Daniel Pennac - Como una novela

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Esta obra insólita, un auténtico estímulo para la lectura, ha sido uno de los grandes fenómenos de la edición francesa reciente. Pennac, profesor de literatura en un instituto, se propone una tarea tan simple como necesaria en nuestros días: que el adolescente pierda el miedo a la lectura, que lea por placer, que se embarque en un libro como en una aventura personal y libremente elegida. Todo el,lo escrito como un monólogo desenfadado, de una alegría y entusiasmo contagiosos: `En realidad, no es un libro de reflexión sobre la lectura -dice el autor-, sino una tentativa de reconciliación con el libro`.
Este antimanual de literatura concluye con un decálogo no de los deberes, sino de los derechos imprescindibles del lectir (derecho a no terminar un libro, a releer, etc., incluso a no leer).

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[5] No, tienen la cabeza múltiple de su época: tupé y camperas para el rockero de turno, Burlington [4] y Chevignon [5] para el enamorado de la moda, chupa de cuero para el motorista sin moto, pelo largo o a cepillo según las tendencias familiares… Esa chica, allí, flota dentro de la camisa de su padre que golpea las rodilleras rotas de sus tejanos, la otra se ha inventado la silueta negra de una viuda siciliana («yo no tengo nada que ver con el mundo»), cuando su rubia vecina, por el contrario, se lo juega todo a la estética: cuerpo de anuncio y rostro de portada cuidadosamente glacial. Acaban de salir de las paperas y el sarampión, y ya están en edad de fagocitar las modas. ¡Y altos, en su mayoría! ¡Como para tomar la sopa encima de la cabeza del profe! ¡Y fuertes, los chicos! ¡Y las chicas, ya unas bellezas! Al profesor le parece que su adolescencia era más imprecisa…, él, más bien canijo…, la bazofia de la posguerra… leche en polvo del plan Marshall…, en aquella época el profesor estaba en reconstrucción, como el resto de Europa… Ellos tienen las cabezas del resultado. La salud y la fidelidad a las modas les da un aire de madurez que podría intimidar. Sus peinados, sus ropas, sus walkmans, sus calculadoras, su léxico, su actitud de reserva, hacen pensar, incluso, que podrían estar más «adaptados» a su tiempo que el profesor. Saber mucho más que él… ¿Mucho más sobre qué? Es el enigma de su rostro, precisamente… Nada más enigmático que un aire de madurez. Si no fuera un veterano, el profesor podría sentirse desposeído del presente de indicativo, un poco inútil… Sólo que… la de mocosos y adolescentes que ha visto en veinte años de clases…, más de tres mil…, la de modas que ha visto pasar…, ¡hasta el punto, incluso, de vedas regresar! Lo único que permanece inmutable es el contenido de la ficha individual. La estética «cutre», en toda su ostentación: yo soy perezoso, yo soy burro, yo soy nada, lo he probado todo, no os esforzéis, mi pasado carece de futuro… En pocas palabras, no se quieren. Y ponen en proclamarlo una convicción todavía infantil. En suma, están entre dos mundos. Y han perdido el contacto con los dos. «Estamos al loro», sí, «enrollados» (¡y cómo!), pero la escuela nos «toca los cojones», sus exigencias nos «comen el tarro», ya no somos unos chiquillos, pero «las pasamos puta» en la eterna espera de ser adultos… Quisieran ser libres y se sienten abandonados. Marca de ropa también muy de moda entre los jóvenes. (N. del T.)

[6] (…) «En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno…» [6] ! Patrick Süskind, El perfume (Seix Barral). Traducido por Pilar Giralt Gorina. (N. del T.)

[7] -¿El perfume está escrito en francés? Parece que esté escrito en francés. (¡Gracias, gracias, señor Lortholary [7] , señoras y señores de la traducción, lenguas de Pentecostés, gracias!)! y con el transcurso de las semanas… -¡Formidable, Crónica de una muerte anunciada! ¿Y Cien años de soledad, señor, de qué va? – ¡Oh! ¡Fante, señor, Fante! ¡Mi perro Estúpido! ¡La verdad es que es superdivertido! – La vida ante sí, Ajar… en fin, Gary… ¡Súper! – ¡Ese Roald Dahl es realmente demasiado! ¡La historia de la mujer que mata a su compa de un golpe de pata de cordero congelada y que hace comer a los polis la prueba del crimen me ha hecho morir de risa! De acuerdo, de acuerdo…, los juicios críticos no son todavía muy afinados…, pero ya llegará…, dejemos que lean…, ya llegará… – En el fondo, señor, todos esos libros, El vizconde demediado, Doctor Jekyll y Mister Hyde, El retrato de Dorian Gray, tratan un poco del mismo tema: el bien, el mal, el doble, la conciencia, la tentación, la moral social, todo eso, ¿verdad? – Sí. – ¿Puede decirse que Raskolnikov es un personaje «romántico»? ¿Ven?…, ya llega. Lortholary tradujo al francés El perfume. De igual manera cabe felicitar a la traductora española, Pilar Giralt Gorina. (N. del T.)

[8] Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social son una cosa. Nuestra intimidad de lector y nuestra cultura otra. Hay que fabricar bachilleres, licenciados, catedráticos y enmarcas [8] , la sociedad lo pide, y es algo que no se discute…, pero es mucho más esencial abrir todas las páginas de todos los libros. A lo largo de su aprendizaje, se impone a los escolares y a los estudiantes el deber de la glosa y del comentario, y las modalidades de este deber les asustan hasta el punto de privar a la gran mayoría de la compañía de los libros. Por otra parte, nuestro final de siglo no arregla las cosas; el comentario domina en él como señor absoluto, hasta el punto, muchas veces, de apartamos de la vista el objeto comentado. Este zumbido cegador lleva un nombre eufemístico: la comunicación… Hablar de una obra a unos adolescentes, y exigirles que hablen de ella, puede revelarse muy útil, pero no es un fin en sí. El fin es la obra. La obra en las manos de ellos. Y el primero de sus derechos, en materia de lectura, es el derecho a callarse. Se refiere a los alumnos de la E.N.A. (École National d'Administration), de la que sale buena parte de la clase dirigente francesa. (N. del T.)

[9]La Pléiade, prestigiosa colección de obras completas de autores clásicos, o consagrados como tales por el hecho de ser editados así. (N. del T.)

[10]Colección de libros de bolsillo. (N. del T.)

[11]Se refiere a los bouquinistes, libreros de lance instalados en las orillas del Sena. (N. del T.)

[12]«Sí, puedo sin mentir, siéntate, pedagogo, / afirmar haber leído todo mi Gógol en las letrinas.» (N. del T.)

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