Raquel Cascales Tornel - El fin del arte

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Este libro da cuenta de uno de los tópicos más controvertidos de la Estética contemporánea: el fin del arte. Para ello, se analizan las transformaciones que sufrió el arte y las teorías filosóficas que condujeron a considerar que podría tener un final. Hegel es referente imprescindible en este contexto pues elevó el arte a la más alta consideración, pero afirmó también que era ya un tema del pasado. Esta sentencia provocó innumerables interpretaciones que el libro recoge y sintetiza. De entre las contemporáneas, la que más divulgación ha alcanzado es la de Arthur Danto. Sin embargo, con frecuencia ha sido comprendida de manera parcial y por ello este libro la contextualiza dentro del desarrollo filosófico del autor, remarcando la coherencia de su pensamiento. El diálogo establecido entre ambos filósofos permite comprender cómo lo que termina es una comprensión sobre el arte nacida en la época moderna, y aporta algunas claves para entender mejor el arte de nuestros días.

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La conciencia deberá moverse desde la obra a su autoconciencia. A su vez, esta autoconsciencia se endereza en el culto para suprimir la distinción respecto de su espíritu y con ello producir lo que será la obra de arte viviente. Por esta razón hay una disociación entre la conciencia que engendra y la producción que llevan a cabo las manos humanas. La manera en la que nos damos cuenta de que todavía no se ha eliminado tal distinción es que su forma queda como una cosa , esto es, como un objeto representado por la estatua. 14Con ello quiere poner de manifiesto la diferencia entre la particularidad de la forma y la universalidad de la esencia. Diferencia que se va acortando en la medida en la que el concepto va abstrayendo las formas orgánicas particulares. Con este sentido evolutivo de las formas artísticas, Hegel se refiere al espíritu y su toma de conciencia, pero inevitablemente se transmite también la idea de un cierto «progreso» artístico. Los ejemplos de esta primera forma de arte no dejan duda de que se refiere al espíritu, representado en este caso por el dios:

La figura del dios se despoja así en ella misma de la penuria de las condiciones naturales del ser allí animal e indica las disposiciones interiores de la vida orgánica en su superficie y como perteneciente solamente a ésta. Pero la esencia del dios es una unidad del ser allí universal de la naturaleza y del espíritu autoconsciente que en su realidad se manifiesta como contrapuesta a aquel (Hegel, 2004 b : 411).

La contraposición entre la universalidad de la esencia y la autoconciencia de su finitud es paralela a la del obrar (el ser creada en la conciencia) y la del ser cosa (ser elaborada por manos humanas). De tal modo que «el artista experimenta en su obra el no haber creado una esencia igual a él » (Hegel, 2004 b : 412). A esta falta de unidad e interioridad, de alma, se contrapone el dios que tiene el lenguaje, esto es, el himno, como elemento de su figura.

En el himno el elemento central es el lenguaje, que es visto como alma, como si estuviera animado desde dentro: por ello tiene «su pura interioridad como el ser para otros y el ser para sí de los singulares» (Hegel, 2004 b : 413). El himno no es el lenguaje primario del oráculo en el que la conciencia todavía se sentía extraña, sino que lo propio de este lenguaje es que se sabe lo que dice, en él se abre progresivamente una interioridad donde puede darse la conciencia.

La unión de aquello que aparecía como cosa (artes plásticas) y aquel saber sobre el decir es el culto, en el que se da una unión de esencia y de forma. En el culto, que se encuentra en el canto de los himnos, «se da el sí mismo la conciencia del descender de la esencia divina de su más allá a él y ésta que anteriormente era lo irreal y solamente objetivo, adquiere de este modo la realidad propiamente dicha de la autoconciencia» (Hegel, 2004 b : 415). El culto supone una depuración consciente del espíritu a través de la enajenación de la cultura, pero todavía no es la completa interioridad.

Pero esta última parte no es solo lenguaje, sino que va acompañada del obrar. La acción del culto es el sacrificio. Este sacrificio tiene como fin, por un lado, suprimir y superar la abstracción de la esencia, convirtiéndola en objeto real y, por otro, suprimir y superar lo real para elevarlo a lo universal (Hegel, 2004 b : 416). La esencia misma se sacrifica cuando se entrega un animal o se entregan los frutos de Baco y Ceres, representación de lo que luego será el verdadero sacrificio del cristianismo: el cordero de Dios, el cuerpo y sangre de Cristo.

Por su parte, la obra de arte viviente –segunda figura de la religión del arte– es donde el hombre pasa a ser la figura elaborada de lo divino. Con la obra de arte viviente Hegel se refiere a las fiestas y juegos olímpicos, en los que hay una inmediata unidad entre lo humano y lo divino, de tal modo que es el propio hombre quien se presenta a sí mismo sabiéndose uno con la esencia divina. El hombre real se representa a sí mismo en las danzas báquicas y en la belleza apolínea de los atletas. Se trata de una obra de arte viva porque es el hombre quien se pone a sí mismo, quien pasa a ser la figura elaborada en las fiestas y los juegos que se tributan en su honor, esto es, en los juegos olímpicos. Sin embargo, tal y como afirma Hyppolite, es un momento de la exterioridad sin interioridad: «Lo místico inconsciente y la corporalidad bella se juntan, pero a lo místico le falta la posesión de sí y a la corporalidad la profundidad de la esencia» (Hyppolite, 1974: 499-500).

Por tanto, desaparece el equilibrio que se daba anteriormente, y a lo místico le sigue faltando autoconciencia, la interioridad del lenguaje. Sin embargo, lo que le falta solo se le puede dar por revelación: «Solamente el sí mismo es revelado ante sí, o lo que se revela se revela solamente en la certeza inmediata de sí» (Hegel, 2004 b : 419). A su vez, se ha roto el equilibrio al poner demasiado peso en lo externo, en los bellos cuerpos, de tal modo que el espíritu se ha perdido: «En esta enajenación que va hasta la total corporeidad, el espíritu se ha despojado de las particulares impresiones y resonancias de la naturaleza» (Hegel, 2004 b : 421). El pueblo, como tal, es consciente de haberse despojado de su universalidad.

En este proceso se ha pasado del arte cósico y falto de espíritu, como eran las pirámides, a un arte plástico, como es el escultórico, en el que se separaban las formas naturales del espíritu. Posteriormente, con las fiestas y los juegos olímpicos el espíritu toma conciencia de sí, pero sin equilibrar bien la forma y la esencia, lo exterior y lo interior, lo particular y lo universal. 15Es necesario, por tanto, que el obrar real del culto sea elevado a representación y se vuelva a dar una unión entre lo universal y lo singular. Por eso, es en el último de los momentos, síntesis de los demás, donde lo divino retorna a lo humano y donde el espíritu se hace lenguaje, esto es: la obra de arte espiritual.

La obra de arte espiritual, la última de las figuras de la religión del arte, es la unión de todos los momentos anteriores. El sí mismo se encuentra como la esencia absoluta, pero este sí mismo debe descubrir su inconsistencia, pues cuando pretende alcanzarse se encuentra con su finitud, se descubre demasiado humano. La conciencia que se genera en esta etapa es conciencia dichosa, pero debe todavía interiorizarse a nivel más profundo y llegar a la conciencia desgraciada, en la que se toma conciencia de que Dios ha muerto, y se da paso al cristianismo. Como afirma Hyppolite: «La religión del arte conducirá a la absoluta certeza de sí mismo y el hombre será la verdad del destino trágico» (1974: 319).

En la obra de arte espiritual eclosiona el lenguaje de las artes poéticas representadas por la epopeya, la tragedia y la comedia. El aedo es la figura que encarna la representación que es el lenguaje de la epopeya. De este cantor se sirve la memoria para entregar su canto universal al pueblo. El contenido de su canto, en el que el propio aedo desaparece, «encierra el contenido universal, por lo menos como totalidad del mundo, aunque no, ciertamente, como universalidad del pensamiento » (Hegel, 2004 b : 422). Esto quiere decir que en la representación de la epopeya todavía no se encuentra la necesidad del concepto. La universalidad de los dioses contrasta con la particularidad de los hombres, dos extremos que no encuentran un punto medio en el que juntarse.

Por otra parte, en la tragedia el desdoblamiento del espíritu se ve intensificado, puesto que ya no se trata de una separación entre lo externo y lo interno, sino de una división interior. Ahora no se cantan las gestas heroicas de la Ilíada , sino que el cantor se convierte en actor, de tal modo que es el mismo héroe quien habla: «Son hombres reales, que revisten la personalidad de los héroes y los presentan en un lenguaje real, que no es el lenguaje narrativo, sino el suyo propio» (Hegel, 2004 b : 425). Con esta asunción de la primera persona se ha ganado en conciencia y, por ello, es mayor el desgarramiento al advertir que la realidad es distinta de la conciencia.

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