Ángeles Mastretta - Arráncame La Vida

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Cuando Catalina conoce al general Andrés Asensio, todavía es una muchacha que lo ignora todo de la vida. Él, en cambio, es candidato a Gobernador del Estado de Puebla, y sabe muy bien cuáles son sus objetivos de cacique. A las pocas semanas se casan. Pero Catalina, mujer apasionada e imaginativa, descubre muy pronto que no puede aceptar el modo de vida que le impone la nueva situación y no acepta vivir sin amor.

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– No -dijo Juan. Yo sin la señora no regreso.

– Entonces quédese aquí porque vamos a caminar.

Me tomó del brazo y cruzamos la calle hacia Madero.

– Me gusta ese edificio -dije cuando pasamos junto al Sanborns de los azulejos.

– Yo no te lo puedo comprar. ¿Por qué no se lo pides a tu general?

– Vete a la chingada -contesté.

– Sus deseos son órdenes -dijo empujando la puerta de Sanborns y metiéndose justo en el momento en que Juan nos alcanzó y me puso la pistola en el costado:

– Lo siento señora, pero tengo familia, así que usted viene conmigo a recoger al general.

– Ándele pues Juan -dije y corrimos al coche. Llegamos por Andrés justo cuando se despedía de unos tipos en la puerta de Palacio.

– Hola princesa, ¿estuviste contenta? -preguntó.

No me acostumbraba a su nuevo tono, me hacía sentir idiota.

– Fui a ver a Vives -dije como si me desnudara.

– Qué bueno -contestó. ¿Y dónde lo dejaste? ¿Por qué no vino a cenar con nosotros?

– Lo mandé a la chingada.

– ¿Qué te hizo?

– Me trató como a una imbécil. Dijo que si me gustaba el edificio de Sanborns por qué no te pedía que me lo compraras.

– ¿Te gusta el edificio de Sanborns?

– Es de talavera -contesté, y nos fuimos a cenar abrazados.

Al día siguiente comió en nuestra casa el general Basilio Suárez. A propósito dispuse mole poblano porque ya sabía que lo odiaba.

El general Suárez era tan simple como una carne con su tortilla de harina. Lo que le importaba era hacer dinero y para eso se unía con Andrés. Andaban buscando los contratos de unas carreteras pero no se les hacían porque el secretario de Comunicaciones era un tal Jesús Garza, al que odiaban por aguirrista y quien seguramente los odiaba también. Se pusieron a inventar cómo desprestigiarlo y Suárez, que nunca daba para más, dijo:

– Yo creo que hay que acusarlo de comunista. No será mentir, porque ese hombre es comunista. Y nosotros no hicimos la Revolución para que vengan los rusos a quitárnosla.

– Tiene usted razón, general. Hoy mismo hablo con los de la Unión de Padres de Familia para que le aumenten a su desplegado contra Cordera unas cositas contra otros que nos la deben. Es hora de empezar a nombrarlos. Así de una vez mañana le quitamos la CTM a Cordera, se la damos a Alfonso Maldonado que no come lumbre y empezamos a preparar el terrenito para chingarnos esas dos cuñas que nos heredó Aguirre.

Iba yo a decir alguna cosa para contradecirlos cuando entró Vives.

– Llegas tarde -dijo Andrés. Estamos hablando de política, ¿no te importa?

– Me importa, pero me aguanto. Ya sé que en esta casa todo es política, y acepté venir a comer.

– Quedamos que a las dos y son tres y media -dijo Andrés.

– ¿Tú lo invitaste? -pregunté.

– No te dije para darte la sorpresa -dijo Andrés.

– Me la das -contesté. Lucina tráele un servicio al señor -dije adoptando actitud de ama de casa y señalándole a Vives un lugar junto al general Suárez. Andrés estaba en la cabecera, yo a su izquierda y el general a su derecha.

– Prefiero del otro lado si el general no se ofende -dijo mirando a Suárez.

– El hijo de mi general Vives no ofende nunca -dijo Suárez. Menos si elige sentarse junto a una bella dama en vez de junto a un envejecido ex presidente.

– Ya siéntate y deja de interrumpir -dijo Andrés.

– Perdón Chinti, ahora mismo me disciplino.

– ¿Cómo le dijiste? -pregunté riendo.

– No le digas, después quién la aguanta.

– Claro que no le digo, general. Además su señora y yo no nos hablamos. Ayer me dejó a media calle con la palabra en la boca.

– La molestaste -dijo Andrés y es muy sentida.

– ¿Por qué no acaban de comer? -pedí y le pregunté a Suárez:

– ¿Le sirvo más frijoles o pasamos al postre? Aunque si vamos a esperar a Vives falta un rato para el postre.

– Por mí podemos pasar directamente al postre -dijo Vives. Prefiero ahorrarme el mole.

– Qué amigos tienes Andrés, este músico no sólo es metiche sino melindroso.

– ¿Qué le voy a hacer? Es el hijo del único cabrón que me ha merecido respeto. No puedo mandarlo matar porque desaira tu comida.

– Por mí que se muera de hambre -dije. ¿A usted general qué le damos?

– Yo quiero pay de manzana y queso de cabra -dijo Carlos. Hace años que no como queso de cabra.

– Pobre de ti -dijo Andrés. Se nos olvida que vuelves del autoexilio.

– Hay casos peores, hay quienes no pueden volver del exilio -dijo Suárez.

– Lo dice usted por el presidente Jiménez.

– ¿Por quién más? -preguntó Suárez. -Yo creo que Jiménez ya no tarda en volver -dijo Andrés. Hasta creo que hace falta un cabrón con sus huevos.

– Porque los tiene bien puestos es que va a volver para encerrarse en su casa y callarse la boca -dijo Carlos mientras untaba queso en un pan.

– ¿Te parece? -le preguntó Andrés con un respeto que no era común en su tono al hablar de política, menos con neófitos.

– Te lo aseguro Chinti -dijo Carlos. Confía en mi instinto. Y se puso a tararear La barca de Guaymas entre mordidas de queso y pay, cosa que a Andrés le produjo un ataque de risa.

– Salud Vives, por haberte encontrado -dijo. Salud general Suárez, ésta es su casa.

En la puerta apareció un señor diminuto y jorobado cargando una libreta enorme y un montón de papeles.

– Con su permiso general -dijo Andrés haciéndolo pasar.

– Lo estábamos esperando -contestó. Venga para acá. Párese aquí. No, mejor allá entre la señora y el señor -dijo señalándonos a mi y a Vives. Lea por favor.

El hombre se colocó entre nosotros, abrió la libreta y se puso a leer: “Con fecha primero de marzo de 1941 la propiedad fulana…” Total: Andrés me compraba el Sanborns de los azulejos.

– Nada más firme aquí señora -dijo el hombrecito y me extendió una pluma. Andrés nos miraba divertido.

– ¿Cómo lo hiciste para que vendieran esa case? -preguntó Carlos.

– Se la vendieron a mi señora. Ella es la que compra.

– Tu señora por sí sola no podría comprarse un chicle -dijo.

– Todo lo mío es suyo -contestó Andrés.

– Entonces debe estar millonaria.

– Nada que no se merezca. Fírmale Catín y haz con tu Sanborns lo que quieras.

– Yo no vuelvo a tomar ahí ni un café -dijo Carlos.

– No seas rencoroso, Vives. A ti qué más te da quién es el dueño. Es un lugar agradable.

– Lo era. Ahora está comprado con un dinero que quién sabe.

– No vas a venir tú a decirme lo que opinas de mi dinero. ¿De dónde crees que sacaron los ingleses el dinero para pagar tu beca? ¿Me vas a decir que era dinero muy limpio? Todo el dinero es igual. Yo lo agarro de donde me lo encuentro porque, si no lo agarro yo, se lo agarra otro güey; si esa casa yo no se la regalo a Catalina se la regala Espinosa a Olguita, o Peñafiel a Lourdes. Tenía cinco hipotecas, la dueña estaba perdida de todos modos, de que la agarre yo a que la agarre el banco, pues mejor la agarro yo y hago feliz a mi señora, que hasta antes de que tú metieras tu cuchara tenía la cara más resplandeciente que le he visto en los últimos diez años. Eres un aguafiestas.

Me sorprendió Andrés dando explicaciones, tolerando que se dudara de su honradez, hasta aceptando que su dinero no era limpio. ¿Por qué no le gritaba a Carlos? Quién sabe. Nunca entendí bien lo que pasaba entre ellos.

– Ándele pues señora, firme -dijo Vives.

Yo tomé la pluma y puse mi nombre como lo ponía siempre desde que me casé con Andrés.

– Ya tiene usted su capricho -dijo Carlos. ¿Ahora qué? ¿Se va a ir a dormir bajo la talavera?

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