1 ...6 7 8 10 11 12 ...20 Hay otras muchas divinidades también abstractas en Homero vinculadas con el curso riguroso de los acontecimientos: μόϱος, μόϱσιμος, πότμος, ɛȋμαϱμένη (todos derivados de moros , ‘parte’, o del verbo μɛίϱομαι, recibir la parte que a uno le toca), y también Aἶσα, ‘porción’ –más personal–. En especial, Heimarmene se aplicará a la sucesión inexorable de los acontecimientos, vinculado con la justicia.
En la versión mítica tradicional, las Moiras son tres: Cloto, Láquesis y Atropos (o Aisa, la que hila, la que echa suertes –mide el hilo de la vida–, la inexorable).
Las decisiones de las divinidades responsables del destino son, por lo general, opacas a los hombres, y la actitud razonable ante ellas es soportar con entereza lo que a uno le toca.
Junto a μοȋϱα está τυχή, la latina Fortuna. No aparece en Homero, en quien sí que está el verbo τυγχάνɛιν. Aparece en el Himno homérico a Démeter como una Nereida, y vinculada con Perséfone. En la Teogonía es una Oceánida. Alcman la presenta como hermana de Peitho y de Eunomía, e hija de Promatheia (previsión). En Píndaro, Tyché es equiparada a las Moiras. 6 Su dictamen es, como el de ellas, inescrutable a los hombres e inapelable.
En la lírica arcaica, tanto en Teognis, como especialmente en Arquíloco y Solón, la Moira y Tyché dan origen a toda una moral de moderación y aceptación de la adversidad que será profundamente característica de la mentalidad del hombre en la antigua Grecia. Solo este aspecto permite concederles ya un puesto de honor en el lugar de la filosofía. Valgan como muestra los conocidísimos versos de Arquíloco:
Corazón, corazón de irremediables penas agitado, ¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes, ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa. En las alegrías alégrate y en los pesares gime sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano. 7
A partir de aquí, la idea del destino como una fuerza superior ante la que debemos acomodar nuestras expectativas y acciones se convierte en parte de la mentalidad del hombre griego. Es la base sobre la que se producirá la posterior profundización de la noción de destino en la tragedia –en especial, la actitud del hombre ante el destino, y el juego de su conocimiento y desconocimiento–, así como su presencia en la historiografía, desde el supersticioso Jenofonte hasta el mundano Tucídides, en la tradición religiosa, en el pensamiento filosófico y en otras muchísimas manifestaciones de la cultura antigua. Aquí nos limitaremos a ofrecer solo algunas indicaciones sobre su papel en la tragedia y en la filosofía.
2. EL DESTINO EN LA TRAGEDIA GRIEGA
En el drama ático, el destino es uno de los componentes fundamentales. Está entrelazado en las acciones, eventos, reflexiones y afectos que aparecen en él, de un modo complejo y plural. Los héroes se enfrentan al destino, tratan de conocer lo que nos tiene reservado, lo aceptan e intentan soportarlo de la mejor manera posible, o lo ignoran y lo niegan.
En el curso de los acontecimientos y en la trama de las acciones humanas interviene un numeroso conjunto de factores que no están al alcance del ser humano y que son atribuidos al destino, el azar y a la voluntad de los dioses. Estas fuerzas no se presentan en la tragedia como una estructura unívoca ni homogéneamente estructurada. Aisa, Potmos, Daimon, Tyche, las Erinias, Zeus, Apolo u otras divinidades señalan lo que ha de suceder. 8 A veces, estas fuerzas entran en conflicto y su enfrentamiento es un ingrediente esencial en la tensión dramática. Por ejemplo, en la pugna entre la Muerte y Apolo en el Alcestis de Eurípides, o en el temor del propio Zeus ante su destino, que le lleva a enviar a Hermes a interrogar a Prometeo encadenado. El caso paradigmático es tal vez el final de la Orestíada , donde las Erinias y Apolo comparecen en el Areópago a instancias de Atenea para defender sus pareceres opuestos sobre los trágicos acontecimientos que manchan de sangre la casa de Atreo, la muerte de Agamenón y la venganza de Orestes. Mientras las Erinias claman venganza por el matricidio, Apolo defiende el deber del hijo de castigar a los asesinos de su padre. No es, sin embargo, lo usual que las oscuras fuerzas de la venganza y los dioses se sometan al arbitraje de la razón para restablecer la justicia.
De ordinario, no obstante, el destino se suele equiparar con el designio divino y representa un sino del que resulta imposible escapar. Aunque no se excluya el capricho, la voluntad de los dioses no suele ser inmotivada, sino que está ocasionada por una falta del héroe o de su linaje, y tiende a imponer la justicia por encima del curso aparente de los acontecimientos. Sin embargo, las disposiciones de la divinidad tienen muchas veces un cruel cumplimiento.
Así, Agamenón, en la Ifigenia en Áulide , se lamenta por estar sometido al «yugo del destino», 9 y el coro, en la Antígona de Sófocles, canta: «Pero lo dispuesto por el destino es una terrible fuerza. Ni la felicidad, ni Ares, ni las fortalezas, ni las negras naves azotadas por el mar podrían rehuirla». 10
Tecmesa, en el Heracles de Sófocles, habla del δαίμων que la ha sumido en la esclavitud, y que la arrastra a su placer, 11 e Ión, en el drama de Eurípides, habla de él como de un perro de caza que le persigue. 12
Aunque el hombre debe aceptar su sino y conformarse con lo que se le ha asignado, cabe también la rebeldía, aunque el resultado más que previsible es el fracaso: «quien trata de combatir el destino de los dioses es valiente, pero su valentía es insensata. Lo que tiene que ser, nadie puede hacer que no sea». 13
Esta posibilidad de rebelión manifiesta que, aunque sostengamos que «yo, ciertamente, diría que estas, así como todas las cosas, las traman siempre los dioses para los hombres», 14 el hombre no se convierte en un títere inanimado. La capacidad agente del sujeto, su posibilidad de adoptar decisiones y llevarlas a cabo, se mantiene. El destino y las decisiones humanas cooperan como dos planos que no se anulan mutuamente. Normalmente, el destino opera a través de los actos de los hombres. Así, en la Orestíada , Clitemnestra perpetra el asesinato de Agamenón en venganza por el asesinato que este había cometido al sacrificar a Ifigenia, hija de ambos, pero el crimen es asimismo el resultado de una maldición. La casa de Atreo está poseída por un daimon funesto desde los terribles crímenes de Atreo y Tiestes, sus muros están manchados de sangre. Es este daimon el que se ha apoderado de Clitemnestra y le ha inspirado el sangriento deseo que anida en sus entrañas. 15 Pero, por poderosa que sea, la maldición y la fuerza del hado no eximen a la parricida de su responsabilidad. Cuando Orestes va a vengar a su padre acabando con su vida, ella intenta detenerlo atribuyendo la culpa al destino: «Fue la Moira, hijo mío, la que me indujo a hacerlo». 16
La respuesta de Orestes es terminante: «También ahora la Moira dispuso tu muerte». 17
Tampoco está libre de responsabilidad Agamenón cuando decide sacrificar a su hija para que la divinidad permita que el ejército aqueo pueda tener vientos que lo lleven a Troya. Aquí el destino no predetermina la acción del caudillo aqueo, sino que consiste en situarlo ante una terrible encrucijada. 18 Ante él se abren a su vez dos destinos, igualmente funestos, según cuál sea su decisión: «Grave destino lleva consigo el no obedecer, pero grave también si doy muerte a mi hija –la alegría de mi casa– y mancho mis manos de padre con el chorro de sangre al degollar a la doncella junto al altar. ¿Qué alternativa está libre de males?». 19
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