Ángeles Mastretta - Arráncame La Vida

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Cuando Catalina conoce al general Andrés Asensio, todavía es una muchacha que lo ignora todo de la vida. Él, en cambio, es candidato a Gobernador del Estado de Puebla, y sabe muy bien cuáles son sus objetivos de cacique. A las pocas semanas se casan. Pero Catalina, mujer apasionada e imaginativa, descubre muy pronto que no puede aceptar el modo de vida que le impone la nueva situación y no acepta vivir sin amor.

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Así lo declaró y así fue porque él quiso, porque él así era. Iba y venía como el pinche mar. Y esos días tuvo a bien regresar.

– Tengo que volver a Palacio. El Gordo no puede hacer nada solo -dijo. Ven conmigo. Total, te vas al centro y a ver qué compras en tres horas. A las ocho que cierren vuelves por mí y te invito a cenar en Prendes. ¿Te parece mi plan?

Fui por mi abrigo y me subí al coche en tres minutos, no se me fuera a arrepentir de la invitación. Hacía frío, una de esas raras tardes de febrero en que uno puede ponerse abrigo de pieles sin sentir calor a media calle. Me puse un abrigo de zorro. El más bonito que he tenido. Porque las pieles a veces son cursis, pero ese de zorro, me lo ponía con botas y me sentía artista de Hollywood.

Llegamos al zócalo y le dimos la vuelta para entrar a Palacio Nacional. Desde que un valiente había tratado de asesinar a Fito, las precauciones y revisiones que había que sufrir para entrar eran un exceso. Se revisaban todos los coches incluyendo las cajuelas, todos los coches hasta el del mismo Gordo, no fuera a darse la casualidad de que en alguna esquina se le hubiera trepado alguien. Esa tarde los soldados revisaron hasta las bolsas de mi abrigo. Andrés se ponía furioso con el trámite.

– Qué culero es este Rodolfo -decía delante de los soldados y de quien quisiera oírlo.

Cuando logramos entrar, Andrés bajó del coche apresurado, me dio mucho dinero y la instrucción de que comprara lo que quisiera. Pero yo esa tarde sólo quería un helado y caminar lamiéndolo sin que nadie me estorbara.

CAPÍTULO XIII

Juan consiguió el helado de vainilla y me dejó en la puerta de Sanborns de Madero. Ahí me sentía yo protegida porque las paredes son de talavera. Manías de uno. Donde hubiera talavera me sentía a salvo, por eso a todas mis casas lo primero que meto es la vajilla de talavera. Una de las amarillas con azul para cincuenta personas. Dicen que ahora cuestan una fortuna, entonces hasta se veían mal. Todo el mundo tenía porcelana de Bavaria no talavera poblana, tosca y quebradiza.

Me quedé un rato en la puerta de Sanborns. Recargada contra la pared como una piruja, sintiéndome Andrea Palma en la mujer del puerto. Después atravesé la calle y pasé frente al Banco de México, que entonces dirigía un idiota de anteojos gruesos del que siempre se me olvida el nombre. Era tan pendejo y tan feo. Además le había quitado el puesto a un hombre inteligente y simpático al que yo quería mucho porque fue el único que no se rió de mí cuando en una comida Andrés comentó que yo me había puesto a llorar con el Himno Nacional después del informe.

Crucé la calle para ir a Bellas Artes. Me gustaba ese edificio que parecía pastel de primera comunión. Entré. Las puertas del teatro estaban cerradas, pero subí a buscar de dónde salía una música como queja larga y repetida.

Empujé la puerta y se abrió. El teatro estaba vacío de público, pero el escenario lo llenaba una orquesta. Frente a ella un hombre ordenó detener la música y empezó a hablar de prisa y con pasión, explicando algo como enfebrecido, como si le fuera la vida en que el músico al que señalaba con la batuta lo descifrara. No era muy alto, tenía la espalda ancha y los brazos largos.

Caminé hasta el frente y lo oí decir:

– Vamos, otra vez, desde la 24, todos. Vamos -y se puso a cantar la melodía.

La música volvió a sonar triste y extraña, aun mal arrastrada. Nunca había oído algo así. Me senté sin hacer ruido. Miré al techo, a los palcos vacíos, y me dejé llevar por los sonidos que parecían salir de los brazos del director.

Qué extravagante quehacer tenían esos hombres, qué distinto a todos los que yo había visto de cerca. El director los detenía, les hablaba, otra vez soltaba los brazos, y la música volvía. De pronto suspendió con violencia. Miró a un violinista joven sentado en la tercera fila de atriles y le dijo:

– ¿Dónde está usted, Martínez? No me sigue. Se sale de tiempo. ¿En qué está pensando que pueda importar más?

Martínez se me quedó viendo y no le contestó. Entonces él volteó y se encontró conmigo sentada en una de las primeras filas del teatro, apretando las manos sobre el abrigo, sin poder decir ni media palabra.

– ¿Quién le dio permiso de entrar aquí? -dijo furioso.

No me quedó más remedio que convertirme en periodista.

– Vaya, qué desorden -dijo. Tenía los ojos oscuros, enormes, la piel blanca. Espéreme allá atrás, y no se mueva que nos distrae.

Me levanté y caminé despacio por todo el pasillo.

– ¿Ya? -preguntó él desde arriba.

– Ya -contesté y bajé los ojos. Cuando la música volvió, me levanté despacio y fui hasta la puerta caminando de puntas. La empujé y corrí por las escaleras. En un segundo estuve en la calle, fui a sentarme a una banca de la Alameda y traté de tararear lo que había oído pero no pude. En cambio pude llorar, sin saber por qué. Creí que me estaba volviendo vieja y que había heredado la capacidad de mi madre para presentir.

– Está encantado -dije.

Cuando Juan me encontró era tardísimo.

– El general ya está en la puerta de Palacio desde hace rato -dijo y me llevó a recogerlo.

– ¿Dónde te metiste, lela? -preguntó Andrés, muy calmado.

– Fui a caminar.

– Has de haber recorrido todas las tiendas. ¿Qué te compraste?

– Nada.

– ¿Nada? ¿Entonces qué hiciste?

– Oí música -dije.

– Apuesto que te encontraste una marimba en la Alameda. ¿Por qué eres tan cursi, Catalina?

– Fui a Bellas Artes. Estaba ensayando la sinfónica.

– ¿Habrás visto a Carlos Vives entonces? Es el director.

– ¿Lo conoces? -dije.

– Claro que lo conozco. Es el hombre más necio que conozco. Su papá era general, pero él salió medio raro, le dio por la música. Acaba de regresar de Londres con la idea de que este rancho necesita una Orquesta Sinfónica Nacional, y convenció a Fito. ¿Quién no convence al Gordo?

– ¿Vamos a cenar? -dije y oí mi voz como algo que no me pertenecía. Como si otra me estuviera supliendo para hablar y moverme.

Llegamos al Prendes. Dejé el abrigo en uno de los percheros. Andrés dejó el sombrero y entró como al comedor de su casa.

– ¿La misma mesa, general? -preguntó el capitán de meseros.

– La misma, mi capi -dijo.

Nunca supe por qué a Andrés le gustaba ese lugar, era horrible. Parecía el comedor de un noviciado. La comida era buena pero no para comerla en un sitio sin ventanas. Sobre todo un día y el otro, como hacía él.

Mis ostiones llegaron al mismo tiempo que su sopa de tortilla y empecé a comerlos aprisa mientras él hablaba:

– Quedó chingón el discurso que le escribí a Rodolfo. Cordera no va a saber por dónde contestar. Siempre se anda agarrando de la democracia para hacer sus fregaderas, por eso le puse ahí a Fito que la democracia debe entenderse como el encauzamiento de la Lucha de clases en el seno de las libertades y de las leyes. Y como las leyes somos nosotros, pues ya se chingó. Mira quién viene ahí.

Tragué el último ostión y alcé los ojos para ver quién venía. El director de orquesta caminaba hacia nosotros con su espléndida sonrisa y un saco azul marino. Quise desaparecer.

– Me quedé esperando la entrevista, señora -dijo como primer saludo. Después estrechó la mano de Andrés y se sentó.

– ¿Qué tal? -dijo Andrés. Catalina me contó que fue a oírte hoy en la tarde. ¿Por qué la dejaste entrar?

– Ella se metió.

– ¿Qué te dijo?

– Que era periodista y quería entrevistarme.

– Ah qué muchacha mentirosa. ¿Y por qué no le dijo entré aquí porque se me dio la gana? -me preguntó como un papá divertido.

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