Esta vez caminaba por unos senderos, entre unos sembrados de maíz. El sol aún no se había ocultado y teñía de colores las nubes del horizonte; pero no se veía ningún alma viviente, solo su soledad. Y su mundo el que lo transportaba hacia sendas que jamás en su vida había pisado. El viento suave que azotaba el maizal, lo sumía en una constante danza de pasos sincronizados en cada mata.
Miguel seguía caminando, perdiendo su vista entre el maizal y en cada contraste que le daban las nubes de colores. Qué bonito parecía el crepúsculo. De repente, creyó ver algo. Cuando se aproximaba, se detuvo frenando sus pasos del espanto que le causo una bandada de zanates que alzaban el vuelo al percatarse de su presencia.
—Qué tontería. Solo son pájaros —se dijo a sí mismo.
Continuó su camino, lo que antes había visto de lejos ahora tenía forma, era la figura de un hombre. Se acercó con cautela tratando de hacer el menor ruido posible. Pero cuando se encontraba a tan solo unos pasos de distancia, se llevó una gran sorpresa: Solo era un espantapájaros, con sus ropas harapientas y un sombrero deshilachado. Su rostro era un trozo de madera con una cara humana mal tallada.
Quiso regresar a casa, pero no tenía ni idea de dónde se encontraba, ni qué era lo que hacía ahí. Por un momento tuvo la noción de lo que ocurría. No supo cómo, pero tenía que despertar. Aquello era una más de sus pesadillas.
Le golpeaba constantemente en su cabeza.
—Tienes que despertar, solo es un sueño, ¡despierta!
Cuando abrió los ojos, la habitación estaba impregnada de un ambiente cósmico, era como si el universo a escala estuviera ante él. No despertaba, solo se transportaba a otro sueño donde todas las siluetas que se perfilaban eran sombras. La soledad solo era un borrón gris que se hacía espacio en su conciencia y cobraba vida en la bruma de sus sueños.
Cuando terminaba de cruzar el lapso de oscuridad, el sol volvía como si la vida fuera capaz de adelantarse al tiempo normal. Desde el valle lograba ver en lo alto de una colina una casa que ardía en llamas. Ya no podía distinguir si era un sueño o era realidad. Era tan real como la vida misma, tan real que como nacemos morimos, tan real que como tal, nada es eterno. Aunque haya males que duren más de cien años.
Salió corriendo en busca de gente a la cual poder ayudar, pero cuando logró llegar al incendio, cinco gatos negros huían despavoridos del lugar. Él no se detuvo, quería ver si había gente dentro de la casa. Pero las inmensas llamas que se levantaban varios metros, no le permitían acercarse más. Sentía un ardor en su frente, estaba empapado en sudor, su mirada se perdía y se caía en pedazos junto a la casa, y sus gritos se confundían con la furia voraz de las llamas. El fuego le quemaba, y consumía su irrealidad sacándolo de su sueño.
Para cuando despertó, el sol ya se había levantado y sus rayos se colaban por la ventana dándole en toda la cara. Estaba empapado de sudor, y se sentía exhausto, pero le esperaba un día por delante, y como cada vez que los sueños le invadían tenía que tratar de olvidarlos, haciéndoles el menor caso posible.
CAPÍTULO II
NO ES MIEDO… ES UNA INCERTIDUMBRE VAGA E INDOLORA, APRIETA EL PECHO Y ENCOGE EL CORAZÓN
Por momentos le daba la sensación de que el lugar donde se encontraba lo conocía de toda la vida. Pero jamás había estado ahí.
Atardecía, y unas nubes oscuras amenazaban con dejar caer un aguacero. El aire que se respiraba era fresco y zarandeaba los árboles anunciando que pronto empezaría a llover. Los truenos retumbaban a lo lejos mientras el cielo se volvía de un gris oscuro. Unos minutos después, el panorama cambió radicalmente. El aire que soplaba desde el horizonte empujaba hacia la nada y las nubes se fueron disipando llevándose su mal augurio. Subió a lo alto de unas colinas, desde donde podía ver a sus pies toda una gran ciudad. Era como observar Barcelona desde Montjuïc. Solo que esta ocasión era diferente. Ahora observaba desde su casa.
Se quedó un momento disfrutando el crepúsculo apacible y, en el fondo, el contraste de los pájaros, revoloteando y cantando de alegría. Pero el sol se volvió a ocultar por completo y las nubes oscuras volvieron a aparecer, pronto una suave lluvia empezó a descender en forma de un rocío apaciguado, que era capaz de dar regocijo al verlo, y más al sentirlo.
Era la primera vez que se sentía feliz. No era miedo, no era conciencia, era vaga e indolora, apretaba el pecho y encogía el corazón y a su vez hacía flotar el cuerpo. No era miedo ni conciencia, o quizá sería una mezcla de todo lo que se podía sentir. Era algo en su pecho, una cosquilla interna. Algo que no se podría explicar se apoderó de él.
La lluvia seguía deleitándolo, era lo más bonito que había sentido nunca. El fuerte olor a tierra mojada, la primera tormenta del invierno era el comienzo de una nueva temporada. Dio un giro y se detuvo frente a la fachada de la que era su casa. La fuente de la entrada le obstruía la visibilidad, apenas distinguía la figura de una persona que agitaba sus brazos y le llamaba. Poco a poco se fue acercando y cuanto más avanzaba, más podía descifrar sus facciones. Sus mismos ojos café. Su mirada tierna y seductora, le jactaban hasta perderse en ellos.
Cuando la tenía solo a un palmo de distancia, le invitó a entrar.
—Sígueme.
Y se adelantó moviendo sus caderas y agitando su largo pelo negro, como una colegiala.
Para él, era encantador poder contemplarla. Poder vislumbrar su espléndida belleza. Fueron directos al comedor. En una mesa, un par de tazas de café les esperaban.
—Sabes, quiero decirte algo, aunque no sé. A lo mejor a ti te parezca una locura.
—¿Qué es? —preguntó él bastante intrigado.
Ella dudó un momento antes de contestarle. Le costaba decidirse a romper con su silencio.
—Quiero tener un hijo, un hijo de los dos —dijo por fin.
En la estancia se respiraba tranquilidad, mientras un abrupto congojo le ganaba la batalla al silencio. Los dos se veían directo a los ojos, pero nadie se atrevía a decir tan siquiera una palabra. Esta vez el silencio duro más tiempo, ni él, ni ella se atrevían a romperlo. Miguel intentó vagar por su mente, pero se había quedado bloqueado, se había quedado en blanco.
—No dices nada —musitó ella por fin, con un aire de pánico.
Miguel solo se limitó a contestarle con una sonrisa. Para él, era lo que le faltaba a aquel día para que fuera perfecto.
La sorprendió sujetándola por la cintura y se la llevó hacia su regazo, sus labios y los de ella se unieron en un beso profundo. Empezó a besarle el cuello y, sin ninguna prisa, empezó a recorrer cada parte de su cuerpo. Se amaron como dos adolescentes, descubriéndose mutuamente, olisqueándose todo su cuerpo, palpando con sus manos sus pechos y recorriendo con su lengua cada rincón de ella. Así, con tal frenesí, terminaron en la habitación principal.
Parecía que fuera la primera y la última vez que se amaran, como si el mundo después del acto terminaría para los dos. Lentamente, la fue desprendiendo de su ropa, prenda por prenda, hasta dejarla desnuda. Sus pechos parecían tallados a mano. Y su figura angelical desprendía un olor que le hipnotizaba.
Poco a poco, fue envolviéndose en su cuerpo, era como si el cielo y la tierra se unieran. Después de recorrer con sus labios todo su cuerpo y escuchar sus gemidos de placer que lo elevaban a un estado de locura, le cogió por los hombros mientras podía ver en su mirada gritos que se ahogaban en suspiros. Suspiros que le pedían que la amara.
Aquel instante se perdió, y se quedó en blanco. Fue como una corriente que le recorrió todo su cuerpo y lo fundió con el suyo. Como las materias cuando se unen, formando un solo elemento. La penetró con un deseo insaciable y un instinto brutal, hasta quedarse exhausto de placer. Fue como un rito hasta llegar al éxtasis, fue una locura, hasta que llegaron al punto cúspide, donde solo hay nada y el todo. Ese momento de subirte a la montaña rusa, sentir el vértigo y la energía deslizándose por tu cuerpo en ese preciso momento en el que no hay marcha atrás. Para Miguel fue mítico.
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