Curiosamente, el destino oscuro, silencioso y auxiliar al que parece estar condenada la crítica, lo hizo extensible, más o menos sinceramente, a su propia obra literaria con excesivo rigor, no siempre amparado en la retórica de una captatio benevolentiae . A modo de ejemplo, dijo de sus mejores ensayos que no eran más que «tebeos para intelectuales», y no más generoso fue con su poesía, a la que condenó voluntaria y reiteradamente al ostracismo. 30Fuster se abriga, de nuevo, antes de que llueva: si como «escritor» no exhibió las ilusiones egocéntricas, infundadas o no, que suelen exteriorizar los miembros de este gremio, menos aún como «periodista cultural» de artículo diario. Como contrapartida por profesionalizarse, aceptó ese discreto segundo plano de los críticos en la actualidad cultural y en la memoria de los lectores, aunque su obra política y su dimensión como referente civil lo redimieron de cualquier posible anonimato. También su innegable calidad literaria, pero creo que hubiese ejercido la crítica, entendida en la más estricta acepción de filosofía del arte, con mayor agrado si se hubiese podido entregar con exclusividad, no urgido por el compromiso apremiante de la escritura para ganarse la vida:
El crítico tiene obligaciones más inmediatas. En nuestros días –siglo XIX y lo que llevamos del XX–, la crítica literaria ha tomado consistencia como modalidad individuada del periodismo: es el periodismo literario por antonomasia. En las páginas de los periódicos, de los magazines, de las revistas, tienen su lugar indeclinable.
Aquí, pues, reside la grandeza y la miseria de la crítica literaria: en el ejercicio del consejo y el juicio sobre el material que le proporciona la actualidad, en la inspección de la mercancía que circula, dictaminando su solvencia, etiquetándola, ponderándola. Grandeza, por lo que supone de abnegación e influencia; miseria, por lo que comporta de fugacidad y riesgo.
Cualquier colección de folletos críticos, articulada en un volumen, nos podrá dar muestra de esta tragedia. El mejor de los críticos ha tenido que ocuparse, con una frecuencia angustiosa, de los más insignificantes creadores, porque así lo exigía la circunstancia inexorable de la actualidad. Por más eximias y valiosas que sean las generalizaciones, las derivaciones teoréticas, las digresiones abstractas que en cualquier caso elabore el crítico, siempre se verán perjudicadas por el hecho de vincularse a una obra mediocre o mala.
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