1 ...7 8 9 11 12 13 ...24 La literatura tiene algo de adyuvante epistemológico. Sensibiliza a los historiadores respecto de lo que ignoran o desconocen: el papel del azar, la idea de contingencia, la dimensión privada de los grandes acontecimientos. La literatura es una caja de herramientas cognitivas de la que pueden tomarse modelos de historicidad o de ejemplaridad, categorías de percepción de lo real, filosofías del tiempo y formas de interpretación del mundo. (Jablonka, 2016: 123)
Al mismo tiempo, el historiador francés expone ciertas marcas o herramientas que la historia comparte con la literatura y que, en gran parte, pueden encontrarse en las novelas del corpus. En esos textos se procura generar efectos de verdad, a partir de la inserción de los personajes en un período histórico identificable, con la inclusión de detalles que “hacen aparecer lo real” en la narración, y a partir de la generación de “efectos de presencia” que procuran al mismo tiempo hacer ver, hacer creer y hacer comprender. Asimismo, se busca llegar desde la representación hacia una comprensión, a un razonamiento sobre lo real. Este tipo de textos busca comprender lo que hacen los hombres a través del tiempo, es decir que ponen en funcionamiento un método para entender a un sujeto y su devenir, en el pasado, el presente y el futuro. Por lo tanto, intentan desplegar en la medida de lo posible explicaciones causales, sistematizan y organizan los acontecimientos para comprenderlos y, por lo tanto, proceden a una puesta en orden del mundo.
En este sentido, la ficción no es ni verdadera ni falsa sino que establece otro tipo de relación con la realidad por fuera de estas variantes. Existen entonces ficciones intransitivas que son las que no establecen un vínculo con lo real. Mientras tanto, la ficción “transitiva”, que de algún modo remite al mundo, puede hacerlo a través del género de lo increíble (los mitos, las fábulas), lo verosímil (aquello que es creíble) y las verdades superiores , es decir, aquellas que llevan el efecto de lo real a niveles muy elevados: “La literatura, entonces, revela lo que no sabíamos: los destinos desconocidos, los sufrimientos ignorados, las pequeñas humillaciones de todos los días, pero también las fisuras, las contradicciones” (Jablonka, 2016: 200). Sin embargo, a partir de esta dualidad inicial en relación con lo real, Jablonka identifica una tercera variante en la cual no participa la mímesis. Se produce en lo que denomina como “ficción-revelación”, y varias novelas del corpus pueden ser relacionadas con esta modalidad ya que es una ficción que “puede provocar una suerte de comprensión instantánea y proporcionar así al lector la clave necesaria para decodificar lo real” (201). Jablonka denomina “ficciones de método” a aquellas herramientas que se ponen en juego en la ficción y la historia para dar cuenta de lo real. Pueden mencionarse entonces el extrañamiento (iniciar un proceso de desfamiliarización con lo que se cuenta), la plausibilidad (la construcción de una narración “apuntalada, visible y humilde”), la puesta en juego de conceptos y teorías (la utilización de “imágenes-conceptos” para exponer una teoría), y el empleo de procedimientos narrativos (se produce entonces un “efecto de dramatización” que reaviva lo que se relata). De este modo, la ficción se transforma “en una de las herramientas que sirven para buscar y construir lo verdadero” (222).
1. Entre los teóricos y críticos que estudiaron la novela se encuentran Friedrich Schlegel, Hermann Cohen, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Erich Auerbach, y con posterioridad, Fredric Jameson, Tzvetan Todorov, Julia Kristeva, Northrop Frye, Marthe Robert, entre otros.
2. Cf. Bajtín (1989), Lukács (2010), Tacca (2000), Barthes (2005), Kundera (2006), Goytisolo (2013), Wood (2016).
3. El término testis proviene de tertius y designa a las terceras personas que certificaban un contrato en el derecho romano (Benveniste citado por Ricœur, 2008: 212).
4. Sobre los cruces y diálogos entre ficción e historia, cf. Jablonka (2016), Auerbach (2014), Fernández Prieto (1998).
CAPÍTULO 2
Panorama de la novelística tucumana, 1950-2000
La novela es una lectura muy válida de la realidad que no todos están dispuestos a aceptar.
Hugo Foguet
El tiempo humano seguirá siendo siempre rebelde.
Marc Bloch
1. Desarrollo del campo cultural y literario tucumano
Desde finales del siglo XIX, con la inclusión de la provincia de Tucumán en la red ferroviaria y la llegada del ferrocarril en 1876, la industria azucarera recibe un gran impulso para su posterior industrialización. Se adquiere nueva maquinaria que llega desde el extranjero, se aceleran los tiempos de producción y se aumenta considerablemente la cantidad de azúcar que se elabora. A partir de esta influencia económica y social que genera la industria azucarera, puede apreciarse en la provincia un desarrollo en ámbitos urbanos y rurales, y en los colectivos sociales. 1El desarrollo de la industria se ve acompañado entonces por la aparición de nuevas pautas sociales y por el delineamiento de inquietudes culturales, 2en gran medida estimuladas por las nuevas elites. 3Así es que, a grandes rasgos, pueden leerse como hitos significativos en la vida de la ciudad y de la provincia el funcionamiento del Colegio Nacional y de la Escuela Normal, el fomento a la actividad dramática al erigir el teatro Belgrano, la conformación de la Sociedad Sarmiento, la creación de la Universidad Nacional de Tucumán y, posteriormente, de la Facultad de Filosofía y Letras, el desarrollo del periodismo cultural a través de revistas y suplementos en los diarios 4y el surgimiento del grupo La Carpa. Estos momentos ayudan a comprender la magnitud de una vida cultural que puede leerse e imaginarse en la novelística estudiada.
Con el aporte de figuras como Juan Bautista Alberdi, Nicolás Avellaneda y, posteriormente en los años finales del siglo XIX, con la llegada de Amadeo Jacques, Paul Groussac, entre otros intelectuales, el clima cultural de la provincia se modifica considerablemente y se trazan esquemas de desarrollos futuros. Dos instituciones decisivas en esos años son el Colegio Nacional, fundado en 1864, y la Escuela Normal, creada en 1875 (Martínez Zuccardi, 2007: 4-5). En esas instituciones se formarán importantes políticos e intelectuales de la provincia. Una síntesis de esta efervescencia se puede cotejar en palabras de Eduardo Rosenzvaig:
El [18]82, año prometeico en el que, a seis de existencia, la Escuela Normal da tres docenas de profesores diplomados, entre ellos media de mujeres; termina la construcción del teatro Belgrano y el gran puente de quebracho sobre el Salí, y tres veces a la semana salen a la calle La Razón y Los Debates , dos El Republicano , una El Católico . (Rosenzvaig, 2008: 275)
Formación de docentes, actividad en los teatros, publicaciones periódicas. Sobre este último aspecto es importante tener en cuenta el relevamiento realizado por Manuel García Soriano sobre los orígenes y el desarrollo del periodismo desde el siglo XIX. El periodismo “nace” en Tucumán con la impresión del Diario Militar del Ejército Auxiliar del Perú (1817-1819), luego de que el general Belgrano introdujera la imprenta. En 1820 aparecerá El Restaurador , que funciona como tribuna política, al que le seguirán muchas otras publicaciones. Mientras que en 1872 se funda La Razón , según García Soriano (1972: 7-9), el “primer gran periódico tucumano”, el primer diario informativo moderno de la provincia que se mantendrá en circulación hasta 1887. Fundado por Ernesto Colombres, en 1883 aparece el diario El Orden , que luego será dirigido por León Rosenvald, y que se convertirá en el diario hegemónico en Tucumán hasta la aparición de La Gaceta (pp. 30-40).
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