Ignacio Pisón - Carreteras secundarias

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Un adolescente y su padre viajan por la España de 1974. El coche, un Citroën Tiburón, es lo único que poseen. Su vida es una continua mudanza, pero todos los apartamentos por los que pasan tienen al menos una cosa en común: el estar situados en urbanizaciones costeras, desoladas e inhóspitas en los meses de temporada baja. Bien pronto, sin embargo, tendrán que alejarse del mar y eso impondrá a sus vidas un radical cambio de rumbo. «Antes», comentará el propio Felipe «no´sabíamos hacia dónde íbamos pero al menos sabíamos por dónde.».A veces conmovedora y a veces amarga Carreteras secundarias es también una novela de humor cuyas páginas destilan un sobrio lirismo, en la que Ignacio Martínez de Pisón se ratifica coo uno de los mejores narradores de su generación.

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– ¿Quieres dejar de escupir? ¿Quieres prestarme un poco de atención y dejar de escupir?

Sacudí la cabeza y dejé de escupir. Habíamos cambiado •Ir casa, y con eso no sólo habíamos dejado de ser vecinos (Ir la academia de ballet sino que ahora ya nadie nos visitaba para llamar por teléfono. Y yo os pregunto: ¿cómo poli en esas circunstancias, conservar la esperanza de volver a ver alguna vez a Miranda?

– Bueno -dijo mi padre, ya en el portal-. ¿Me vas a contestar? ¿Vas a decir algo?

– Necesito dinero -dije-. ¿Podrás llevarme a la base a recoger pelotas de golf?

Mi padre me miró como si ahora fuera él el que quisiera escupir. Subimos al piso y yo me encerré en el cuarto de baño para pensar en Miranda y masturbarme. Me había convertido en un repugnante pajero, y también de eso le echaba la culpa a mi padre.

Si uno desea algo con toda su alma, nunca pierde del todo la esperanza de poseerlo. Eso al menos me pasaba a mí, y ya sabéis que, incluso ahora que yo no soy el mismo y que mi deseo tampoco lo es, no he renunciado completamente a la posibilidad de encontrarme algún día con ella, con Miranda. No sé. Supongo que la esperanza es algo irracional, como el amor mismo, y yo creo que entonces habría conservado la esperanza de volver a verla aunque alguien me hubiera dicho que ella y su familia habían regresado a América o que la había matado un camión a la salida de la clase de ballet. Yo entonces tenía quince años y mucho tiempo por delante, y cuando se tienen quince años y tanto tiempo por delante no se piensa que algo, lo que sea, haya ocurrido por última vez y que ya nunca más volverá a ocurrir. ¿Podía ser que, después de haber averiguado esas nueve cosas que supe de Miranda, estuviera condenado a rendirme ante esa decepcionante décima cosa que supe de ella? ¿Por qué mi aprendizaje sobre Miranda debía detenerse ahí? ¿Por qué no regresar hasta la novena cosa y entonces rectificar y reanudar ese aprendizaje en otra dirección? Ésas eran algunas de las preguntas que yo me hacía, fijaos qué absurdo y retorcido es el amor, y el caso es que por las mañanas, mientras mi padre se colgaba del teléfono para buscar un internado en el que quisieran admitirme, yo me colgaba literalmente de la cuerda roja y los ganchos del «Taller & Taller New System» y soñaba con los diez centímetros prometidos por la publicidad. Quería ser más alto, pero quería serlo por Miranda, por si de verdad algún día volvía a encontrarme con ella.

Imagino lo que estáis pensando. Estáis pensando: «Si ya nadie iba a vuestra casa a poner conferencias, ¿de qué vivíais ahora tu padre y tú?» Una cosa que no se puede negar es que mi padre tenía mentalidad de negociante. Fracasado, pero negociante, y en cuanto tuvo acceso a la base americana empezó a darle vueltas a la posibilidad de hacer negocios.

– ¿Cómo se han hecho las grandes fortunas de este siglo? Muy sencillo -decía-. Todo consiste en comprar barato y vender caro. O, lo que es lo mismo, comprar donde es barato y vender donde es caro. Ésa es la base del negocio de las importaciones. Los profesionales lo llaman import- export…

Los profesionales lo llamarían import-export, pero a mí me parecía que mi padre estaba hablando de simple contrabando. Porque lo que él se proponía era vender en España productos americanos conseguidos en la base. Había hecho sus cálculos y decía:

– En este momento, el cambio del dólar no puede ser más ventajoso. Puedo comprar a precios americanos y vender a precios españoles. O incluso inferiores: aun así el negocio es seguro. Pero lo que cuenta no es sólo el precio. Lo que cuenta es la calidad, ¿y quién puede negar que en eso los americanos nos llevan siglos de ventaja?

Lo probó primero con la carne. Por medio de Félix y del autoservicio del club de golf consiguió comprar una importante partida de carne americana. Me enseñó unos papeles:

– Fíjate. Éstos son los certificados de sanidad. ¡Esta carne ha sido examinada científicamente! ¿Cuándo se ha visto en España una cosa igual? Para otras cosas no, pero para esto los americanos son muy serios.

Tenía la carne, tenía los certificados. Ahora sólo faltaban los compradores. Fuimos en el Tiburón a un restaurante del centro de Zaragoza. En el asiento de atrás llevábamos media docena de fiambreras con diferentes muestras de carne americana. Mi padre cogió las fiambreras, cogió los certificados y dijo:

– Me la van a quitar de las manos.

Bueno, en ese restaurante no quisieron ni hablar con mi padre, y tampoco en el siguiente ni en el siguiente ni en ninguno de los supermercados por los que pasamos con nuestras fiambreras y nuestros certificados.

– Dicen que cómo saben ellos que esta carne no es robada. ¿Pero es que no ven los papeles? Tampoco hace falta saber mucho inglés…

En fin, un desastre. Volvimos a la base y mi padre trató de llegar a un acuerdo con el del autoservicio.

– Nada -le oí decir al cabo de un rato-. Dice que tiene los congeladores hasta los topes y que esta carne no la quiere ni regalada. Pero ¿es que todo el mundo se ha vuelto vegetariano de repente? ¿Nos la vamos a tener que comer toda nosotros?

Así fue, en efecto. Estuvimos diez días comiendo carne, sólo carne, carne con la comida, carne con la merienda, carne con la cena, y al final tuvimos que tirar a la basura más de treinta kilos porque estaban ya florecidos y olían a perro muerto.

– He aprendido la lección -dijo mi padre-. Mientras no tenga una buena agenda de clientes, hay que renunciar a hacer negocios con productos perecederos.

Eso parecía sensato. A los pocos días una furgoneta de la empresa FEGIX se detuvo delante de nuestra casa, y apenas media hora después eran tantas las cajas apiladas en el cobertizo de atrás que no había ni sitio para jugar a la máquina. Abrí una de las cajas. Estaba llena de latas de pipas peladas. En otra había grandes botes de caramelo líquido de la marca «Log Cabin». En las demás había botellitas de salsa, sopas enlatadas: cosas así.

– Productos no perecederos -resumió mi padre, concluyente.

Aquello funcionó algo mejor que la carne. Hubo al menos tres tiendas de comestibles que aceptaron tener en depósito los productos no perecederos, y mi padre sólo tenía que dejarse caer por ahí una vez a la semana para que le liquidaran las ventas y le hicieran el nuevo pedido.

– Pero se me está ocurriendo algo mejor -dijo un día.

¿Os acordáis de aquella vez que le regalé a Miranda un exprimidor? Mi padre descubrió que el verdadero negocio estaba ahí, en comprarles a los americanos que se marchaban todas aquellas cosas que no fueran a llevarse consigo. Ni siquiera esperaba a que las llevaran al búnker del mercadillo y las pusieran a la venta. Mi padre se enteraba de quiénes iban a abandonar próximamente la base y se presentaba en sus casas para hacerles una oferta.

– Si se resisten a vender, peor para ellos -decía mi padre con un guiño de astucia-. El tiempo corre a mi favor. Los días pasan, y ellos ven que el viaje se les está echando encima y que no han vendido casi nada. Entonces me llaman y aceptan lo que yo quiera darles.

Aquello le fue bastante bien. Las neveras de los americanos solían ser buenas, mejores que las españolas, y estaban bien conservadas. Y el resto de las cosas, lo mismo. Entonces mi padre ponía un par de anuncios en el periódico y vendía todo aquello por mucho más dinero del que le había costado. Gracias a eso volvimos a tener televisión. Y no una. A veces dos o hasta tres televisiones. Y también neveras, lavavajillas, tocadiscos. Luego, de golpe, no teníamos nada porque habían llegado unos compradores y se lo habían llevado todo. Aunque en realidad nunca teníamos nada porque nada de eso era nuestro. Nunca habíamos tenido nada que fuera de verdad nuestro y parecía que nunca lo tendríamos.

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