Manuel Vicent - Balada De Caín
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– Coge el puñal -dijo mi madre.
– Estoy temblando.
– Coge este puñal que lleva tus iniciales grabadas y mata a esa garduña.
– Tiene los ojos de esmeralda.
– Mátala.
Siendo un cazador nocturno, aquel felino había bajado de la cumbre del monte a plena luz para hacer una solitaria y misteriosa degustación de las vísceras del cabritillo que aún palpitaban. La pantera y yo nos avistamos de lejos y lentamente fuimos a encontrarnos muy cerca del ara. En la puerta de la casamata, Adán y Eva se habían dispuesto a presenciar la primera batalla de su hijo, y la mona trataba de infundirme valor e inició algunos aplausos. La pantera negra dio un salto con magnífica elasticidad y encaramada en el altar me esperó allí mostrando los colmillos. Qué verde fuego ardía en su mirada. Cojeando todavía con una pierna llena de veneno, también yo subí a la piedra de basalto y en medio de los dos estaba el recental del sacrificio. En silencio, ambos nos observamos y aunque en mi mano brillaba el puñal, tenía el corazón acongojado por una duda no exenta de terror. ¿Qué Dios se hallaría habitando el interior de aquella fiera? ¿Qué querría decirme ahora con ese gruñido erizado que tal vez salía de unas entrañas divinas? Yo le miraba fijamente. Vamos, salta. No lo pienses más. La pantera elevó el cuerpo con una sacudida casi eléctrica y vino a balancear sus garras contra mi pecho, pero yo detuve esta embestida con una ciega estocada, que apenas le rozó un costado. Ella se revolvió. Estaba sangrando ya el acero y esto excitó a la alimaña. Sobre nuestras cabezas había un revuelo de grajos chillando. El segundo asalto duró más o tal vez el nudo que formé con el animal fue más intenso. Veía pasar la ráfaga de sus colmillos iluminando mi carne, sentía ya el brazo desgarrado y múltiples heridas habían comenzado a confundir nuestra sangre. El miedo me impulsaba al ardor. Ambos me tenían sumido en un espacio neumático que unificaba en mi cerebro todos los sonidos: vítores de mis padres, aplausos de la mona, balidos de varias cabras, rugidos del enemigo, chasquidos de alas y gritos de las aves tiñosas que orlaban aquella lucha. Probablemente a la pantera negra de ojos de esmeralda le perdió la propia gloria. Era tal la seguridad que tenía en vencerme que al final sólo reparaba en su fiereza. En la tercera acometida, ella misma se precipitó contra el puñal con el que yo la mantenía a raya. Parecía buscar la muerte para salvarme. De hecho, no hice otra cosa que afirmar el pulso en el aire cuando el felino voló por encima de la ofrenda del altar hacia mí y al percibir que el arma penetraba en su cuerpo suavemente entre dos costillas experimenté una sensación religiosa. El puñal llevaba en la hoja mis iniciales grabadas. Estas letras también quedaron inscritas en las vísceras del animal sagrado. Después del combate, mi madre me ungió con un beso. Durante mucho tiempo lucí la piel de la pantera como una vestidura levítica, me adornaba con ella para ayudar a mi padre en los ritos que le exigía Dios. Ahora estoy tratando de construir aquel tiempo sobre las caderas de mi madre, que eran de arena. Mi infancia también está amasada con la pasta solar del desierto, como un conjunto de lejanas, perdidas siluetas.
En la madrugada del otro día, al terminar el trabajo en el Club de Jazz, entré en una tienda macrobiótica situada en una esquina de Soho a comprar frascos de minerales, manzanas y pan ácimo. Había allí varios coleccionistas nocturnos de vitaminas y zanahorias. Noté que todos me miraban con inquietud y lo mismo hacían la chica de la caja y el guardajurado. Quiero decir que miraban con una mezcla de sorpresa y precaución esta marca roja que adorna mi frente. No sucedía como otras veces. Ahora ellos parecían tener miedo, no sólo curiosidad. Una sensación semejante tuve en la licorería luego, mientras me abastecía de algunas botellas. También los devotos del alcohol me examinaban con ojos furtivos entre las barricadas de licores. ¿Qué había sucedido con mi imagen? ¿Qué extraña vibración estaba emitiendo el cero de mi testuz aquella noche? No lo supe hasta que cogí el taxi en la acera de Washington Square. Abrazado al estuche del saxofón, a la bolsa llena de comestibles, de botellas de whisky y tarrinas de magnesio, iba rodando por la Quinta Avenida en dirección a la calle 23 cuando la radio repitió el boletín de noticias. Se oían muchas sirenas de policía en la ciudad a oscuras y dentro del coche hice un comentario banal acerca de esta tabarra.
– ¿Cómo? ¿No lo sabe? -exclamó el taxista.
– No sé nada, primo. ¿Qué ha pasado ahora?
– Acaban de matar a un famoso que se llama Abel.
– ¿Abel, el bailarín?
– Algo así.
– ¿Dónde ha sido?
– Nadie lo dice. Parece como si lo hubieran matado en infinitos lugares a la vez.
– Eso sucede a menudo. Un hombre siempre muere en distintos sitios al mismo tiempo.
– Y también da la sensación que el crimen ha ocurrido hace miles de años, aunque lo han descubierto esta tarde. La radio lo está dando de nuevo. La policía busca a alguien que lleve una señal en la frente y se llame Caín. ¿No es mucha coincidencia?
– Puede tratarse de un serial.
– Nada de eso. A Abel lo acaba de matar su hermano. Es real. Oiga esto. Son noticias de las cuatro de la madrugada.
La radio del taxi no hacía sino repetir el mensaje de busca y captura en medio de una ciudad a oscuras convulsionada por las patrullas de los polizontes. Aquella noche se oían demasiadas sirenas en Manhattan. Me apeé del coche en la esquina de la calle 23 y al devolverme el cambio de cinco dólares el taxista reparó en la marca que llevo en la frente, pero no dijo nada. Sólo abrió los ojos desmesuradamente y partió a gran velocidad. Como siempre, Nueva York olía a tarta podrida, a hígado de pollo en almíbar. Cargado con el saxofón y las viandas anduve un buen trecho por la acera solitaria hasta llegar al hotel y en el camino encontré a una pareja de hombres rata que escarbaba unas bolsas de basura. Eran unos seres de color gris, sin pestañas, empapados de herrumbre húmeda. Otras veces, a esa misma hora de la madrugada, los había sorprendido saliendo del pozo negro de la ciudad por una boca de alcantarilla e incluso uno de ellos en cierta ocasión me sonrió con extrema inocencia. Esa noche, los hombres rata siguieron hozando en la fétida dulzura del vertedero cuando pasé por su lado y no fijaron en mí sus ojos blancos de gelatina. Las bocinas de la policía sonaban lejos, rítmicamente, como los latidos de la conciencia, y me excitaban el sentido de la culpa, y aunque para infundirme valor yo caminaba dando golpes duros con las botas en la soledad de la calzada, sentía el peso de una mirada terrible en la cerviz y no hacía sino recordar la voz cavernosa que repetía el boletín de noticias: ¿dónde está tu hermano? ¿dónde está tu hermano? Abel ha sido asesinado. Se busca a un sujeto de ojos verdes y rasgos árabes, de un metro ochenta aproximadamente. Usa perilla de Alí Baba, tiene el pelo rizado, lleva un cero marcado entre las cejas y atiende por Caín.
Ahora la ciudad se encontraba en estado de alerta. Tal vez mañana mi rostro poblaría todas las paredes, las estaciones del suburbano, los periódicos, la televisión, los puestos de control y yo me convertiría en el perro sarnoso más célebre de Nueva York. Seguramente, alguien en este momento me esperaba ya en el hotel para echarme el guante y yo aún no sabía si me querían vivo o muerto. Cualquier ciudadano celoso que me acribillara por la espalda sería condecorado en público. Mi futuro se hallaba a merced de cualquier marca de rifle. Pero esa madrugada en el Hotel Chelsea no me esperaba nadie. En el vestíbulo había unos mendigos refugiados del frío que dormían el alcohol en las viejas butacas junto a la chimenea. Ninguno de ellos había oído la radio. En mi habitación, la cama llevaba tres días deshecha entre botellas derrumbadas.
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