reich estaba enviando a los cuarteles españoles para apoyar la sublevación militar contra el gobierno de la República.

El periodista se levanta del escritorio con dificultad, apoyando en la mesa las palmas de las dos manos, para no forzar la musculatura del abdomen que todavía no ha acabado de cicatrizar. Introduce el informe en una cartera de cuero junto al largo artículo que había estado escribiendo durante toda la noche y que, esta vez, el London Times no iba a tener más remedio que publicar. Desde el ventanal puede ver en un ensanchamiento del bulevar, junto a los restos de la antigua muralla, los cuatro cañones franceses del siglo XVII, pulidos y brillantes, apuntando agresivamente, igual que todas las incógnitas, hacia España. Piensa que dentro de pocas horas su amigo Garcés estará a bordo del carguero Arrow, que lo llevará a las costas andaluzas. Kerrigan respira con preocupación. Mira las dos agujas de su reloj de pulsera superpuestas marcando las doce y se despide del encargado con un rápido apretón de manos.

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