Madden se quedó en pie unos minutos y respiró hondo, incapaz de mirar la cosa rota que yacía al pie de las escaleras. Después se acercó al lavabo, llenó un vaso de agua fría, bebió dos sorbos y vomitó en la pila, como una niña, un delicado pegote de papilla que olía a agrio. Cuando se hubo enjuagado la boca, se irguió y se limpió el vaho de las gafas con el puño de la bata de laboratorio.
– ¿Nada que decir, doctor? ¿Algún sabio consejo, quizá? -dijo.
No, dijo la voz, tan cerca que notaba su aliento, ningún consejo por hoy. No tenemos nada que decir. Estamos muertos, ¿recuerdas? Las nuestras no fueron muertes buenas. Fueron muertes feas, feas y míseras. Tú nos mataste. ¿Recuerdas?
– Sí -dijo Madden. Se acordaba. No siempre se había acordado, pero esta vez sí. Sí.
Abrió la cerradura del armario del instrumental y sacó su sierra para huesos preferida. Era uno de los pocos útiles que les había dejado el bueno de Joe Caldwell padre al morir. Los demás, en su mayoría, habían sido desechados hacía años. La sierra tenía un peso agradable, los dientes aún servían, eran afilados y fiables. El viejo sabía lo suyo de instrumentos de disección. Más que la mayoría. Madden dejó la sierra sobre la mesa del instrumental y se acercó al pie de las escaleras, donde yacía aún el cuerpo de Brian Spivey. Midió a ojo aquel bulto informe y retorcido y suspiró sonoramente. El reloj digital de Brido marcaba las doce y media de la noche.
Sí. Decididamente, iba a ser una noche muy larga.
Cuando llevaba más de una hora metido en faena, Madden comenzó a reconocer en su propia cara los síntomas de una especie de agarrotamiento, de cierta falta de flexibilidad. La notaba como masa, como si pudiera darle alguna forma útil a fuerza de amasarla, de estrujarla y golpearla con los puños hasta conferirle una apariencia completamente nueva y posiblemente más satisfactoria. Era una sensación que conocía ya de otras veces y que normalmente se manifestaba en las yemas de sus dedos o en sus articulaciones. No era del todo desagradable, pero aquel no era momento para experimentarla: tenía un trabajo importante entre manos. Lo mejor era siempre reservarse los placeres para la noche, en privado. Una pequeña libación para aliviar los dolores y las tensiones del nuevo día.
El doctor no estaba muy hablador aquella hermosa y soleada mañana. Parecía, de hecho, haberse enfurruñado. Madden bebió otro trago de la botella y se inclinó sobre el cuerpo. Comprendió por el embotamiento de sus sentidos que estaba ya del todo borracho. Al doctor no le importaba, de todos modos. Quizá incluso le habría parecido bien: él siempre había sido muy amigo de la botella. En aquellos tiempos la bebida no se consideraba aún un hábito tan antisocial, a no ser que fuera muy evidente. En la intimidad del hogar, hasta era alentado por las viejas redes de la camaradería: una costumbre viril, propia de hombres hechos y derechos. ¿Cuántas veces había oído farfullar ligeramente a Kincaid, o le había oído gesticular de forma quizá demasiado desinhibida? Ese había sido su problema: la falta de discreción. Pero incluso cuando los rumores de sus actos más ingenuos habían circulado por el campus, cuando sus hábitos habían sido más o menos de dominio público, Kincaid había seguido comportándose del mismo modo y con aparente despreocupación. Se sabía, por ejemplo, que en más de una ocasión había recibido una reprimenda de su propio departamento.
Era tarde para iniciar el procedimiento. Kincaid llevaba ya muchas horas muerto. En la parte baja de su abdomen se veía el principio de una decoloración verdosa de la piel. Joe hijo tenía razón. Madden debería haberse puesto manos a la obra mucho antes, al llegar el cadáver. Kincaid se estaba pudriendo. Madden lo había dejado fuera de la cámara toda la noche. Un acto de vandalismo premeditado, hecho con todo cálculo. Venganza, despecho, celos. Era indiscutible. Sí. Aquel tinte verdoso comenzaba a florecer sobre su pecho y (¡maldición!) sobre la parte alta de sus muslos. Sin duda los gases sulfurosos empezaban a acumularse en los intestinos, grávidos de hemoglobina liberada y desgajados por fin de las paredes abdominales. Pronto estaría maduro y podrido, grande y supurante como un mango a punto de reventar.
En la funeraria Caldwell no deberían molestarse con las flores para los funerales: deberían rodear el cuerpo con montones de fruta podrida. Un símbolo mucho más elocuente. Las flores parecían llenas de vida, incluso estando muertas. La fruta pasada parecía podrida como la muerte. Santo Dios, el olor, el aspecto, el sabor de la fruta podrida… Era un enfoque mucho más honesto, y alguien debía tener la valentía de obligar a la gente a reconocerlo. ¿Qué sentido tenía todo lo que estaba haciendo?, se preguntaba. ¿Consolar a la familia? Que le dieran por saco a la familia. Kincaid no iba a ir a ningún sitio mejor, no iba a revivir (ja, ja) en el espléndido más allá. No iría a ninguna parte ya.
Lo mejor para todos aquellos cabrones sentimentales sería mirar cara a cara a los muertos y verlos como lo que realmente eran. «¡Mire! ¡Aquí está su Lawrence, señora! Puede que quiera recordarlo mejor de lo que está… pero, ¿acaso no se trata de eso? El hecho es que, por más que hagamos por él aquí, en Caldwell & Caldwell, por más que se lo acicalemos, está acabado.
»Recuérdelo como era cuando estaba vivo. Esto no es más que un facsímil de viveza. ¿Y si yo le dijera, señora, que incluso mientras hablamos y contemplamos su cuerpo, está todavía vivo en cierto modo? ¡Absoluta y completamente vivo! ¡Ése es el verdadero prodigio del universo, señora! No busque dioses, ni eternidades, ni reinos espirituales que nunca podrá alcanzar ni comprender. Tales cosas no son sino ilusiones, mitos, la tinta con que ciega la metáfora, un espejismo. No. Por el contrario, contemple esto, señora, el mundo bajo la piel, que incluso ahora empieza a hincharse y a abrirse como una serpiente que se desprendiera de su coriáceo atuendo. Al cabo de una semana o dos, las bacterias, las creaciones más ubicuas de la naturaleza (¿y acaso no son ellas también prodigiosas a su manera?), invadirán todo el cuerpo de su difunto esposo, lo desharán, lo devolverán al polvo del que procede. Con el tiempo, el proceso de putrefacción lo devorará todo. Ahora bien, si hubiera un día del Juicio Final, ¿es así como piensa resucitar a su Lawrence su Dios invisible, su Dios indiferente e incognoscible?
»En realidad, señora Kincaid, el cuerpo de su marido no es meramente una flor cortada que conserva su forma durante unos pocos y breves días. Desde luego que no. ¡En este mismo instante se halla consumido por las acciones combinadas y presurosas de esporas invasoras, y por su propia fauna natural! ¿No hay acaso más razones para el asombro en todo cuanto usted misma podría ver con un microscopio que en todo cuanto imagina que hay más allá de la muerte? Esto es la muerte, y está muy viva, si se decide usted a observar su maravilla. Este universo microscópico es la verdadera Resurrección, señora.
Contempla nuestra obra, Maisie, ¡y muere!»
Pero se le estaba yendo la cabeza. No era Maisie quien iría a ver cómo había quedado su marido, sino su nueva esposa, Tess.
Madden destapó la petaca, la levantó hacia el doctor y bebió otro trago. Tenía la vista nublada y recordó que debía quitarse las gafas. Mejor guiñar los ojos eficazmente que no atinar con las distancias y los objetos, los escalpelos y las pinzas, por entre la luz que refractaban las lentes de sus gafas y su propia estupefacción. Seguramente no estaba en condiciones de pasar una prueba de alcoholemia, pero todavía no estaba prohibido emborracharse y hacerse cargo de un cadáver.
Madden se dejó caer en una silla y se frotó los ojos. ¿Merecía la pena dejar un poco en paz el whisky, hasta que hubiera visto a Tess Kincaid? Seguramente no. Había decidido que ese sería su último día en Caldwell & Caldwell, pasara lo que pasase con ella o con Joe hijo, o incluso con Brian Spivey, que ahora yacía en su eterno reposo al lado de Eugenio Bustamante y el buen doctor. Sencillamente, ya no le importaba. Ni lo que le ocurriera a él, ni lo que le ocurriera a Rose. Estaba demasiado cansado.
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