– Está muy bien este sitio -decía-. Muy bien.
Decía eso con el tono de quien ha conocido muchos restaurantes en su vida. Lo decía con un retintín de curiosidad o de sorpresa, como si fuera la primera vez que veía un bote de ketchup y generosamente estuviera dispuesto a pasar por alto ese detalle a la hora de hacer su valoración.
– No se puede negar que esta carne está deliciosa -dictaminó.
– También la carne la traen en aviones -dijo Félix.
En realidad estaba tratando de impresionarle, de impresionar a Félix, que consideraba a mi padre un hombre elegante, un caballero, y admiraba precisamente esas cosas de mi padre que yo detestaba: sus remilgos a la hora de decidirse por uno u otro plato, cierto gesto de concentración con que paladeaba el primer trago de vino, su costumbre de pelar la naranja con cuchillo y tenedor.
En fin, qué más da. Fue Félix quien nos consiguió un pase para entrar libremente en la base americana. Mi padre solía reunirse en el club de golf con Félix o con gente que Félix le había presentado. Yo, mientras tanto, merodeaba por allí y aprovechaba para recoger pelotas de golf perdidas, que luego vendía en la tienda del club por unos cuantos centavos.
– ¿Cuántas has encontrado hoy? -me preguntaba mi padre, ponderativo-. Vaya, eso pueden ser dos o tres dólares.
A mi padre le enorgullecía ver que dedicaba mi tiempo a recoger pelotas. Le parecía que aquella actividad podía ser muy beneficiosa para mi formación, y por eso siempre permitía que fuera con él y hasta me alentaba. Pero para mí aquellas pelotas de golf y aquellos centavos eran poco más que un pretexto, una excusa para poder entrar en la base sin tener que darle explicaciones. Claro, si quería ir a la base era sólo para sentirme cercano a Miranda, para frecuentar lugares y personas que ella misma podía frecuentar, para experimentar la emoción que me producía el pensar que, en ese sitio, un encuentro casual no era del todo imposible. Sí, ¿por qué no?, para tratar de verla. Miranda me pertenecía sólo los martes y los jueves, o sólo algún martes y algún jueves, y nada más por un rato, y eso a mí me parecía poco. Estaba enamorado, ¿no?
Pero ya sé por dónde vais, ya sé lo que estáis pensando: que en realidad mi padre y yo no éramos tan distintos. Que yo ahora me hacía el encontradizo con Miranda igual que mi padre se lo había hecho con Estrella. Que yo rondaba las clases de ballet de Miranda como mi padre había rondado las clases de canto de Estrella. También yo lo pensé entonces y me pregunté si me estaba comportando de la misma estúpida manera. Y es posible que aquello me sirviera para comprenderle un poco, sólo un poco.
Una mañana, por fin, la vi pasar por delante del club. La vi y me dio un vuelco el corazón, pero ahora digo esto y me doy cuenta de que os estoy confundiendo, de que a lo mejor pensáis que estoy hablando de la entrepierna y no del corazón. Pues no. Estoy hablando del corazón: noté de golpe cómo mi corazón bombeaba la sangre con mucha más fuerza que antes y cómo sus latidos me sacudían el pecho pero también las sienes y las muñecas. Tal vez sea esto, y no lo otro, lo que de verdad significa esa expresión. Aquella mañana Miranda llevaba unos vaqueros verdes y una camiseta blanca con unas letras y unos números que ella misma debía de haber bordado. Así vestida no parecía Miranda, qué queréis que os diga, pero a mí esa Miranda de los pantalones verdes me gustaba tanto como la Miranda del tutú. Salí del club de golf y la seguí. La acompañaba otra chica, una chica también negra y también guapa, algo mayor que ella, y ésa fue la séptima cosa que supe de Miranda: que tenía una hermana llamada Amy.
Bueno, que se llamaba Amy lo supe porque ése era el nombre que llevaba impreso en la camiseta debajo de su foto: entonces estaban muy de moda esas camisetas con tu cara y tu nombre. Y lo de que era su hermana no lo averigüé hasta un poco después. La gente de la base tenía una costumbre curiosa: cuando regresaban a América o se trasladaban a otra base en otro país, trataban de vender por un puñado de dólares todo aquello que no podían llevarse. Aquel día seguí a Miranda y a su hermana hasta una construcción con aspecto de búnker, de ladrillo y sin ventanas, bastante alejada del club de golf y de las casas. Era allí donde se organizaba el mercadillo y donde las mujeres vendían muebles, electrodomésticos, cacharros de cocina: cosas así. Entré también yo en aquel búnker y dije helio, y si supuse que la otra chica era su hermana fue por la expresión con que Miranda se volvió hacia ella, una expresión de sorpresa y de incredulidad, como si poco antes hubieran estado hablando de mí y ahora quisiera indicarle con los ojos que yo era precisamente el chico del que habían estado hablando. No sé. Me imagino que esas cosas ocurren entre hermanas: que intercambian confidencias en el dormitorio, que aprovechan los minutos anteriores al sueño para hablar de los chicos que les gustan o a los que gustan. En todo caso, eso fue lo que pensé entonces, y yo creo que pensar eso me halagó y me dio el aplomo que necesitaba.
– ¿Amy? -pregunté, señalándole las tetas o, mejor dicho, señalando el retrato que exhibía a la altura de las tetas.
Se echaron las dos a reír y asintieron con la cabeza. Luego, cómo no, dijeron unas cuantas cosas que yo no pude entender y volvieron a reír. Amy sostenía en la mano una figurita de porcelana y Miranda un exprimidor eléctrico, y yo creo que se reían sólo por nerviosismo.
– Do you like it? -le pregunté, o al menos eso fue lo que quise preguntar.
– Yes, yes -dijo Miranda, agitando el exprimidor.
Entonces yo rebusqué en mis bolsillos: cuatro dólares y algunos centavos. Llamé a una de las mujeres y señalé el exprimidor. La mujer me cogió los billetes, y yo señalé otra vez el exprimidor y luego me señalé el pecho y señalé a Miranda: ése era mi regalo para ella. No es muy romántico, ya lo sé, pero por cuatro dólares tampoco podía aspirar a mucho más. Entonces Miranda alzó el exprimidor como si fuera un trofeo y volvió a reír, y yo noté cómo me observaba Amy, sin hacer ningún gesto, estudiándome.
– Goodbye -dije, y me marché.
Por aquella época yo tenía complejo de bajito. Era más alto que mi padre pero era bajito. Era también más alto que Miranda pero era bajito. Un día vi en una revista un anuncio que decía: «¡Demostrado! Crezca hasta diez centímetros más con el Taller & Taller New System. Si no queda satisfecho le devolvemos su dinero.» Por si no lo sabéis, eso de taller es inglés. Se escribe como taller, taller mecánico, pero se pronuncia «tóler», y significa «más alto».
Más y más alto: eso era lo que yo quería ser, tan alto que tuviera que andar algo encorvado. Tan alto que, cuando abrazara a Miranda, mi cabeza sobresaliera por encima de la suya. Así era como me gustaba imaginarme, abrazándola semiagachado, y yo creo que si quería ser tan alto era sobre todo por Miranda, porque estaba enamorado de ella. Sí, ya sé que os parecerá extraño, y yo mismo no sabría explicar muy bien qué tenían que ver una cosa y otra, mi estatura y mis sentimientos.
En fin. Cambié por pesetas algunos de mis dólares y escribí a la dirección del anuncio. Contra reembolso me mandaron una caja en la que había unos ganchos, una cuerda roja y un papel con las instrucciones. Tenía que poner los ganchos en el marco de una puerta a una altura determinada y luego colgar la cuerda roja y colgarme yo de la cuerda roja y hacer una serie de ejercicios todas las mañanas. Bueno, aquello me parecía un poco ridículo, pero yo era bajito y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de dejar de serlo.
He dicho que empezaba a comprender un poco a mi padre y es verdad. Supongo que para entender a los demás hay que ponerse en su lugar, y eso fue más o menos lo que me ocurrió a mí cuando conocí a Miranda. Está claro que Miranda no era Estrella y que a mí Miranda me gustaba y Estrella no. Pero es que el amor es muy raro. ¿Verdad que alguna vez habéis llegado a creer que la chica que os gusta tiene por fuerza que gustar a todo el mundo y que, por el contrario, la que no os gusta no encontrará a nadie en el universo dispuesto a hacerle un poco de caso? También yo lo pensé entonces, pero por poco tiempo, y lo que de verdad descubrí fue que el amor de mi padre por Estrella era, o al menos había sido, sincero y profundo. Si no, ¿cómo explicar mi comportamiento con Miranda?, ¿cómo explicar que hubiera acabado pareciéndose tanto al de mi propio padre?
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