Y cuanto más lo observaba; sus curvas trataban de forjar formas que su subconsciente trataba de descifrar. A veces lograba sonrisas, a veces caras de espanto. ¡En una rama de uno de ellos algo colgaba! Quería ir a investigar qué era, pero cuando intentó dar un paso, sus pies no respondían. No era capaz ni de mover una sola parte de su cuerpo que se había quedado aletargado, no era capaz de mover un solo dedo de sus manos. Su cuerpo pesaba como si fuera de plomo.
Quería averiguar qué demonios era lo que colgaba de la rama del amate, pero su cuerpo se negaba. Hasta los mismos árboles parecían tener vida y verlo con sarcasmo. Al ver que le era imposible moverse, después de hacer tanto esfuerzo, no le quedó más opción que tumbarse exhausto en el suelo. Su consciente se debatía con sus músculos y cuando por fin logró moverse, vio a doña Marta sentada en una de las grandes raíces que sobresalían de los amates. Estaba llorando desconsoladamente bajo la sombra que colgaba. Le empezó a gritar desesperadamente, pero no fue capaz de verlo, parecía que no era parte de su realidad. Luego, la silueta de un hombre se acercaba a grandes zancadas; no se lograba definir su rostro y su vestimenta era una sotana negra y larga que le cubría desde los pies hasta la cabeza. Él gritaba, pero era inútil, nadie lo escuchaba. Aquella sombra pasó a centímetros de él. Pudo sentir la brisa que agitaba su vestimenta negra. Cuando volvió a observar a doña Marta, ya no lloraba. Esta vez se reía a carcajadas; pero lo que más le extrañaba era que siguiera ignorando su presencia. Luego, doña Marta se alejaba sin escuchar sus gritos. Solo se quedó con la sombra que colgaba del árbol.
Quería salir corriendo detrás de doña Marta, pero todo esfuerzo se desvanecía en la nada. La luna lo bañaba con su grisácea luz y los grillos hacían su concierto en la oscuridad de los matorrales, y como soneto de fondo las rimas del riachuelo, que se afanaba en su interminable recorrer.
La noche parecía ser infinita e inacabable hasta que…
—Dios. Solo ha sido un sueño.
Si, solo una pesadilla más. Recordaba haber soñado sombras. Eran sueños de sombras.
—Miguel —dijo una dulce y tierna voz.
Alguien llamaba a su puerta.
—Un momento, por favor —respondió.
Aún estaba aturdido por tan extraño sueño, aún su corazón palpitaba como si hubiese visto al mismísimo Satán.
—Su desayuno lo espera. La mesa ya está servida. Y dese prisa que a doña Marta no le gusta esperar.
La chica que lo había ido a despertar era Isabel, la ayudante de doña Marta, que también se encargaba de la limpieza en la posada. Siempre andaba atareada y de mal humor, a excepción de los domingos que era su día libre y se escapaba con un joven, quien sabe para dónde, pero siempre aparecía los lunes por la mañana puntual a su trabajo.
Él se vistió deprisa y salió corriendo para el comedor, sin prestarle atención a lo que había soñado. De todas maneras, solo era un sueño más.
Doña Marta estaba sentada en el extremo inferior de la mesa, con una taza de café en sus manos.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días —le contestó doña Marta—. Espero que descansara bien, lo veo un poco pálido, debió haber tenido una mala noche —dijo, e hizo uno de sus gestos irónicos, como riéndose de él.
Su rostro parecía más cansado de lo normal, sus ojeras delataban su desvelo.
—He pasado una noche placentera —contestó, tratando de no mirarla directamente a la cara, ocultando la cara de trasnochado que tenía.
—Tome asiento que su café se enfriará —señaló doña Marta, bajando la mirada decepcionada por su arrogancia.
Mientras Miguel se sentaba, en su rostro un destello de luz le iluminó, y tuvo un buen presentimiento intuyendo que aquel sería un buen día.
Desayunaron casi sin decir palabra y evitando mirarse directamente a la cara.
—Me gustaría hacerle unas preguntas —dijo Miguel un tanto inseguro, tratando de encontrar un tema de conversación.
—Tú dirás —respondió doña Marta fríamente—. ¿Sobre qué quiere saber...?
—La verdad es una historia que no logro entender muy bien y no sé por dónde empezar.
—No te preocupes. Las cosas no hay que complicarlas, debes ir directo al punto, di lo que piensas y no lo compliques nunca. La simplicidad es lo más ingenioso que puedes hacer cuando trates de comprender algo que se te presente difícil.
—Me gustaría saber un poco de este país —contestó.
Le molestaba a Miguel no poder controlar la conversación. La última respuesta no era lo que pensaba. La verdad él quería preguntarle por las personas que buscaba, y quería hablarle sobre los motivos, de su viaje. Pero tuvo una corazonada e intentó enseguida cambiar el tema.
—Mejor sígame contando la historia que dejamos a medias anoche. La dejamos donde Carmen le contaba cómo había acontecido el parto y de cómo parecía recordar que alguien la observaba detrás de la ventana.
Fue lo más sensato que se le ocurrió para tratar de cambiar la conversación. Enseguida se dio cuenta de que se encontraba entre la espada y la pared.
Doña Marta dirigió su mirada a la mesa, y enmudeció… Se quedó callada, como ausente. Su mirada se perdió escudriñando su alma, revolcándose en el infinito de sus recuerdos. Volver a sentir como se le erizaba la piel al revivir cada detalle de lo vivido, volver a sentir la brisa en su cara mientras caminaba por aquellos valles. El viaje a su interior fue breve para la percepción de Miguel. Aunque para ella había durado una eternidad.
De pronto, levantó la mirada, su rostro estaba pálido, parecía diferente. Como no estarlo, si acababa de soltar uno de sus demonios internos que, cual perro rabioso, la arrastraba hasta esos días que ella no quería recordar.
Un momento más se quedó pensativa, vagando quizás por los días de su juventud.
Los pelos se le erizaron a Miguel, cuando ella por fin dijo:
—Hijo mío. Dicen que la cabra siempre tira al monte.
Miguel entendía aquel refrán, pero por más que le dio vueltas a su cabeza, no pudo encontrarle coherencia con la conversación. Parecía que doña Marta se había enfadado.
Ya estaba dispuesto a abandonar la mesa, al darse cuenta de que, por motivos que desconocía, doña Marta no seguiría contándole el resto de la historia. Eran extrañas sus metáforas.
Y tras aquel acontecimiento una duda se fue arraigando dentro de él. Le era extraño porque parecía conocerla de toda la vida. Sus gestos irónicos, se convirtieron en rasgos de alguien que envejece muy deprisa, sus arrugas parecían marcar más lo duro de su vida.
Lo único que Miguel quería era salir corriendo, pero sus pies no respondían, sin querer se habían hecho un lío con la conversación.
Los dos fijaron sus miradas el uno al otro. Se quedaron viendo por un breve instante que a Miguel le pareció una eternidad, su mente se bloqueó. Era incapaz de ordenar sus ideas, era algo que solía ocurrirle con frecuencia cuando estaba confundido o pensativo en algo.
Pero por fin ella le sonrió.
—Lo espero por la noche para que me acompañe a cenar, ya que supongo que querrá salir a conocer la ciudad, y por la tarde a lo mejor tenga respuesta a alguna de las preguntas que no logro formular ahora.
Sin decir más se levantó de la mesa.
Miguel se quedó sentado en la mesa sin moverse observando a doña Marta hasta que desapareció por el largo pasillo que recorría cada una de las habitaciones de la posada. Lo primero que se le ocurrió fue ir a su habitación y sacar de una vieja maleta todos los apuntes que logró recoger en Barcelona antes de partir. Tenía un papel entre sus manos y lo releyó una vez más. No era mucho.
Juan, sacerdote de la diócesis de la catedral de San Miguel.
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