Israel Hernández - Sueños de sombras

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Sueños de sombras: краткое содержание, описание и аннотация

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Sueños de sombras es una novela contada en tres tiempos en los años 70 entre las ciudades de San Miguel (El Salvador) y Barcelona (España). Miguel es un joven con un pasado oscuro que se ve atraído a descubrir lo que su tutor Joan no consigue terminar de explicarle en su lecho de muerte. Dispuesto a encontrar sus raíces, cruza el océano y llega a El Salvador. En la posada donde se aloja es atormentado por extraños sueños que insisten en hacerle revivir y ser partícipe de un pasado lleno de intriga, amor y muerte. Un sacerdote, un sacristán y la dueña de la posada le ayudarán a descifrar un enigma que parecía haberse disipado en las lagunas del olvido. Sueños de sombras es una novela polifacética donde la intriga se mezcla con la historia y el amor con la muerte.

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—Muy bien —dijo el señor de la guardia—. Dejémonos de tanto sermón, y dígame, amable caballero, ¿a quién he tenido el privilegio de salvar de una muerte casi segura en esta mañana tan espléndida?

En su mirada se podía advertir que procuraba cuanto podía para agradarle; pero por lo visto a Miguel no le inspiraba ni pizca de confianza. Al darse cuenta de su imprudencia, le tendió su mano.

—Para usted, Antonio dispuesto a ser su amigo y servidor —dijo muy halagadoramente.

Se transformó en una persona verdaderamente amable y muy humilde, pero algo no se podía borrar así por así. Tenía el aspecto de un hombre bastante extraño. Era de esos hombres que dan malas sensaciones. Antonio era un hombre alto y de complexión fuerte, de acuerdo con su cuerpo, casi siempre vestía un viejo uniforme verde descolorido. Era un hombre muy curioso y arriesgado. Por ende, era el jefe de la guardia nacional de la ciudad de San Miguel.

Al darse cuenta de que no tenía más opciones.

—Miguel, mucho gusto —contestó y le estrechó la mano.

—¿Miguel qué?, si no es mucho preguntar —dijo mientras seguía sujetándole fuertemente la mano, como si tratara de intimidarlo.

Miguel dudó un momento...

—Como te podrás dar cuenta, sabrás que yo conozco mucha gente en esta ciudad y, a lo mejor, hasta te puedo ser de mucha ayuda —terció el guardia—. No es por jactarme y disculpa mi imprudencia, pero este mal lo he heredado de mi madrecita, que Dios me la tenga en su santa gloria. Si no se la quedó San Pedro para sus interrogatorios, y ahorrarle faena, la pobre.

—Miguel González —contestó por fin.

—González… —repitió exaltado, mientras se quedaba un momento pensativo—. No me suena de nada. Pero eso no importa. Y dime —prosiguió— ¿qué te ha traído por estas tierras en estos tiempos tan malos que corren? Porque, que yo sepa, los tiempos del dorado quedaron atrás y en las manos de nuestros burgueses y la madre patria.

—Mi viaje son asuntos sin mayor importancia.

La verdad, se estaba volviendo cada vez más impertinente con tanta charlatanería y a Miguel eso le fastidiaba mucho. Pero, sin embargo, estaba convencido de que se había tropezado con la persona idónea; para que le ayudara en su investigación. Solo era cuestión de tiempo el ganarse su confianza.

Caminaron por diversos callejones, que parecían no tener salida, hasta que se encontraron frente a la catedral. Sus campanarios puntiagudos los bañaban con su sombra y los protegían del abrumador calor. Miguel se detuvo un momento a observar una imagen de un Cristo con las manos extendidas situado entre las dos torres. Parecía darle la bienvenida. Al fondo, un sacerdote empezaba la misa, la habitual de los domingos, a la que acudían la mayor cantidad de feligreses.

—No pretenderás entrar —se detuvo Antonio, enarcando sus cejas, luego encogió los hombros y se quedó disimulando una sonrisa irónica.

—No —contesto fríamente Miguel—. Tengo cosas que hacer.

—Bien, ha sido un placer conocerte. Me encantaría poder hablar otro día contigo. Quién sabe, a lo mejor hasta podemos ser amigos.

—Será para mí un gusto. Me hospedo en la posada de doña Marta, cuando quiera, ahí me puede encontrar.

Por lo visto el día no fue el esperado para Miguel, se despidió de Antonio y se fue directo a la posada. Sin embargo, había algo que no le dejaba tranquilo. Las imágenes de aquella chica asustada. Era la india más hermosa que sus ojos jamás hubieran visto. No tardó mucho tiempo en llegar a la posada, y tampoco podía apartar de su cabeza su mirada, sus grandes ojos café y lo que su blusa permitió que viera.

Como no encontró a nadie en la posada, dedujo que se encontraban en la catedral. Recorrió todo el pasillo y se dirigió directo a su habitación, se sentó en el borde de la cama y empezó a preguntarse si hacia bien en querer averiguar sobre su pasado o solo era una obsesión creada por su complejo de solitario. Le daban ganas de regresar a Barcelona y olvidarse de todo, ponerle flores a la tumba del padre Juan en Montjuïc y seguir con su vida, como una persona normal. Pensaba en buscar una mujer, casarse y tener hijos. Y cuando le preguntaran por sus abuelos, inventarse alguna historia. Hasta que el cansancio de tantas incoherencias y el cambio de horario hicieron que se quedara dormido.

Había una daga de plata que él siempre había cargado en un costado de su cintura, ese día se la había tocado en más de una ocasión. Era una sensación de intranquilidad. Aquel día Miguel se sentía diferente, parecía que todo el mundo tuviera puesto los ojos en él. Iba por un camino que le resultó familiar. Entonces, vinieron a su mente olores y recuerdos, entrelazándose el pasado con el presente. Recordó aquel perfume que llevaba el día que se conocieron, aquel día cuando se dieron el último beso, la forma de sus labios, su forma de caminar, la forma en la que le miraba. Todo era tan absurdo, y es que no la había visto nunca, pero la conocía tan bien por haberla soñado tantas noches.

Después de haber doblado la esquina, alguien al que no había tenido tiempo de verle el rostro, le arrebató la daga en menos de lo que se persigna un cura loco, y se la incrustó en el abdomen en un abrir y cerrar de ojos. Lo había dejado casi inconsciente. Pero que raro, eso era como un recuerdo. Luego sintió otro golpe. Uno de sus brazos había caído al suelo. Ahí reaccionó.

«Demonios, que sueño más tonto», pensó.

Los días que siguieron pasaron sin mayores incidentes. Se fue acostumbrando al nuevo ambiente, al nuevo horario, y a la gente campesina, trabajadora y servicial, que iba conociendo por doquier. Salió a conocer algunos pueblos cercanos a la ciudad. Pasó unos días en Usulután y otros en Ciudad Barrios. Desde ahí había viajado a pueblos remotos en el norte de Morazán, ya en la frontera con Honduras. Ahí conoció a gente muy humilde y a la vez interesante. Se encontró con un señor con la barba desaliñada en un pueblo llamado Perquín. Mientras intercambiaban opiniones sobre la política en Europa y la comparaban con América Latina se bebieron todas las cervezas Pilsener que había en aquella pequeña posada. Nunca más volvería a encontrarse con aquel hombre, aunque tiempo después leería su tesis en la universidad nacional. De regreso del último, no se encontraba muy bien; pero aun así decidió pasar por el puesto donde anteriormente había roto los jarrones. Quería volver a ver aquella hermosa chica, a la que no lograba sacarse de la cabeza, quería disculparse, ya que no había tenido la oportunidad de hacerlo.

Pero fue en vano. Por más que preguntó nadie le dio razones de tal puesto. Parecía que solo lo había soñado, como una visión, pero él se negaba a convencerse de tan absurdas ideas, sabía que la había visto, sabía que no habían sido alucinaciones suyas. Pero al fin tuvo que desistir. Dio las últimas vueltas que siempre lo terminaban llevando al mismo sitio: a mundos sin respuesta. Cada vez se encontraba más confundido, y sus pies ya no le respondían, se sentía un poco mareado.

—Mejor me voy a descansar, otro día volveré.

Cuando llegó a la posada, saludó a doña Marta y se fue directo a su habitación a meterse en su cama. Sin embargo, no quería dormir. Tenía miedo a sus sueños. Últimamente, se aglomeraban y se convertían en pesadillas o en un brote psicótico, en donde prevalecían alucinaciones que no podía controlar, en las que ya ni él era dueño ni de sí mismo. Era como si alguien se empeñara en jugar con él. Peleaba para que sus párpados no lograran cerrarse, y cuanto más luchaba, más recordaba las sombras. En cierta manera tenía miedo de convertirse como Mr. Hyde. Pero no lo lograba nunca, al final siempre se quedaba dormido. Y se sumía en las sombras.

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