Ignacio Pisón - Carreteras secundarias

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Un adolescente y su padre viajan por la España de 1974. El coche, un Citroën Tiburón, es lo único que poseen. Su vida es una continua mudanza, pero todos los apartamentos por los que pasan tienen al menos una cosa en común: el estar situados en urbanizaciones costeras, desoladas e inhóspitas en los meses de temporada baja. Bien pronto, sin embargo, tendrán que alejarse del mar y eso impondrá a sus vidas un radical cambio de rumbo. «Antes», comentará el propio Felipe «no´sabíamos hacia dónde íbamos pero al menos sabíamos por dónde.».A veces conmovedora y a veces amarga Carreteras secundarias es también una novela de humor cuyas páginas destilan un sobrio lirismo, en la que Ignacio Martínez de Pisón se ratifica coo uno de los mejores narradores de su generación.

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Pero no creáis que estoy protestando. Yo puedo ser cualquier cosa menos ingrato, y si trataba de comportarme como ya os he explicado, obedeciendo siempre y transigiendo con todo aquello del plan del día, era también porque sentía gratitud hacia esa gente que me había recogido en la habitación de un hostal y me había ofrecido cama y Comida.

Al mismo tiempo, tampoco podía ignorar lo peculiar de mi posición en aquella casa. Yo era el hijo de mi padre, y mi padre había sido siempre el «problema» de la familia. Nuestros destinos estaban definitivamente unidos. Mi pro- pio destino formaba parte del de mi padre y en aquella casa era yo el «problema». Ya digo que esas cosas se notan. Mis tíos evitaban siempre tocar ciertos asuntos en mi presencia, y todo lo que capté fue algún que otro intercambio de miradas, algún gesto de entendimiento cuando yo decía o hacía algo que no tendría que haber dicho o hecho. Yo toda esa discreción la interpretaba como un rasgo de delicadeza hacia mí, y la verdad es que lo prefería así. No sé si habría sido capaz de aguantar un solo sermón sobre todas esas miserias familiares, que a mí ni me iban ni me venían. ¿Que luego hablaban de mí entre ello«y se felicitaban por su propia generosidad? ¿Que ante sus amistades se dejaban alabar por su caridad cristiana y por su misericordia y por todas esas cosas que a los católicos les gusta que se les alabe? Supongo que era así, pero qué importancia podía tener eso.

Mis tíos eran católicos de los de misa diaria y bendecir la mesa, y también mi abuela lo era. Ya va siendo hora de que os hable de ella. No negaré que siempre había sentido curiosidad por conocerla, por conocer a mi abuela rica y a mis otros familiares de Vitoria, por saber cómo vivían. A mi tío y a mi tía y a mis primos los vi el primer día. A mi abuela tardé casi una semana en conocerla. ¿Queréis saber mi opinión? Yo creo que mi tío confiaba en que a mi padre lo soltarían al segundo o tercer día y que entonces nos iríamos y allí no habría pasado nada. Quiero decir que, si a mi padre no lo hubieran tenido tanto tiempo en la cárcel, a mi abuela no le habrían dicho una palabra y a mí jamás me habrían llevado a su presencia. No sé. Mi abuela era una mujer vieja y achacosa, y quiero pensar que no querían darle un disgusto. Pero también es cierto que mil primos nunca supieron que mi padre estaba en la cárcel, v lo que yo me pregunto es qué historia les habrían contado para justificar mi estancia en su casa. ¿Veis lo que os decía cuando os hablaba del «problema» y todo eso?

– Ven. Acércate. No tengas miedo -fueron las primeras palabras que la oí pronunciar.

Mi abuela me esperaba al pie de la escalera, con una mano en el extremo de la baranda y la otra en la empuñadura de su bastón. A su lado tenía la silla de ruedas. Yo avancé contando mis pasos: siete hasta la primera puerta, y luego ocho, nueve, diez, once hasta la escalera, y todavía habría podido seguir contando. Nunca antes había estado en una casa tan grande como aquélla. Mi abuela soltó la baranda y me cogió la barbilla con dos dedos. Alzó mi cara y la observó con atención, supongo que buscándome parecidos con uno u otro de la familia.

– Dame un beso -dijo, por fin-. Eres mi nieto.

Dijo eso y me ofreció su mejilla. Luego se apoyó en mi hombro y señaló la silla:

– Ayúdame a sentarme. Y vamos ya a comer, que se enfría la sopa.

La llevé al comedor. Yo empujaba su silla de ruedas y ante mis ojos tenía su pequeña cabeza de pelo blanco y es- escaso. Pensé que era su cabeza lo que olía a viejo y a gastado, pero luego comprendí que todo en esa casa olía de ese modo. Las ventanas del comedor estaban ocultas detrás de gruesas cortinas, y en la lámpara de araña sólo la mitad de las bombillas estaba encendida: ¿por qué los viejos prefieren la oscuridad? La mesa nos esperaba ya dispuesta. La vajilla y la cubertería eran iguales para todos menos para mi abuela, que tenía su propio plato y sus propios cubiertos. Me fijé también en los servilleteros. El de mi abuela era de plata; los de mis tíos y mis primos y el padre Apellániz eran de madera, cada uno de un color. Había también una servilleta sin servilletero, doblada en forma de triángulo. Ése, por supuesto, era mi sitio.

Benita nos fue sirviendo la sopa por riguroso orden jerárquico. Benita era la mujer de Ernesto, el chófer. Bueno, Ernesto era chófer, jardinero, electricista y todo lo que hiciera falta. Mi abuela empezó a tomarse la sopa antes de que nos la hubieran acabado de servir a los demás.

– Se ha enfriado -comentó, y aquellas palabras sonaron como un reproche.

Mi abuela me empezó a inspirar lástima cuando vi cómo se tomaba la sopa. Ahí tendría que haber estadomi padre para soltarle todas aquellas historias suyas sobre ángulo del brazo y sobre cómo es la cuchara la que va a la boca y no la boca la que va a la cuchara. Mis tíos y misprimos y el padre Apellániz comían sin ruido, pero mi abuela sorbía la sopa de la cuchara y luego se pasaba unos según dos masticándola como un rumiante. ¿Se puede masticar la sopa? En el silencio general cada una de sus cucharadas sonaba como el gorgoteo que hacen los desagües de las bañeras cuando están acabando de vaciarse, y yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos para contener la risa.

– ¿Tenías ganas de conocer la ciudad de tus antepasados?

Esta pregunta me la hizo mi abuela por lo menos cuatro veces a lo largo de aquella comida. Yo creo que estaba mal de la cabeza, y que ni siquiera se acordaba de lo que acababa de decir.

– Sí -dije, y era verdad.

Estábamos ya en los postres. Durante el último cuarto de hora se habían olvidado de mí y habían hablado de asuntos que no me concernían y de gente a la que no conocía. Comprendí que aquél era un mundo de adultos,unmundo en el que los menores de edad debíamos permanecer casi siempre al margen, preparados para hablar sólo cuando se dirigieran a nosotros. Mi abuela agarró su bastón, señaló uno de los retratos de la pared y dijo:

– Aquél se llamaba Felipe. Como tú. Fue el fundador de la empresa. ¿Llegarás tú a hacer algo parecido?

Yo no quise decepcionarla y me limité a encogerme de hombros. Ella, sin embargo, debió de interpretarlo como un gesto de asentimiento.

– Y ese otro era tu abuelo -añadió-. Mi marido. Un gran hombre y un gran patriota.

Las paredes del comedor estaban llenas de retratos. Algunos eran muy antiguos, otros no tanto, y sin embargo tollos me parecieron oscuros, tenebrosos, como si el tiempo hubiera corrido más deprisa para unos que para otros y hubiera acabado igualándolos, devolviendo a todos aquellos señores a un pasado remoto e indeterminado. Mi abuela fue identificándolos uno por uno. De cada uno de ellos destacaba algún hecho o contaba alguna anécdota: éste peleó en la guerra de Cuba, aquél enviudó tres veces… Al final acercó a mí su cara arrugada y sus ojillos minúsculos.

– Uno tiene que saber de quiénes procede para tratar de estar a su altura. ¿No te parece?

– Sí -dije, pero lo que yo pensaba era otra cosa. Lo que yo pensaba era que esos hombres no significaban nada para mí, que eran el pasado, algo definitivamente muerto, y que sin embargo para mi abuela todavía estaban vivos, que ésa era la época a la que ella pertenecía.

Esa misma tarde fuimos a dar una vuelta en el viejo Mercedes. Yo la ayudé a pasar de la silla de ruedas al asiento del coche. Luego me senté a su lado, mientras Ernesto plegaba la silla y la metía en el maletero. Con su abrigo de astracán parecía un ovillo menudo y oscuro.

– ¿Tenías ganas de conocer la ciudad de tus antepasados? -me preguntó nuevamente, y justo después se quedó dormida con la boca abierta.

Por lo que me dijo Ernesto, todas las tardes salían a dar una vuelta en coche y el itinerario era siempre el mismo. primero paraban en el frontón, y el encargado le entregaba un papel con la recaudación del día anterior. Luego hacían lo mismo en cada uno de los cines de la ciudad, y las taquilleras tenían siempre preparado un papel similar. Normalmente mi abuela se quedaba dormida en cuanto se metía en el coche, y solía ser Ernesto el que se ocupaba de todo. Una vez concluida esa ruta, el Mercedes se detenía delante de una iglesia y Ernesto anunciaba a mi abuela que habían llegado.

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