Juan José Barrientos - Ficción-historia

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La renovación de la novela histórica responde al deseo de los lectores de conocer la historia entre telones y a los personajes históricos en la intimidad. El autor sostiene que la nueva novela histórica es decididamente subjetiva. Se trata de llenar los huecos de los libros de historia, aprovechando los rumores que los historiadores descartaron.
Este libro reúne diferentes textos escritos por Juan José Barrientos durante una década, 1986 a 1996, en los cuales presentó en foros internacionales y revistas especializadas su análisis de la renovación de la novela histórica latinoamericana, que a la vez es una revisión de la novela histórica clásica universal.

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Secretos

Según fray Bartolomé de las Casas, Colón hablaba de las tierras que habría de descubrir “como si este orbe tuviera metido en su arca” (Madariaga: 158), y esto ha dado lugar a que se piense que poseía un secreto, que no es sin embargo el mismo para todos los escritores. Toscanelli le envió al rey de Portugal un mapa con una carta (fechada el 24 de junio de 1474) en que le aseguraba que se podía llegar a Cipango navegando hacia el oeste desde Lisboa, y Jacob Wasermann piensa que Colón tenía una copia de ese mapa que había obtenido del mismo sabio florentino, mientras que Madariaga supone que se la había robado a los portugueses. También se ha dicho que Colón sabía que había tierras al otro lado del océano porque se lo había revelado antes de morir un náufrago español; ésta es la leyenda del piloto que durante un viaje de las Canarias a Madera (o a Inglaterra en otras versiones) había sido arrastrado por una tormenta hacia el oeste y había llegado a una isla muy extensa, de la que había logrado regresar; desgraciadamente, había perdido a la tripulación a causa de los trabajos padecidos y él mismo moriría después de contarle todo a la familia que lo había recogido en la isla de Madera o la vecina de Porto Santo. Por último, se asegura que el descubridor obtuvo en Islandia informes sobre el viaje de Leif Ericson a Vinlandia. De estas tres tesis, Blasco Ibáñez escoge la segunda, mientras que Carpentier opta por la tercera; ambas están bastante teñidas de chauvinismo.

Asegura el padre Las Casas que la historia del náufrago ya se escuchaba en La Española cuando él llegó allí en 1500 y la mencionan, entre otros historiadores, Oviedo (1536), Gómara (1553), el Inca Garcilaso (1609) y Orellana (1639) (Morison: 61-63). Aparentemente se forjó al calor de los llamados pleitos de Colón, y la nacionalidad del piloto moribundo era importante, porque con esta especie se trataba de desacreditar al almirante —el verdadero descubridor era entonces un español, del que el genovés se había aprovechado— y de justificar a la Corona, que se había negado a reconocer algunas obligaciones contraídas en las capitulaciones de Santa Fe con el navegante y sus descendientes. Blasco Ibáñez la maneja para quitarle méritos a Colón y aumentar los de los españoles: los marinos de Palos recuerdan “lo que le había ocurrido quince años antes a un piloto tuerto, vecino de la inmediata Huelva, las revelaciones del Piloto moribundo a alguno de la familia Pellestrello” (128). También en la ópera de Claudel aparece el náufrago, pero no se dice que fuera español, y el episodio tiene más bien el propósito de presentar a Colón como el elegido para el descubrimiento; además, el historiador Luis Ulloa reformó esta tesis a favor del navegante al afirmar que éste sabía que había tierras al otro lado del océano porque él mismo había estado en ellas y era el sobreviviente de un naufragio del que se habló después (Gandía: 149-156).

Alejo Carpentier no sólo da por hecho el viaje a Islandia que se le atribuye a Colón, pero que ha sido muy discutido —mientras Menéndez Pidal lo considera entre “lo poco cierto” (185, nota) que se sabe del navegante, Jacob Wassermann señala que no hay pruebas del mismo (17)—, sino que adopta una tesis “nórdica ” que resulta escandalosa en los países latinos, donde siempre se han resentido los esfuerzos por acreditar la saga de Leif Ericson como un intento de reescribir la historia para quitarles la gloria del descubrimiento de América; incluso en los Estados Unidos se escucharon millones de protestas cuando la universidad de Yale publicó un mapa de Vinlandia en 1965, y la indignación popular llegó a tal grado que un candidato a la alcaldía de Nueva York, donde había novecientos mil descendientes de italianos contra sólo treinta mil personas de origen escandinavo, tuvo que hablar, “no como si se hubiera educado en Yale (donde realmente había estudiado), sino como si Columbia University hubiera sido su alma mater”.2

La elección de Carpentier es indudablemente una provocación, pero no se reduce a eso, porque si Colón tenía un secreto, éste sólo podía estar relacionado para un escritor materialista con los viajes de los escandinavos, que son un hecho histórico comprobado, lo que no se puede decir del que se le atribuye al piloto moribundo; mapas como el de Toscanelli —que en El arpa y la sombra Colón llevaba consigo— no faltaban en esa época, pero ninguno de ellos le habría podido dar la seguridad de la información islandesa. Además, es posible que Carpentier adoptara la tesis “nórdica” porque recordaba la manera desapasionada y en absoluto chauvinista en que la rechazaron algunos escritores anglosajones y quiso actuar del mismo modo: Washington Irving había escrito que los escandinavos sólo tuvieron “pasaderas vislumbres del Nuevo Mundo… incapaces de guiar a él con seguro conocimiento” y que aun cuando Vinlandia fuera Terranova o la costa del Labrador, esas vislumbres pronto quedaron “oscurecidas”; posteriormente, Morison denunció como “un nuevo mito en proceso de formación” la idea de que Colón se había enterado del viaje de Leif Ericson a Vinlandia, y mostró que se formulaba de un modo tendencioso porque, si aceptamos que el almirante estuvo en Islandia únicamente porque lo dice su hijo Fernando, que cita una carta que nadie más ha visto, entonces también deberíamos aceptar que no obtuvo allí ninguna información relacionada con su proyecto, pues en este caso Fernando la hubiera mencionado en el capítulo en que comenta todos los datos que manejaba su padre (Morison: 25-26). Como quiera que sea, Alejo Carpentier recordó al adoptar esta tesis la objeción que le había hecho Morison de que, aun si hubiera estado en Islandia, Colón no se hubiera enterado de la historia de Leif Ericson “a menos que hubiera aprendido islandés y asistido a las reuniones en que se contaban las sagas” (26), pues la elimina de la manera más simple, ya que en El arpa y la sombra Colón la escucha de un compañero de viaje que sí sabía islandés y conocía las sagas, el maestro Jacobo, que como él, era judío.

Origen

Todos los contemporáneos de Cristóbal Colón han afirmado en forma unánime que su nacimiento había ocurrido en Génova o en Liguria. Estos testimonios no pueden ser más claros y abundantes; pero los críticos empeñados en negar la patria geno­vesa de Colón han insistido en que ellos sólo repetían las declaraciones del propio descubridor, el cual tenía empeño en ocultar su verdadera patria (Gandía: 103).

Con base en esto y revolviendo papeles le han atribuido los más diversos orígenes; “sólo falta”, según Morison, “que algún americano patriotero salga con que en realidad era un indio, originario de estas tierras, que había sido arrastrado al otro lado del océano por alguna tormenta (un medio de transporte muy usual en estas fábulas) y que por eso sabía el camino a casa” (15). De todo este repertorio de posibilidades, Alejo Carpentier y Blasco Ibáñez adoptan la más escandalosa, pues “Una de las mayores aberraciones que se han cometido con la historia de Colón”, en la opinión de Enrique de Gandía, “es la de pretender que era un judío converso” (103).

Esta idea aparece a menudo relacionada con las tesis de que el descubridor era español o de origen español. A fines del siglo pasado se quiso probar que pertenecía a una familia de cristianos nuevos o de judíos que había emigrado a Italia de Galicia (Gandía: 180); cuando este arreglo perdió crédito, se afirmó que era catalán y que sus padres se habían trasladado a Génova “por las guerras que se originaron cuando Juana Enríquez, madre del que fue Fernando el Católico, hizo envenenar a su hijastro Carlos, príncipe de Viana” (90), pero luego esta tesis se reformó para convertirlo en judío. Es curioso que casi siempre se manejan los mismos argumentos. Madariaga observa que la correspondencia que mantuvo el descubridor con su hijo Diego, el padre Gorricio, Nicolo Oderigo y otras personas, está en español, lo mismo que la carta que envió al Banco de San Giorgio, por lo que aparentemente no sabía escribir en italiano y en cambio lo hacía en español aun antes de ir a España; también escribía en latín, pero como una persona de habla hispana. Para él “no hay más que un modo razonable de explicar este conjunto de datos: la familia Colombo era una familia de judíos españoles… que había permanecido fiel al lenguaje de su país de origen” (Madariaga: 84-85). Fernando Colón asegura que su padre, “conforme a la patria adonde fue a residir y a comenzar nuevo estado, limó el vocablo, para que tuviera conformidad con el antiguo y distinguiese a quienes de él procedieran de los otros que eran colaterales, y así se llamó Colón” (28), y Madariaga interpreta que vino a la patria de sus antepasados cuando vino a España y le quitó una sílaba al apellido Colombo “para conformarlo con el antiguo de la familia” (91), que no había sido entonces Colón sino Colom, un apellido catalán. En esta forma, Madariaga relanzó la tesis originalmente presentada por Henri Vignaud en 1913 y revisada por Charles E. Nowell3 en 1939, de que Colón pertenecía a una familia judía expulsada de Cataluña en 1390 y radicada en Génova (Heers: 25), que concilia la tradición de que había nacido en ese puerto de Italia con la creencia de que era judío y las tesis en que se le considera español, pero no satisface a los partidarios de ninguna, por lo que ha sido rechazada. Menéndez Pidal le puso serios reparos; no es extraño que Colón no escribiera en italiano porque no era su lengua materna, sino el dialecto genovés que “no era, ni es hoy lengua de escritura” (Heers: 25); por otra parte, los judíos tenían prohibi­do permanecer en Génova. Menéndez Pidal supuso que, aunque Colón vivió nueve años en Portugal, “aprendió sin duda el portugués hablado, pero no el escrito”, pues debido a la moda castellanizante que comenzó a mediados del siglo xv, ya escribía entonces un español aportuguesado (Heers: 25); sin embargo, sólo se basa, igual que Madariaga, en un texto que ha sido considerado apócrifo, lo mismo que las anotaciones en latín en que apa­recen algunas desinencias españolas. Por lo demás, el padre Las Casas ya había pensado que Colón tomó este apellido “no tanto… por ser su nombre original cuanto… para obrar lo que su nombre y sobrenombre significaba” (Madariaga: 37).

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