Juan José Barrientos - Ficción-historia

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La renovación de la novela histórica responde al deseo de los lectores de conocer la historia entre telones y a los personajes históricos en la intimidad. El autor sostiene que la nueva novela histórica es decididamente subjetiva. Se trata de llenar los huecos de los libros de historia, aprovechando los rumores que los historiadores descartaron.
Este libro reúne diferentes textos escritos por Juan José Barrientos durante una década, 1986 a 1996, en los cuales presentó en foros internacionales y revistas especializadas su análisis de la renovación de la novela histórica latinoamericana, que a la vez es una revisión de la novela histórica clásica universal.

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Blasco Ibáñez sólo conoció en parte esta discusión, pero maneja algunos argumentos que se presentaron en ella. Así como algunos personajes sospechan que Colón había oído las revelaciones del piloto moribundo, uno de esos personajes sospecha que no era cristiano viejo y tampoco genovés, pues observa que “hablaba mal la lengua italiana, así como el dialecto especial de Génova” (47), luego recuerda que “Casi todos los mercaderes extranjeros de España eran genoveses o decían serlo” (46-47) y advierte que “Ser genovés significaba para este Cristóbal Colón una seguridad de verse oído en sus propuestas, de encontrar alguien que le facilitase el acceso allí donde deseaba entrar” (47). Ya se había señalado antes que “en España se llamaba genoveses a todos los extranjeros” y que también “se decía extranjeros a los catalanes” (Gandía: 88). Además, se había dicho que Colón se hizo pasar por genovés, primero porque “los italianos y portugueses eran considerados en España como excelentes marinos”, y, segundo, porque Génova era una ciudad fuerte y rica que “podía hacer respetar sus derechos si eran atacados o desconocidos por los reyes de España” (82). En la novela de Blasco Ibáñez, el mismo personaje recuerda que “Los escribanos de los reyes, al nombrarle por primera vez en sus documentos, lo llamaban Colomo, luego Colom y finalmente Colón”, y observa que “Colomo y Colom eran apellidos españoles, abundantes en Aragón y Castilla”, así como que “No menos frecuente era el apellido Colón, llevándolo algunas veces judíos conversos” (63). Por todo eso piensa que “este ‘genovés’ poco dispuesto a hablar de su origen, y que sabiendo tantas lenguas no tenía ninguna propia, bien podría ser un converso, que ocul­taba prudentemente su verdadero nacimiento en un país donde la Inquisición había empezado, años antes de su venida, a dar caza a todos los del mismo origen” (48); en otra parte, ya no es un personaje sino el autor quien observa que “los judíos ‘conversos’ de la corte de Aragón, Luis de Santángel, Rafael Sánchez y otros consejeros íntimos de don Fernando… no habían abandonado nunca al señor don Cristóbal, como si lo consideraran uno de los suyos” (102). En resumidas cuentas, sólo se trata de suposiciones que ya se habían formulado antes y que nunca se han demostrado. Nunca se ha probado, por ejemplo, que Luis de Santángel fuera judío; lo que pasa es que el padre Las Casas, que lo llamó converso por primera vez, creyó que era aragonés y lo relacionó con una familia de ese origen, pero Santángel era de Valencia, donde había otra familia del mismo apellido. De acuerdo con Blasco Ibáñez, “Una rama de los Santángel, después de su conversión al cristianismo, había pasado de Zaragoza a Calatayud, acabando por establecerse en Valencia” (104), pero en ninguna parte prueba esto, y el debate no está resuelto (Gandía: 274).

Alejo Carpentier no duda de que Colón nació en Génova y adopta más resueltamente la tesis de que era un judío, la cual no sólo le permite, como a Blasco Ibáñez, explicar algunos aspectos de su vida, sino también algunos rasgos de su carácter, ya que, para empezar, Colón se sentía predestinado y se había inventado “el nombre de Christophoros”, asignándose “una misión sagrada” (107); además, siempre se mostró codicioso y con razón se le ha reprochado “el hecho de mencionar sólo catorce veces el nombre del Todopoderoso en una relación general donde las menciones de ORO pasan de doscientas” (126), pues no sólo recorrió las islas del Caribe en busca de pedazos del precioso metal que los indios le daban a cambio de objetos “que no valían un maravedí” (114), sino que no vaciló en recomendar la trata de esclavos para rentabilizar la empresa de Indias; por último, se ha observado que en la relación de su primer viaje invoca “a Dios y a Nuestro Señor [no a Jesucristo] de un modo que revela el verdadero fondo de una mente más nutrida del Antiguo Testamento que de los Evangelios, más próxima a las iras y perdones del Señor de las Batallas que de las parábolas samaritanas” (126). Los partidarios de la tesis de que Colón era judío ya habían buscado pruebas “en su temperamento y en sus escritos” (Gandía: 103), y Alejo Carpentier retoma sus argumentos. Hay que agregar únicamente que con esta tesis hace verosímil la de la información islandesa, pues si bien Colón y el maestre Jacobo podían haber sido italianos, ya que en esa época no faltaban italianos radicados en Inglaterra que muy bien podían hacer viajes comerciales a Islandia, todo resulta más creíble si ambos son judíos, por la imagen que se tiene de éstos; incluso así se entiende mejor que Colón haya percibido desde un principio la importancia de la saga de Leif Ericson y que más tarde haya sabido sacarle todo el provecho.

Amores

Salvador de Madariaga, “obsesionado… por la idea de un Colón judío y por lo tanto calculador” (Heers: 86), lo hace frecuentar un convento de Lisboa en el que se impartía enseñanza a muchas nobles damas “a medida de los deseos del navegante más ambicioso” (Madariaga: 129) y en el que conoce a Felipa Muñiz, con quien se casó. Ésta era hija de Bartolomé Perestrello, que tenía el cargo hereditario de gobernador de la isla de Porto Santo, y Madariaga piensa que “el motivo principal que lo llevó a entroncar con los Perestrellos era precisamente la relación de esta familia con Porto Santo” (130); también Alejo Carpentier considera interesado este matrimonio, pero lo atribuye a que ella “estaba emparentada con los Braganzas, y ésta era puerta abierta… para entrar en la corte de Portugal” (80), que era, se entiende, lo que necesitaba Colón y no una isla, por muy bien situada en el Atlántico que estuviera; además, describe a Felipa como una viuda “de joven semblante y lozano cuerpo” (80), en lo que por lo menos en parte coincide con Jacob Wassermann, que la menciona como “una noble portuguesa de belleza excepcional” (24) y, aunque no la relaciona con la familia real, piensa que “Es probable que su mujer lo pusiera en contacto con personas de la corte” (27). Por un lado, Carpentier presenta como un hecho lo que Wassermann sólo conjetura, y, por otro, combina esta idea con la del matrimonio por interés, a la que agrega la de la belleza de Felipa, que es un detalle novelesco imprescindible.

De manera consecuente y muy semejante, Alejo Carpentier convierte a Colón en amante de Isabel y le da una interpretación materialista a la asociación “providencial” del gran hombre y la soberana, que es uno de los más importantes elementos del mito. Es cierto que hay una comedia (muy poco conocida) en la que el genovés se gana en el lecho el apoyo de la reina, pero en esa comedia sólo se menciona que eran amantes y de ningún modo se muestra esto en escena, mientras que Carpentier logra presentar de manera convincente sus relaciones.4 Por un lado, Colón aparece como un hombre “de apuesta figura, nobles facciones y nariz aguileña”, que además de tener “fácil la palabra” y “sin arrugas el rostro” se presenta rodeado por una aureola de aventura, por lo que incluso sus canas le daban “una cierta majestad, unida a la idea de experiencia y buen criterio” (87). Por otro lado, Isabel era una “mujer rubia, muy rubia, a semejanza de ciertas venecianas”(88) y, aunque acababa de cumplir cuarenta años, “sus ojos verdiazules eran de gran belleza, en su semblante tan terso y sonrosado cual el de una doncella, agraciado por un mohín irónico e intencionado, debido acaso a las muchas victorias que su aguda inteligencia le había valido en días de desacuerdos políticos y horas de grandes decisiones” (88).5 Además, “No era ya —esto lo sabían muchos— la reina enamorada de quien, inmerecedor de tal sentimiento, la engañaba, a vistas y a sabidas de sus fámulos, con cualquiera dama de honor, señora de corte, guapa camarera o garrida fregona, que le saliera al paso” (88). En suma, era una mujer atractiva y se encontraba más o menos abandonada. Por si esto fuera poco, el rey no hacía nada importante sin el consentimiento de ella, que era quien gobernaba de verdad, porque “A ella tenía que someter sus disposiciones y decretos, y a ella también sus propias cartas, leídas con tal autoridad que si a ella le desagradaba alguna, al punto la hacía rasgar por un secretario en presencia de su marido, cuyas órdenes —era cosa sabida— no eran tenidas en mucho, aun en Aragón y en Cataluña, en tanto que todos temblaban ante las de quien se tenía, en todo el reino, por persona de cuerpo más entero, ingenio más despierto, y de más grande corazón y sapiencia” (89).6 De esta forma se explica, en fin, que el genovés se convirtiera en amante de la reina. Sin embargo, Carpentier aclara que, si bien ella como mujer tenía interés en él y de noche le prometía el más completo apoyo a sus planes, de día olvidaba sus promesas, porque como reina no lo apreciaba igual. Naturalmente, él acabó perdiendo la paciencia y se marchó amenazándola con presentarle su proyecto al rey de Francia, pero ella lo hizo volver para comunicarle que le había conseguido un millón de maravedíes. Se los había pedido prestados al banquero Santángel a quien le había dado en garantía unas joyas que en realidad valían mucho menos. Además, ella las podría recobrar en cualquier momento “Y sin devolver el millón” (95), porque había expulsado de sus reinos a los judíos y bien podía el converso Santángel pagar un millón de maravedíes por el privilegio de quedarse donde tenía muy buenos negocios. Por lo demás, Colón no la había convencido únicamente con la amenaza de irse a Francia sino que además le había revelado su secreto, lo que había sabido en Islandia, es decir, que al otro lado del océano había tierras y que la expedición era a lo seguro. De este modo, Carpentier nos da una explicación materialista de los hechos y hace verosímil la tesis más atrevida de su novela.

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