Juan José Barrientos - Ficción-historia

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La renovación de la novela histórica responde al deseo de los lectores de conocer la historia entre telones y a los personajes históricos en la intimidad. El autor sostiene que la nueva novela histórica es decididamente subjetiva. Se trata de llenar los huecos de los libros de historia, aprovechando los rumores que los historiadores descartaron.
Este libro reúne diferentes textos escritos por Juan José Barrientos durante una década, 1986 a 1996, en los cuales presentó en foros internacionales y revistas especializadas su análisis de la renovación de la novela histórica latinoamericana, que a la vez es una revisión de la novela histórica clásica universal.

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Intimidades

La renovación de la novela histórica responde al deseo de los lectores de co­nocer la historia entre telones y a los personajes históricos en la intimidad. Se trata de llenar los huecos de los libros de historia. Por eso me parece que las Vies imaginaires de Marcel Schwob son uno de los antecedentes más importantes de esta renovación, y que además nuestros novelistas han aprovechado las enseñanzas de Borges, que en los relatos de su Historia universal de la infamia se dedicó a “falsear y tergiversar” algunas historias, aunque a menor escala. La nueva novela histórica hispanoamericana obedece así a una tendencia que de ningún modo es exclusiva de América Latina ni se restringe tampoco a la literatura, pues también se manifiesta en películas como Jefferson in Paris de James Ivory donde el hombre que redactó la Declaración de Independencia de las trece colonias inglesas de América del Norte y que luego fuera el tercer presidente de la nueva nación, mantiene una larga relación amorosa con una esclava negra y corteja en Francia a una cortesana, y Yo, la peor de todas, de María Bamberg, donde Sor Juana goza de algo más que la protección de la virreina. Por cierto, en estos casos hay que tener además en cuenta que estas películas se basan, respectivamente, en Thomas Jefferson: una historia íntima, una biografía escrita por Fawn Brodie publicada en 1974, y en Sor Juana o las trampas de la fe, el voluminoso estudio de Octavio Paz. En otras palabras, la nueva novela histórica aprovecha esos rumores que la historia oficial había descartado.

Posmodernidad

La oposición entre nueva novela histórica y novela histórica tradicional se superpone y coincide, por lo menos en parte, con la oposición entre posmodernidad y modernidad. La modernidad se caracteriza por la idea de progreso y el optimismo inspirado por el desarrollo científico y tecnológico, mientras que la posmodernidad podría definirse como la crisis de la modernidad originada en la creciente conciencia del deterioro ecológico y la sobrepoblación del planeta; la modernidad se puede ver como una explosión; la posmodernidad, como una implosión. La expansión que caracteriza a la modernidad llega a sus límites y se revierte. La colonización del planeta por parte de los pueblos occidentales termina y comienza la inmigración hacia Europa y los Estados Unidos de una mano de obra barata procedente de las antiguas colonias y otros países atrasados.

La novela histórica aparece en un momento en que el desarrollo científico y tecnológico se encuentra en su apogeo —a principios del siglo xix, es decir, después del Siglo de las Luces— y por eso es el resultado de la confianza que se sentía en el futuro; responde a la curiosidad que habían despertado las colonias, a un deseo de “viajar”, no sólo en el espacio sino también a través del tiempo. La novela histórica pretendía ser objetiva y científica, pues empleaba los datos que las ciencias ponían a su disposición para reconstruir minuciosamente un pasado. En cambio, la nueva novela histórica aparece en un momento de duda en que la humanidad se vuelve sobre sí misma; ya no le interesa tanto “viajar” por el planeta, lo que en cierta forma se ha vuelto imposible, ya que todo el mundo es igual; ahora le interesan otro tipo de “viajes”. La nueva novela histórica es alucinante; parece un montón de mariguanadas. La novela histórica quería ser objetiva; la nueva novela histórica es decididamente subjetiva.

Irreverencia

Robert Graves revolucionó la novela histórica al llevar hasta sus últimas consecuencias el postulado de Marcel Schwob de que los novelistas deberían completar la tarea de los historiadores, pintando con imaginación los cuadros que aquellos sólo habían bosquejado.

Pues no escribió una biografía imaginaria, sino una autobiografía imaginaria, es decir, que fue mucho más audaz. Y al hacerlo así, actuó con una irreverencia que marcaría de ahí en adelante la labor de sus seguidores, quienes, eso sí, habrían de recordarle a menudo a sus lectores el carácter ficticio de sus textos. Como ha señalado Brian McHale, la novela histórica trata de hacer imperceptible la frontera que separa la realidad de la ficción: el mundo imaginario de esos relatos es igual al mundo en que vivimos; los autores de esas novelas eran muy cau­telosos; no querían incurrir en anacronismos y cuando inventaban, lo hacían en las “áreas oscuras” del pasado que no estaban documentadas; en cambio, en las novelas históricas posmodernas la frontera entre realidad y ficción no se disimula, se marca, se pone de relieve, se hace lo más llamativa posible, con­tradiciendo la historia documentada y convirtiendo el anacronismo en otro recurso literario, así como integrando lo histórico y lo fantástico. Y eso es lo que también pasa, por ejemplo, en Los pasos de López de Jorge Ibargüengoitia; Miguel Hidalgo se llama Domingo Periñón, una alusión a su carácter festivo y a los ideales de la Revolución Francesa que inspiraron a los patriotas hispanoamericanos. Los lugares también tienen otros nombres, como en ¡Viva María! (1965) de Louis Malle, donde los hechos ocurren en la imaginaria república de San Miguel, que visiblemente es México. Además, Ibargüengoitia transgrede las restricciones propias de la novela cuando, después de una escena con diálogos, escribe “Telón”, como si hubiera cambiado de género, y Miguel Otero Silva nos recuerda de un modo parecido la naturaleza imaginaria de su obra, cuando un coro comenta la venganza de Aguirre, a la usanza de una tragedia griega; en El arpa y la sombra, Colón cita un poema de García Lorca para describir su primer encuentro amoroso con Beatriz, y ese anacronismo flagrante tiene también un efecto metaléptico, pues nos recuerda que después de todo sólo estamos leyendo una novela. El hecho de que un buen número de las novelas históricas más innovadoras publicadas recientemente aparezcan como nuevas versiones de otras novelas o relatos (memorias, biografías y crónicas coloniales) indudablemente subraya su carácter literario.

Depuración

En resumen, me parece que la novela histórica ha sido objeto de un largo proceso de depuración. No hay duda de que Cinq Mars marca un cambio que consiste en la eliminación de las tramas y personajes imaginarios para concentrarse en los personajes y en los acontecimientos históricos; además, en las Vies imagi­naires se encuentra el germen de otro cambio importante, porque el prólogo de ese libro es una especie de manifiesto, un llamado a los escritores a romper con las restricciones derivadas del respeto a la historia. Robert Graves dio un paso decisivo en ese sentido, y en lo que se refiere a nuestros países me parece que Reinaldo Arenas rompió con el molde tradicional de las primeras novelas históricas de Carpentier, basadas en la documentación y la erudición.

Las novelas históricas han sido comparadas con frescos y murales, pero en las últimas décadas los escritores parecen haber querido pintar retratos, pero retratos estilizados que muchas veces lindan con la caricatura.

Una distinción anglosajona

La depuración de la novela histórica me recuerda, por eso, una distinción, propia de la literatura inglesa, entre dos formas de ficción narrativa que se han llamado romance y novel. En 1785, Clara Reeve las distinguía señalando que la novela “es una pintura de la vida y las costumbres reales de la época en que se escribe” y el romance describe en estilo elevado “lo que nunca ha ocurrido ni es probable que ocurra”; la novela sería, en fin, más realista; el romance, más poético. De acuerdo con René Wellek, estos tipos extremos de ficción narrativa revelan el doble origen del relato en prosa: la novela procede genealógicamente de formas narrativas no ficticias, como la epístola, el diario, las memorias o biografías, la crónica o historia; se desarrolla, por decirlo así, a partir de documentos; en el aspecto estilístico subraya el detalle representativo, la mimesis en el sentido estricto; en cambio, el romance, procede de la épica y del romance medieval, desatiende la verosimilitud del detalle (por ejemplo, la reproducción de una manera de hablar propia), ya que le preocupa una psicología más profunda. “Cuando un escritor llama a su obra romance”, dice Hawthorne, “huelga observar que pretende una cierta libertad, tanto en la forma como en el fondo” y si ese romance se sitúa en el pasado “no es con el fin de retratar con minuciosa exactitud dicha época, sino de crear, como señala Hawthorne, un recinto poético en que no se insiste demasiado en el dato real” (Wellek: 259). Tal parece que la llamada novela histórica tiende cada vez más hacia lo que en inglés se llama romance.

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