Por un lado está el actor y, por otro, la conciencia espectadora, el pueblo representado en el coro. El héroe, el actor, se enfrenta al objeto sobre el que actúa, la realidad presente, sin plena conciencia. A través de la acción es como sale a la luz esta contraposición entre el saber y no-saber. Para llevar a cabo la acción escucha a los dioses, pero al hacerlo se da cuenta de la parcialidad de este conocimiento y de que se ha entregado a un saber ambiguo. 16
El sí mismo se encuentra como la esencia absoluta, pero este sí mismo debe descubrir su inconsistencia. Con todo ello se pone de manifiesto la disociación, la carencia de esencia en el obrar de estas representaciones y así se pasa a la comedia. En esta última esfera el sí mismo encuentra la unidad de actor y espectador, donde la autoconciencia real se presenta como el destino de los dioses. El actor se despoja de su máscara, se presenta tal y como es: muestra sin tapujos su finitud e ironiza sobre la sustancia ética, sobre la vida del pueblo. Por otra parte, esta elevación a la autoconciencia supone ponerse por encima también del espectador, del coro y de los dioses:
El pensamiento racional sustrae la esencia divina a su figura contingente y, en contraposición a la sabiduría carente de concepto del coro, que enuncia diversas máximas éticas y hace valer una multitud de leyes y determinados conceptos de deberes y derechos, los eleva a simples ideas de lo bello y lo bueno (Hegel, 2004 b : 432).
La conciencia se ha alcanzado a sí misma, lo universal ha vuelto hacia sí, la sustancia se ha vuelto sujeto, pero al alcanzarse es como si se encontrara alienada, como si fuera demasiado humana . Por eso el espíritu, a pesar de tenerse delante, no puede quedarse en esta unión. La comedia es a la vez culmen y ruina del arte absoluto (Jiménez Redondo en Hegel, 2006 b : 1049). Como se indicaba al comienzo de este apartado, el culto, asimilado aquí a la religión del arte, tiene como fin poner de manifiesto que el camino que tiene que recorrer el espíritu no es el de huir ni el de encerrarse, sino el de aceptar en su seno la conciencia desgraciada.
Por tanto, la religión del arte ha acometido su propósito, el espíritu se ha despojado de una figura que le resultaba extraña –la de la estatua, la bella corporalidad o las representaciones poéticas–, produciendo así su propia figura para llegar a tener conciencia de sí. Todo ese pasado queda atrás, pero es lo que permite al espíritu llegar a ser consciente de sí mismo como espíritu. Esta transformación supone el paso al último apartado de la religión: la religión revelada, el cristianismo.
c ) La religión revelada
La religión revelada ( offenbare Religion ) es el último momento y figura culmen del espíritu. Son muchos los estudios dedicados a ella (Chapelle, 1964; Rüdiger, 1976; Dickey, 1993; Maza, 1999; Díaz, 2008; Vitiello, 2010), pero en este apartado solo quiero mostrar cuál es la diferencia con la religión del arte.
La religión del arte mostraba una unión perfecta entre el espíritu y su expresión, por lo que la conciencia podía reconocer la divinidad en la forma artística. La conciencia estaba dichosa en esa contemplación, pero su unión era superficial. La religión revelada supone la revelación de un Dios que se ha encarnado y ha entrado en la historia. Su cuerpo no es una representación de la divinidad, sino la propia divinidad. 17Ahora ya no hay ninguna expresión artística capaz de expresar esta realidad, pero ya no la necesitamos. Según palabras de Hegel:
Las estatuas son ahora cadáveres cuya alma vivificadora se ha esfumado, así como los himnos son palabras de las que ha huido la fe; las mesas de los dioses se han quedado sin comida y sin bebida espirituales y sus juegos y sus fiestas no infunden de nuevo a la conciencia gozosa unidad de ellas con la esencia. A las obras de la musa les falta la fuerza del espíritu que veía brotar del aplastamiento de los dioses y los hombres la certeza de sí mismo. Ahora, ya sólo son lo que son para nosotros –bellos frutos arrancados del árbol [...]–; ya no hay ni la vida real de su existencia, ni el árbol que los sostuvo, ni la tierra y los elementos que constituían su sustancia, ni el clima que constituía su determinabilidad o el cambio de las estaciones del año que dominaban el proceso de su devenir. El destino no nos entrega con las obras de este arte su mundo, la primavera y el verano de la vida ética en las que florecen y maduran, sino solamente el recuerdo velado de esta realidad (Hegel, 2004 b : 436).
Como puede verse en el texto, frente a las obras vivas que creaban los griegos, el hombre moderno autoconsciente ya no es capaz de contemplar vida en las obras de arte. De hecho, este cambio de sensibilidad tiene consecuencias en diferentes órdenes. Por ejemplo, puesto que las obras de arte pueden hacernos recordar épocas pasadas, y ya no creemos que haya manifestación de la divinidad en ellas, 18los problemas morales con los que se enfrentaban los griegos cuando adoraban a los dioses se relegan ahora a la propia conciencia (Jamme, 2010: 202-203). Por otro lado, el hecho de que las obras ya no sean algo vivo es uno de los motivos que genera su reclusión y clasificación taxonómica en los museos. Podría hacerse una correlación entre el espíritu ilustrado francés, científico y democratizante, fruto del Nuevo Régimen, y la apertura de los primeros museos públicos, como el del Louvre. Que se expusieran por primera vez en sus salas las obras que simbolizaban el Antiguo Régimen era de algún modo una forma de manifestar que este ya formaba parte del pasado.
Si el arte ha sido superado en la religión revelada a través de la encarnación de la divinidad, la conciencia también debe asumir la muerte y el dolor como parte de la reconciliación del espíritu consigo mismo; debe aceptar ser conciencia desdichada: «Conciencia de la pérdida de toda esencialidad en esta certeza de sí y de la pérdida precisamente de este saber de sí, de la sustancia como del sí mismo, es el dolor que se expresa en las duras palabras de que Dios ha muerto » (Hegel, 2004 b : 435).
Aunque esta afirmación tiene grandes implicaciones en el terreno religioso y teológico, así como dentro del sistema hegeliano, no es posible atenderla ahora. Lo importante ahora es ver cómo, a pesar de ser este un momento de máxima expresión de lo divino, la conciencia religiosa no es todavía el pensamiento que concibe o el absoluto saber de sí, sino que traduce, con la forma aún extraña de la representación, el espíritu que ella misma es:
Habiéndose producido en sí esta unidad de la esencia y del sí mismo, la conciencia tiene también aún esta representación de su reconciliación, pero como representación [...]. Su propia reconciliación entra en su conciencia como algo lejano, como la lejanía del futuro, del mismo modo que la reconciliación que llevaba a cabo el otro sí mismo se manifiesta como algo lejano en el pasado (Hegel, 2004 b : 456).
La conciencia religiosa dará paso al saber de la comunidad en el que se agrupan tanto el momento de la conciencia desgraciada como el de la objetividad de la fe del mundo. Por todo lo visto hasta aquí, puede decirse que ya en la Fenomenología del espíritu Hegel se distancia de los románticos, pues en ella el arte se ve superado por la religión revelada, que aparece como una esfera más profunda, más adecuada al espíritu. Tal y como afirma Teyssedre:
El arte ya no es religión; si puede y debe permanecer religioso, es porque la religión lo ilumina, porque lo sensible da testimonio aun de lo espiritual, no como complaciéndose en sí sino salvaguardando a través de él su independencia, su meta ante una tarea que trasciende toda materia (1974: 118).
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