En general las personas acuden a terapia cuando se dan cuenta de que tienen un problema (es el primer paso para buscar ayuda) y que no disponen de herramientas suficientes para instrumentar los cambios que necesitan para resolverlo, y con el paso del tiempo su sufrimiento se incrementa en vez de disminuir.
Algunos motivos manifiestos que pueden presentar los consultantes en las diversas terapias son, entre tantos:
Desean cambiar uno o varios aspectos de su estilo de vida y buscan ayuda para lograrlo.
Tienen alguna afección física y comprenden el factor emocional de los síntomas físicos, por lo que el objetivo no solo es curarse, también sanarse.
Tienen dificultad para el manejo de sus emociones, que deriva en conflictos en sus relaciones sociales, y quieren cambiar y mejorar su modo de reaccionar y relacionarse.
En apariencia no tienen grandes problemas en su vida y sus planteos o cuestionamientos son más de tipo existencial, por lo que buscan respuestas.
Luchan con sus adicciones, pero no lo logran por sus propios medios, y desean recuperar su vida, transformarla o construir una nueva.
Tienen pensamientos nocivos que irrumpen en su vida, que no les permiten ser libres y les hacen daño, y necesitan aprender a manejarlos para que no saboteen su vida.
Poseen un pasado traumático que irrumpe en su presente como síntoma, tal vez crónico (por ejemplo, la distimia o trastorno depresivo persistente), que le impiden evolucionar y son conscientes que necesitan superarlo.
Se encuentran atravesando una situación actual dolorosa o una crisis que no pueden afrontar con sus propias herramientas y deciden pedir ayuda.
Desean mejorar su calidad de vida y elevar sus niveles de bienestar.
Existen tantos ejemplos como seres humanos en el mundo; solo podemos generalizar que las personas que concurren a una terapia lo hacen porque desean mejorar algún aspecto de su vida. Al menos así debería ser, ya que cuando llegan a terapia consultantes porque fueron obligados o les insistieron, raramente haya progresos relevantes. Para buscar ayuda es primordial reconocer que se tiene un problema y desear mejorar.
Latentes
Es el conflicto subyacente al motivo manifiesto de consulta; es lo que está oculto, lo inconsciente. Responde al por qué y al para qué del motivo manifiesto y se refiere ya no a la manifestación sintomática (física y/o psíquica), sino a la percepción subjetiva del motivo manifiesto de consulta.
El motivo latente de consulta está conectado al motivo manifiesto, pues constituye su raíz, pero no puede ser expresado desde el inicio debido, entre otras cosas, a las resistencias, es decir, a la manifestación observable que resulta de los mecanismos de defensa, erigidos para preservar al Yo de la invasión de angustia. La idoneidad del terapeuta para leer los mensajes del consultante (tanto verbales como no verbales), entender sus pensamientos, emociones y comportamientos, y poder ir más allá de lo que se manifiesta, harán que el terapeuta pueda comprender cuál es ese motivo latente y que pueda ayudar a su consultante a descubrirlo por sí mismo, para que, a partir de esa comprensión, pueda comenzar a sanar.
La mayoría de las veces el consultante necesita más tiempo que el terapeuta para darse cuenta de su motivo latente (pues el terapeuta lo ve ‘desde fuera’ y con todo su bagaje de herramientas y recursos), por eso es importante tener paciencia, trabajar junto con el consultante, con prudencia, respetando sus tiempos, siendo hábiles y sutiles al realizar sugerencias, intervenciones y preguntas, ya que en general el mismo consultante es el que desconoce este motivo, lo ha reprimido o no es consciente de él. Si bien es importante incitar a que el motivo latente salga a la luz, acelerar el proceso o enfrentar al consultante con lo oculto de forma imprudente y poco empática, podría ser contraproducente, acrecentar sus síntomas y resultar en una práctica iatrogénica, es decir, provocar un daño o perjudicar al consultante mediante un acto terapéutico que debía ser implementado para mejorar. Esto no significa que no debamos ser frontales, sino que, en este momento, el de descubrir el motivo latente tras el manifiesto y los nexos que los unen; tenemos que ser compasivos, entender el dolor de nuestro consultante y desde ese lugar ayudarlo; ser nosotros la herramienta para que él lo descubra. Tengamos siempre presente que somos los terapeutas quienes debemos adaptarnos y adaptar nuestra terapia a cada consultante, y no a la inversa.
¿Cuántas veces nos han dicho, sin filtro, una ‘verdad dolorosa’ acerca de nosotros, o hemos recibido consejos de alguien que nos dice exactamente lo que tenemos que hacer para resolver la situación que nos aqueja? ¿Y cuántas de esas veces aceptamos sinceramente lo que nos dijeron sin enojarnos o poner escudos, hicimos caso a los consejos y logramos hacer cambios reales, profundos y duraderos? Seguramente la respuesta a la primera pregunta es “muchas” y la respuesta a la segunda es “pocas” o “ninguna”. Es por esto que por más que los terapeutas nos demos cuenta desde el primer momento cuál es el motivo latente de consulta, nuestro rol no es decírselo sin más, sino fomentar a que el propio consultante pueda descubrirlo, darse cuenta y captar su propia verdad, es decir, hacer insight. A partir de ese momento podrá trabajar (junto con el terapeuta) para elaborarlo, tomarlo como una oportunidad, aprender de él, salir fortalecido y hacer los cambios que necesita para transformar su vida.
Siendo el consultante consciente de su motivo inconsciente, oculto o latente y realizando un trabajo de elaboración, sanará como consecuencia su motivo manifiesto de consulta, pues este último ya no tendrá razón de existir.
En la terapia se presentan dos tipos de realidades, una objetiva y otra subjetiva:
La realidad material es el mundo físico, lo que existe objetiva e independientemente de la percepción de cada uno, es lo que se puede observar, lo fenomenológico, lo tangible, es decir, los hechos tal cual acontecieron. Pero como aprendimos de Kant (1878), el ser humano no puede conocer las cosas en sí mismas, sino solamente como las experimenta en su mente, a los terapeutas nos interesa el otro tipo de realidad en nuestra labor terapéutica: la realidad psíquica.
La realidad psíquica es subjetiva e individual y representa lo que cada uno interpreta de la realidad material. Una misma realidad material puede ser percibida por dos personas de manera totalmente diferente. Por ejemplo, dos hermanos ante la misma situación familiar (objetiva) perciben de manera diferente y por lo tanto reaccionan o actúan en consecuencia de su realidad psíquica particular. ¿Por qué ocurre esto? Simplemente porque cada ser humano tiene características personales únicas, experiencias y vivencias pasadas que lo han marcado, un despertar de su consciencia y evolución espiritual particular y un sinnúmero de situaciones vividas y maneras de afrontarlas a modo de patrón, que condicionan y tiñen su realidad material. Todo esto configura una manera particular de interpretar la realidad, de vivir y de actuar. Y aquí es donde debemos hacer foco como terapeutas.
Si la realidad psíquica corresponde o no con la realidad material, solo nos interesa en el caso de que nos encontremos en la consulta con un consultante que presente delirios o alucinaciones. En estos casos, si percibimos un desfasaje importante entre ambas realidades, es donde debemos prestar especial atención, ya que podemos detectar trastornos de tipo psicótico. Realizando el diagnóstico apropiado y a tiempo, podremos plantear el tratamiento adecuado.
Cuando un consultante llega a terapia, en general interpreta su realidad de una manera que le provoca sufrimiento. Lo que a los terapeutas nos debe interesar es entonces cómo percibe, piensa y siente su mundo. Desde el momento en el que el consultante percibe que lo que a nosotros nos interesa es su realidad psíquica y no su realidad material, sabe que no lo juzgaremos por sus pensamientos, percepciones o sentimientos y surge una apertura espontánea y un clima de mayor confianza del consultante hacia el terapeuta. Si bien muchas veces los conflictos existen en la realidad material del consultante, lo que importa es ayudarle a resignificar su realidad psíquica, es decir, la interpretación de su realidad material.
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