Ignacio Pisón - Carreteras secundarias

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Un adolescente y su padre viajan por la España de 1974. El coche, un Citroën Tiburón, es lo único que poseen. Su vida es una continua mudanza, pero todos los apartamentos por los que pasan tienen al menos una cosa en común: el estar situados en urbanizaciones costeras, desoladas e inhóspitas en los meses de temporada baja. Bien pronto, sin embargo, tendrán que alejarse del mar y eso impondrá a sus vidas un radical cambio de rumbo. «Antes», comentará el propio Felipe «no´sabíamos hacia dónde íbamos pero al menos sabíamos por dónde.».A veces conmovedora y a veces amarga Carreteras secundarias es también una novela de humor cuyas páginas destilan un sobrio lirismo, en la que Ignacio Martínez de Pisón se ratifica coo uno de los mejores narradores de su generación.

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Ésa era la intuición a la que antes me refería, y esa in- tuición se confirmó al día siguiente, martes o jueves, mientras estaba escuchando la radio de la base en el Tiburón. Estábamos entonces en la etapa de los «productos no perecederos», ya os explicaré, y no podía jugar a la máquina del cobertizo. Así que me pasaba las horas escuchando la radio de la base en el Tiburón, y aquella tarde vi el Chevrolet del padre de Miranda, y en el Chevrolet iba el padre de Mi- randa pero no Miranda. El padre de Miranda era un hombre alto, no como yo ni como mi padre. Alto y fuerte, y con una de esas narices anchas que parece que podrían aspirar un bote entero de polvos de talco. Le vi aparcar el Chevrolet en un lugar a la sombra y luego detenerse en el escalón y volverse a mirarme. Fueron sólo tres o cuatro segundos. Después el padre de Miranda entró en la casa e hizo sus llamadas a América, y esos tres o cuatro segundos fueron suficientes para que yo entendiera que en efecto iba a recibir el castigo de no volver a ver a Miranda y que ésa sería precisamente la décima y última cosa que sabría de ella.

– ¡Ya está bien! -dijo mi padre-. ¿No puedes tomarte esa sopa como una persona normal? ¿Es necesario que ha- gas tanto ruido?

No, claro que no era necesario. Había muchas cosas que yo no sabía, pero entre ellas no estaba tomarme la sopa sin hacer ruido. De hecho, sé tomarme una sopa de muchas maneras: con ruido y sin ruido, goteando y sin gotear, sorbiendo y sin sorber.

¿Pero dónde habrás aprendido a…? ¡Mírame a mí! ¡Mira cómo me la tomo yo! Y ahora dime, ¿he sorbido?, ¿me has oído sorber?

Estábamos en un restaurante y mi padre había decidido convertir aquella comida en un cursillo sobre la manera correcta de tomarse una sopa.

– Es la cuchara la que tiene que ir a la boca -decía-, No la boca a la cuchara. ¿Ves? Así.

Yo asentí con la cabeza. ¿Qué importancia podía tener que la cuchara fuera a la boca o la boca fuera a la cuchara?

– Mira mi codo. Ahí está la clave: en el codo. Tú no lo despegas de la mesa. Yo sí. Si hicieras esto, si lo movieras así, no tendrías que adelantar la cabeza y la cuchara entraría en la boca adoptando el ángulo correcto…

Una cuchara que entra en la boca adoptando el ángulo correcto: yo a veces pensaba que mi padre acabaría mal, muy mal.

– Venga. Prueba tú ahora. Eso es. Levantando el codo, buscando el ángulo… Así, muy bien.

Dejé que una gota de sopa se escapara por una de las comisuras de mis labios y cayera sobre mi camisa. Mi padre se apresuró a restregar la mancha con su servilleta.

– Mala suerte. Has llenado demasiado la cuchara. Vuelve a probar. Pero ahora sin coger tanta sopa. Eso es, así, así, Ahora el codo… Levantando el codo, muy bien, muy bien… ¡Y adentro! ¿Has visto? No es tan difícil…

Mi padre me observaba con expresión satisfecha, como una señora gorda que hubiera enseñado a su perro salchicha a sostenerse sobre las patas traseras.

– Todo en la vida tiene un método, ¿lo has comprendido? Todo tiene un método y una clave. Incluso algo tan tonto como tomarse un plato de sopa.

Decididamente, mi padre acabaría mal, muy mal.

Debíamos de estar ya a finales de octubre o principios de noviembre. Fue por entonces cuando nos cortaron el teléfono y tuvimos que cambiar de casa. Ahora vivíamos en un piso en Zaragoza, en el barrio de Torrero, no muy lejos de la cárcel ni del cementerio. Tampoco muy lejos del canal que nos separaba del resto de la ciudad.

– Y de tu colegio, ¿qué? -dijo mi padre-. A ver si no descuidamos tu educación.

Todo cambiaba muy deprisa para nosotros. Cambiábamos de ciudad o de barrio, cambiábamos de casa, cambiábamos de forma de vida. También mi relación con mi padre cambiaba con rapidez. Si pocos días antes había creído que podría llegar a entenderle, ahora estaba convencido de que eso era una tarea imposible para mí. ¿Cómo demonios podía ahora venirme con todo eso de mi colegio y de no descuidar mi educación? ¿Pero es que todavía no se había dado cuenta de que él y yo éramos unos delincuentes, unos fugitivos de la justicia? ¿Es que ya no se acordaba de que habíamos estafado a unos parientes de Tarrasa y robado una caja registradora en Lérida y engañado a la compañía de teléfonos en todos los sitios por los que habíamos pasado? ¿Cuándo se ha visto que alguien con un historial así a sus espaldas pretenda llevar una vida normal, como cualquier persona normal, y educar a su hijo como se educaría a los hijos normales de cualquier familia normal?

– A dos calles de aquí he visto un colegio -insistía-. Iré a hablar con el director para que te admitan cuanto antes.

Era absurdo. Era como si, en plena persecución policial, Bonnie y Clyde se matricularan en un cursillo de mecanografía, ¿no os parece? Pero ya conocéis a mi padre y ya sabéis que mi padre siempre habría querido hacer como la gente normal, que lleva una vida normal y manda a sus hijos a colegios normales. Era absurdo. Absurdo e indignante, y de nuevo los cuchillos apuntaban hacia arriba cuando era a mí a quien le tocaba fregar. Volvía, pues, a la anterior hostilidad, y la lista de cosas que podía echarle en cara se me hacía interminable: lo del colegio, lo del perro, lo de la vida normal como la gente normal…

Fui unos cuantos días al colegio del que mi padre había hablado. Pocos días, los justos para localizar al chulo de la clase y decirle aquello de que o me comía la polla o le hinchaba un ojo. Una hora después, mi padre y yo estábamos frente a frente en el despacho del director.

– Su hijo, y lamento tener que ser tan crudo, es un peli- gro para los otros chicos -dijo el director-. Asocial, agresivo, con graves problemas de inadaptación…

Todo eso era verdad.

– No sólo eso -prosiguió-. Es también un obseso sexual.

Bueno, eso era discutible, pero a mí me gustaría saber cuándo fue la última vez que la mujer del director disfrutó de una noche divertida.

– Y le diré más -concluyó-. Tenemos motivos para so pechar que su hijo es un drogadicto.

Eso no. Eso sí que no era verdad. Yo entonces casi sabía qué eran las drogas y qué los drogadictos, pero fija cuál sería mi grado de hostilidad que ni siquiera protesté. Yo creo que hasta me agradaba ser todas esas cosas que aquel hombre decía: un drogadicto, un asocial, un gran problema para mi padre y para los demás. El director se- guía hablando de mí mientras nos acompañaba hasta la puerta:

– Este chico necesita una atención especial, individualizada, que en este colegio no estamos en condiciones de proporcionarle.

Mi padre bajó la cabeza y ni siquiera se despidió. Estaba hundido. Estaba peor que si le acabaran de diagnosticar un cáncer de pulmón. Buscamos en silencio el lugar en el q había dejado el coche. Entramos los dos, metió la llave d contacto y sólo entonces me miró y me dijo:

– ¿Qué puedo hacer contigo?

Yo abrí la ventanilla sin responder y eché un escupitajo sobre un árbol cercano: ¿qué podía yo hacer con él?

– Mano dura es lo que necesitas -añadió-. Disciplina. Tienes que descubrir de una vez por todas lo que es la disciplina. Yo nunca he sido partidario de los internados, pero tampoco tú me dejas muchas opciones…

Un internado, lo que me faltaba por oír. Yo encendí la nidio del coche y volví a escupir por la ventanilla.

Puede pareceros que era injusto con mi padre, pero tratad de comprenderme. A todo lo que os he dicho que entonces le echaba en cara hay que añadir una cosa más, la principal: había perdido definitivamente a Miranda. Sí, ya sé que buena parte de la culpa me correspondía a mí, pero yo todavía me aferraba a la esperanza de volver a ver algún día a Miranda, y en eso sí que mi padre tenía algo de culpa. Porque todavía no os lo he dicho, pero había otra cosa que había cambiado en nuestras vidas: desde que nos mudamos al piso de Torrero, nadie había venido por nuestra casa para llamar por teléfono.

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