Ignacio Pisón - Carreteras secundarias

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Un adolescente y su padre viajan por la España de 1974. El coche, un Citroën Tiburón, es lo único que poseen. Su vida es una continua mudanza, pero todos los apartamentos por los que pasan tienen al menos una cosa en común: el estar situados en urbanizaciones costeras, desoladas e inhóspitas en los meses de temporada baja. Bien pronto, sin embargo, tendrán que alejarse del mar y eso impondrá a sus vidas un radical cambio de rumbo. «Antes», comentará el propio Felipe «no´sabíamos hacia dónde íbamos pero al menos sabíamos por dónde.».A veces conmovedora y a veces amarga Carreteras secundarias es también una novela de humor cuyas páginas destilan un sobrio lirismo, en la que Ignacio Martínez de Pisón se ratifica coo uno de los mejores narradores de su generación.

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De su madre, por ejemplo, nunca supe nada: supongo que estarían divorciados. Eso del divorcio era algo que entonces conocíamos por las películas americanas, y ellos eran americanos. A mí me habría gustado preguntarle por ella como me habría gustado hablarle de mi propia madre, pero eso no podía resultar fácil. Ella no entendía mi idioma y yo no entendía el suyo, de modo que cualquier tentativa de confidencia estaba de antemano condenada al fracaso. Miranda era mi única amiga y yo no podía entenderla y, si pensáis que estar con ella era casi como estar solo, estáis muy equivocados. No, no lo era y, aunque lo hubiera sido, a mí no me habría importado porque yo siempre había estado solo.

Entre Miranda y yo, además, se acabó estableciendo un código secreto que no estaba hecho de palabras sino de gestos y de miradas. Recuerdo que una tarde estábamos en el Tiburón de mi padre mientras el suyo ponía sus conferencias. A veces lo hacíamos. A veces, en lugar de jugar a la máquina, nos metíamos en el Tiburón a fumar y a escuchar la emisora de radio de la base. Esa tarde tenía previsto decirle una cosa a Miranda. Dije you y dije lessons y luego hice gestos de bailarina clásica y me señalé los ojos con las dos manos y al final dije okay. Entonces Miranda se echó a reír y también ella dijo okay, y yo no supe si había comprendido lo que había tratado de decirle: que al cabo de un rato iría a espiarla en su clase de ballet.

El caso es que Miranda se fue con su padre y que yo esperé apenas un cuarto de hora antes de asomarme a la casita de al lado por un agujero del seto. Lo había descubierto el día anterior y también había descubierto que, desde ese sitio y a través de unas plantas, se dominaba sin ningún peligro el amplio ventanal de la sala en la que ensayaban. En ese momento, diez o doce chicas hacían ejercicios agarradas a la barra de la pared. Bueno, de todas esas chicas la única que a mí me interesaba era Miranda: ¿no os he dicho que estaba enamorado? Yo creo que, en todo el rato que estuve ahí, a las otras ni las miré: supongo que también en eso debe de consistir el amor.

Una duda que yo tenía era si ella había entendido lo que le había dicho, si sabía o no que la estaba espiando. Mientras duró la clase no dio la menor muestra de que así fuera, y sólo al final, cuando ya las otras chicas se despedían, vi cómo ella se acercaba al ventanal y bailaba unos instantes sólo para mí. Sin volverse nunca hacia donde yo me encontraba, sin hacer el menor gesto que pudiera delatarme, pero sin duda consciente de mi presencia y de mi mirada, y ahora puedo deciros que eso, esa afición de Miranda a ser observada y a exhibirse, fue la sexta de las diez cosas que yo supe de ella.

Aquello duró apenas un par de minutos, y luego yo abandoné mi sitio al lado del seto y corrí hacia el ceda el paso que había ante la entrada principal de la academia. El Chevrolet rojo del padre de Miranda apareció muy poco después. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció detrás de una curva lejana.

Mi padre se hizo amigo de un español que trabajaba en la base americana. Se llamaba Félix, y era un hombre largo y sombrío como un coche fúnebre. Se llamaba Félix y se apellidaba Gimeno y tenía una pequeña empresa de limpieza llamada FEGIX: la FE era de Félix, la GI de Gimeno y la X supongo que se la había puesto para darle un aire más internacional. La empresa de Félix era la encargada de limpiar la hamburguesería y el autoservicio del club de golf de la base.

– Vosotros nunca habéis estado ahí dentro, ¿verdad? ¿Queréis que os la enseñe uno de estos días?

– ¿Por qué no mañana mismo? -contesté.

Fuimos en el coche de mi padre. Unos policías militares nos hicieron parar a la entrada y Félix asomó la cabeza para darse a conocer. ¿Habéis estado alguna vez en los Estados Unidos? Da lo mismo. Aunque no hayáis estado nunca, seguro que habéis visto cientos de poblaciones norteamericanas en películas y series de televisión. Aquello era exactamente eso, un trozo de Norteamérica colocado en un sitio que no era Norteamérica, y te dabas cuenta en cuanto entrabas y veías, por ejemplo, las señales de tráfico: give way en vez de ceda el paso, one way en lugar de la flecha blanca sobre fondo azul. Avanzábamos por una carretera americana llena de señales americanas y Félix dijo:

– Allá están los hangares. Y esto es una pista de aterrizaje. Algunas veces te hacen parar. Como en un paso a nivel. Sólo que, en vez de un tren, lo que ves pasar es un Hércules o un Phantom que despega o aterriza.

Félix nos dio una vuelta por la zona de los chalets. Aquellos chalets eran como los de Embrujada, la serie de televisión: todos iguales, cuadrados, de un solo piso, de ladrillo rojo y paredes color crema, con el techo de cemento y un pequeño jardín delante, con persianas de láminas en las ventanas. Cada casita tenía su propio aparcamiento, poco más que un cobertizo sin puerta ni verja ni nada que se le pareciera, y yo reconocí un Chrysler azul que todas las semanas aparecía por nuestra casa y un Ford ranchera que vino un día y nunca más volvió a venir. Pero, claro, lo que yo buscaba era un Chevrolet, un viejo Chevrolet rojo, y no me preguntéis por qué.

– Esto es la bolera -dijo Félix-. Y ahora veréis la calle principal. Mirad: el economato, la peluquería, el cine, la iglesia… No tiene ninguna cruz porque la utilizan los de todas las religiones. Primero unos y luego otros, claro está. Como veis, no les falta de nada. Viven igual que en su país. ¿Sabéis que la cocacola se la traen de América? Y también la leche y no sé cuántas cosas más.

Mi padre estaba impresionado. Mi padre nunca había salido de España, y yo creo que le impresionaba ver que el mundo podía ser muy distinto. Llevábamos años y años viajando por España, y nada cambiaba demasiado entre un sitio y el siguiente. Ahora, sin embargo, habíamos hecho un viaje de muy pocos kilómetros, y eso había sido suficiente para que nos sintiéramos lejos, muy lejos de nuestro propio mundo, en un lugar extranjero lleno de gente extranjera, donde todos hablaban y vestían de otro modo y tenían unos coches y unas casas que en nada se parecían a los coches y las casas de la gente como nosotros. También a mí me impresionaba eso, ese cambio tan repentino, pero sobre todo me impresionaba pensar que hasta el paisaje era distinto allí. No se trataba ya de las casas o de los coches o de las señales de tráfico. Se trataba del paisaje, que parecía uno de esos típicos paisajes americanos, el más típico que se os pueda ocurrir, y yo me pregunté si también el paisaje, como la cocacola o la leche, lo habrían traído en aviones desde América.

– Y eso, ¿el colegio? -preguntó mi padre-. ¿School no significa colegio?

Sí, ahí estaba el colegio, grandísimo, y delante de él estaba aparcado un autobús azul con un rótulo que decía school, y yo pensé que Miranda en ese momento debía de estar ahí dentro, a apenas cien o doscientos metros.

– Ahora a la derecha -indicó Félix-. Vamos al club.

El club era el club de golf. Ya he dicho que la empresa de Félix tenía algo que ver con aquel club. Fuimos con Félix al autoservicio y, mientras él presentaba a mi padre a no sé quién, yo me tomé una inmensa copa de helado llamada Sundae. No Sunday sino Sundae, aunque a lo mejor había un error en la carta de helados y sí que se llamaba Sunday.

Después comimos en la hamburguesería. Era un restaurante normal, ni bueno ni malo, pero mi padre se hacía el torpe, como si estuviera acostumbrado a sitios más caros y distinguidos, en los que no tienes los botes de ketchup y mostaza esperándote en el centro de la mesa.

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