Aintzane Rodríguez - Fuego bajo las nubes

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LONDRES 1910Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Este hilo nunca desaparece y permanece constantemente atado a sus dedos, a pesar del tiempo y la distancia.En una sociedad en la que el destino de cada persona está marcado y reglado por un hilo, lo peor que puede pasarte es nacer sin él.O no.Olivie a veces piensa que sería más fácil si ella y su hermano Julien estuvieran enlazados. Otras veces se alegra de que no sea así. Ella reparte su tiempo entre la fábrica, el baile y las sufragistas y su hermano tiene que lidiar con la obligación de ir a la universidad pero querer dedicarse al arte. Elisabeth, por otro lado, se junta con Oli cuando huye de un pasado que parece haberla encontrado mucho antes de lo que ella quisiera, mientras que Nasha está atada a un presente que no quiere dejarla crecer.Nada es fácil y lo es aún menos cuando se anuncian los resultados de las elecciones y el Primer Ministro hace una promesa que nadie espera que cumpla. Nasha, Oli y Beth lucharán por defender sus derechos, aunque cada una tenga su forma de ver el mundo.

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—¿Has venido hasta aquí para contármelo?

Había algo más detrás de aquella visita. Olivie, por lo que había llegado a conocerla, no parecía de las que se dedicaba a difundir información; era más bien de las que protestaba contra lo que no le gustaba.

Se apartó los mechones de pelo que se le habían salido del moño. Estaba cerca, muy cerca, y, a pesar de su figura delicada, casi angelical, estaba enfadada y eso le otorgaba una especie de aura brillante y revolucionaria. Si mi reflejo en sus ojos hubiera sido más nítido, habría podido ver las manchas pegajosas de bebidas en mi camisa, mis párpados caídos y la nariz arrugada. Los rizos apelmazados y las mejillas enrojecidas, al igual que las orejas.

—He venido para que me acompañes a la manifestación. Han convocado una enfrente del Parlamento en unas horas y pensé que querrías venir.

—Creía que Emmeline Pankhurst y su grupo habían hablado de tregua.

El gesto de Olivie se ensombreció y sus palabras sonaron metálicas al salir de su boca:

—Ellas no han decidido esto. Ya te dije que ellas no decidían todo.

No respondí. Me quedé quieta, mordiéndome el interior de la mejilla, sin saber muy bien qué hacer. Le dije a Louise que pelearía con ellas a pesar de no recibir nada a cambio —su ayuda en un futuro, quizá—, aunque desde que Edith nos había hablado de la tregua, estaba mucho más tranquila. Si en lugar de un alto el fuego, Emmeline Pankhurst nos hubiera convocado a protestar, estaba casi segura de que lo habría hecho sin pensármelo demasiado. En cambio, había otras opciones menos peligrosas y quizá yo era demasiado cobarde eligiéndolas, pero las había elegido.

Estaba asustada y las advertencias de Louise se habían abierto camino entre mi propia convicción.

—Lo siento, Olivie, no puedo.

Olivie estaba tan segura de que aceptaría que, de repente, su sonrisa se desinfló en sus labios, torciéndose en una mueca desagradable. Sentí que incluso el día perdía color.

—Creí que tú, precisamente tú, lo entenderías. Que me entenderías.

Sus palabras sonaron envenenadas, como si tuviera que estar enfadada conmigo. Fruncí los labios. Yo no tenía la culpa de nada.

—No, Olivie, entiéndeme tú a mí. Si no hubiera otra forma, sería la primera en acompañarte. Pero la hay, nos están ofreciendo alternativas y prefiero luchar por ese camino.

Ella chasqueó la lengua, molesta, y eso, por algún motivo, me molestó. Ella podía hacer lo que quisiera, del mismo modo que yo también quería decidir.

—Lo siento. Ya te lo dije en la reunión, solo que estabas muy enfadada para escuchar a nadie más.

Y yo solo estaba demasiado asustada para opinar.

Estaba tan cansada, con los brazos pesados y la espalda dolorida. Tenía frío y sueño y miedo y me sentía mal por Olivie, aunque no fuera mi culpa. Estaba confusa, porque era incapaz de mantenerme firme en una opinión, como Olivie o Louise, y le daba demasiadas vueltas a la cabeza hasta que no sabía si lo que gobernaba en mí era la decisión de pelear o el pánico a hacerlo. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes para poder colgarme de su brazo y seguirla hasta el Parlamento. Sin embargo, por muy parecidas que ella pensara que éramos y por muchos objetivos comunes que tuviéramos, había intereses que no podíamos compartir.

«Pero no te olvides de que incluso las que consideras tus iguales trabajan en fábricas y tiendas, en oficinas y sombrererías, no en antros en los que tienen que ver a su madre prostituirse para vivir».

Las palabras de Louise se volvieron más reales cuando reconocí la figura que se acercaba a la casa trastabillando.

—De todas formas, puedo ir sola.

Olivie frunció los labios y se dio la vuelta, haciendo volar su falda. La miré marcharse e intenté no salir tras ella, no pedirle disculpas, aunque no sabía exactamente por qué sentía la necesidad de hacerlo. No podía hacer nada y tenía que repetírmelo para que la culpa o la cobardía no me carcomieran por dentro, abriendo agujeros en mis entrañas.

Me acerqué a mi madre, que se tambaleaba sobre los zapatos y arrastraba una especie de camisola por el suelo. Si había estado vagando por la ciudad vestida así desde que cerré el club, no solo habría cogido frío más que suficiente para un resfriado, también habría tenido algún que otro encontronazo desagradable. No pude evitar el pinchazo de culpabilidad en el costado. Si la hubiera acompañado a casa…

Pero ella me había rechazado y ya había intentado en otras ocasiones obligarla o seguirla. Ninguna de ellas había terminado bien para ninguna de las dos.

No eres su niñera, Nasha, eres su niña.

A veces no me parecían papeles tan diferentes.

Cuando llegué hasta ella supe que estaba mucho más borracha de lo que parecía en un primer momento. Sus ojos estaban rojos y sus labios, hinchados, con todo el maquillaje corrido en las mejillas. Tenía un aspecto polvoriento, como si llevara mucho tiempo olvidada en un almacén, acumulando el paso del tiempo en la piel. La empujé para que se apoyase en mí y sentí su peso en los hombros.

—Vamos a casa.

Agradecí que estuviera consciente cuando entramos y la senté en el baño y la ayudé a deshacerse del camisón y a quedarse tan solo con la ropa interior. Su cuerpo estaba sucio y pegajoso, así que también lo limpié, intentando que mis dedos no rozaran su piel.

Me daba miedo darme cuenta de que era exactamente igual que la mía.

Le di uno de mis camisones limpios y también le preparé la infusión que Louise me daba en las noches que me costaba dormir. La habitación estaba vacía y el reloj marcaba las siete de la mañana, sus agujas afiladas desplazándose con lentitud. La senté en el borde de la cama mientras se la tomaba y lloré. Ella no iba a ver mis lágrimas y tampoco le importarían.

Lloré porque no sabía qué hacer. Porque era mi madre, pero a veces deseaba que no lo fuera. Lloré porque no quería sentir aquello, porque no quería que doliera, porque quería que fuera amor. Porque me asustaba haber pensado alguna vez en huir, en dejarla atrás, y al mismo tiempo soñaba con ello cuando no podía controlarlo. Lloré porque me hubiera gustado que se levantara para abrazarme, que me hubiera abrazado en muchas más ocasiones de las que lo había hecho. Lloré porque me dolía quererla y me dolía pensar en no hacerlo.

Lloré porque lo necesitaba.

Necesitaba respirar y sentía que ella se quedaba con todo el aire.

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