Quiero agradecer a las siguientes personas su generosa ayuda: a mi padre, José Fortes, que me ayudó a bucear en los fondos de la sección de África del Archivo Histórico Militar, me instruyó sobre el ambiente castrense durante los últimos años del gobierno republicano y me inició en el juego del póquer. A él y a Mar Villaverde, Emilio Garrido y Miguel A. Villena que tienen el dudoso privilegio de leer mis primeros manuscritos y cuyas sugerencias y críticas en esta ocasión, como siempre, he tenido muy en cuenta. A Mar además por su socorro informático y por aquel sueño del condado de York. A Miguel, Eduardo y Alicia en recuerdo de un viaje por el Atlas y por el desierto en la primavera de 1999. A Mauricio Electorat por los tiempos epistolares y el poema de T. S. Eliot. A Anna Soler-Pont, mi agente literaria y amiga, por haberme regalado una rosa de arena procedente de la aldea de Timimoun, en el Sahara argelino, que me sirvió de talismán y de brújula en los momentos de desánimo. Y por último, gracias muy especialmente a Basilio Baltasar, que estuvo desde el principio en la gestación de este proyecto, alentándolo y haciéndolo posible, según la tradición de una minoritaria y heroica estirpe de editores.
Finalmente, quiero decir que, aunque he tratado de reconstruir el escenario predominante de la novela -la ciudad de Tánger en el año 1935- con la mayor fidelidad posible, no puede decirse que su descripción se corresponda totalmente con la realidad. Del mismo modo, aunque algunos de los personajes que aparecen en este libro están vagamente inspirados en personas reales -como el corresponsal del London Times - y algunas de las zonas descritas -por ejemplo, la depresión de Lyil- existen y fueron exploradas en los años treinta, es importante subrayar que la historia que aquí se narra es pura ficción.
Lapamán, agosto del año 2000.
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[1]¡Dios muy grande! Confieso que no hay otro Dios, sino Dios.
[2]Que Dios nos conceda volver a ver vuestro rostro con salud.