Juan José Barrientos - Ficción-historia

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La renovación de la novela histórica responde al deseo de los lectores de conocer la historia entre telones y a los personajes históricos en la intimidad. El autor sostiene que la nueva novela histórica es decididamente subjetiva. Se trata de llenar los huecos de los libros de historia, aprovechando los rumores que los historiadores descartaron.
Este libro reúne diferentes textos escritos por Juan José Barrientos durante una década, 1986 a 1996, en los cuales presentó en foros internacionales y revistas especializadas su análisis de la renovación de la novela histórica latinoamericana, que a la vez es una revisión de la novela histórica clásica universal.

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La versión de Blasco Ibáñez es completamente opuesta. La decisión de patrocinar la empresa descubridora no es de la reina, sino de Fernando, que al principio no había podido disimular su asombro al escuchar las pretensiones de Colón, pues éste, entre otras cosas por el estilo, “pedía ser virrey y gobernador a perpetuidad de cuantas tierras descubriese viajando hacia Occidente, libres de soberano o que él pudiera conquistar, trasmitiendo dicho gobierno a sus hijos hasta sus más remotos descendientes” (99); sin embargo, Santángel lo convenció de que aceptara sus condiciones, argumentando que mal podría el genovés apoderarse de algún reino, “si llegaba a las tierras del Gran Khan con tres naos y un centenar de hombres” (103). Y de acuerdo con esto, Alejo Carpentier no sólo convirtió la decisión del rey en una decisión de la reina sino que para darle a ésta mayor fuerza eliminó el papel que desempeñaba Santángel. Hay además oposición en la manera de trabajar el episodio de las joyas, pues Blasco Ibáñez rechaza la leyenda; Isabel no pudo empeñarlas porque “Sus joyas estaban empeñadas hacía mucho tiempo, y era el mismo Santángel quien le había servido de intermediario con unos prestamistas de Valencia” (105). En cambio, Alejo Carpentier conserva el episodio, pero lo modifica para realzar la imagen de la reina; Isabel no tiene que entregarle sus alhajas a un usurero, sino que el judío es víctima de un préstamo forzoso.

También Blasco Ibáñez presentó a Colón como amante, pero no de la reina y tampoco de Felipa, una dama de la nobleza, sino de Beatriz Enríquez, que era hija de un labrador. Probablemente se conocieron por medio de los parientes de ella (Gandía: 12), pues aunque era huérfana no hay motivo para pensar que trabajaba en el mesón donde él se alojaba. Blasco Ibáñez opta por esta versión poco favorable, pero al describirla es algo más generoso: tenía veinte años y “Llamaba la atención entre las andaluzas de pelo retinto, ojos negros y tez morena, por su cabellera rubia, de un dorado pálido, por sus pupilas garzas” (72); incluso le concede “una virtud-agresiva”, ya que “sólo podía atender a los hombres ‘como Dios manda’, o sea cuando se acercasen con el buen propósito del matrimonio” (72), y en esto se opone a quienes suponen que era una mujer “de fácil disposición” (Madariaga: 228) para explicar que Colón no se casara con ella. Su importancia en la novela se debe a que es uno de los personajes por medio de los cuales lo conocemos. Ella lo mira dibujar mapas en la posada, le atrae su gentileza y acaba enamorándose de él. Los planes del genovés se aplazaban, y al verlo abatido ella se le entrega. Hay pruebas de que Colón siempre se sintió agradecido. Nunca se casaron, de acuerdo con Blasco Ibáñez, porque él no tenía papeles. La tesis de que era judío explica que no hubiera matrimonio. Se había casado en Portugal “cuando estaban adormecidos los odios religiosos y no escarbaban clérigos y escribanos en la documentación de cada individuo para conocer exactamente su origen” (91). Por su parte, Alejo Carpentier menciona también esta relación, pero de una manera distinta, ya que el mismo Colón aclara que:

De matrimonio no hablamos, ni yo lo quería, puesto que quien ahora dormía conmigo no estaba emparentada con Braganzas ni Medinacelis, habiendo de confesar, además, que cuando yo me la llevé al río por vez primera, fácil fue darme cuenta que, antes que yo, había tenido marido. Lo cual no me impidió, por cierto, recorrer el mejor de los caminos, en potra de nácar, sin bridas y sin estribos (84).

No hay duda de que Carpentier se burla de Blasco Ibáñez mostrándonos que a un hombre como Colón no le importaban doncelleces y que Beatriz simplemente no estaba a la altura de las ambiciones del genovés, a quien, si hay que presentarlo como amante, tiene que ser de Isabel, reconociéndole su verdadero tamaño no sólo a él sino también a la reina. La manera en que maneja el texto de uno de los más conocidos romances de García Lorca es una especie de guiño al lector que nos recuerda que no estamos después de todo sino ante un relato que ha sido escrito por alguien para divertirse y divertirnos. Paradójicamente, esta ruptura de lo verosímil contribuye a que aceptemos su versión de los hechos.

Propósitos

Tradicionalmente se ha dicho que Colón buscaba una ruta hacia la India y descu­brió América por error, pero Henri Vignaud, primero en monografías y luego en la famosa Histoire critique… que publicó en 1911, sostuvo que “no tuvo por fin llegar al Oriente, y sólo partió con el proyecto de descubrir la isla Antilla” (Gandía: 104); posteriormente, Charles Duff y Phillip Guedalla afirmaron en un libro que “fueron los judíos quienes costearon el primer viaje de Colón [porque] no ignoraban que serían expulsados y querían prepararse una tierra en donde emigrar”, así como que esta tierra ya era conocida por los normandos, y Colón sabía de sus descubrimientos. Alejo Carpentier combina estas ideas: en El arpa y la sombra Colón busca, no la isla Antilla, sino “una inmensa Tierra Firme… que se prolonga hacia el Sur [de la Vinlandia] como si no tuviera término” (71); no descartaba, es cierto, que fuera parte de Asia, pero sobre todo habló de ir a la India, porque era más fácil hallar apoyo para una expedición al Oriente que para un viaje a lo desconocido; en cambio, Blasco Ibáñez prefiere la tesis tradicional.

El motivo de esta elección es claro. Se sabe que Colón creyó el planeta más pequeño de lo que es, porque se basó en las medidas del astrónomo Alfragano y pensó que las millas árabes eran iguales a las italianas, que son más cortas. Blasco Ibáñez se burla de que, al no encontrar Cipango donde la suponía situada, Colón no haya querido buscarla y dijera que “era preferible seguir la misma dirección de siempre, yendo a dar en derechura con la tierra firme del Gran Khan”, ya que “tiempo les quedaba para volver” (187). En el mismo tono menciona a Luis de Torres, “judío converso que hablaba varias lenguas y estaba reservado por el capitán general para figurar como intérprete de la embajada que enviaría al famoso ‘rey de reyes’, así que tocase en las costas de Asia” (169), pues “el Gran Khan de Tartaria, descrita por Marco Polo y Mandeville, en cuya busca iba Colón, había sido destronado en 1368 por la dinastía china de los Ming” y “Había dejado de existir ciento veinticuatro años antes” (161), de modo que Colón no sólo andaba despistado sino atrasado de noticias. De esta forma, el viaje se convierte en una comedia del error, pues, “Como siempre estamos propensos a entender en los demás aquello que llevamos en nuestro pensamiento, Colón encontraba al Gran Khan y a sus opulentas provincias en los relatos que le hacían los indios con palabras ininteligibles” (219).

En cambio, Alejo Carpentier no se burla de Colón desde el siglo xx, sino que presenta sus ideas geográficas de modo que resultan coherentes. Estas se basan en la confusión de las millas árabes de Alfragano con millas italianas, así como en las relaciones de Marco Polo y otros viajeros, pero también en lo que Colón había sabido en Islandia. Por eso en El arpa y la sombra Colón sabe que viaja:

a la Vinlandia remota —o a su prolongación meridional— que yo había presentado a mi dueña como provincia hacia mí avanzada de un reino señoreado por el Gran Khan o algún otro Príncipe de Indias, para quienes se me había dado cartas y, por si mi ficción resultaba cierta, llevaba a bordo a un Luis de Torres…. que dizque sabía hablar, además de la lengua hebraica, el caldeo y algo de arábigo (96).

En alguna parte piensa que “esta tierra de Colba o Cuba lo mismo puede ser el extremo meridional de la Vinlandia que una costa occidental de Cipango” (117) y, aunque más adelante admite que “nada de lo visto en la tierra nuevamente hallada me indicaba que nos aproximábamos a Cipango o a provin­cia regida, siquiera, por un príncipe tributario del Gran Khan” (121), todavía en su segundo viaje, al acercarse a las Islas Vírgenes y a la de Puerto Rico, recuerda que “Más de cinco mil islas rodean, según las crónicas de los venecianos, el gran reino de Cipango” (143) y piensa que está en las inmediaciones de ese reino; incluso en su lecho de muerte habla de la “ruta a las Indias o a la Vinlandia meridional o a Cipango o a Catay —cuya provincia de Mangui bien puede ser la que conocí por el nombre de Cuba” (163). En suma, buscaba las tierras situadas al sur de las que descubrieron los escandinavos y que muy bien podían ser parte de Asia oriental. Sus viajes no le permitieron aclarar esto, y Blasco Ibáñez se burla de que anduviera desorientado, mientras que la actitud de Alejo Carpentier es completamente opuesta y su posición queda clara en una escena en que Martín Alonso le pregunta a Colón a dónde han llegado, y éste contesta que lo importante es haber llegado.

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